Una parte esencial de la mejor literatura es el viaje. “La Odisea”,
“La Eneida”, muchos fragmentos de “La Biblia” o “La
Divina Comedia” de Dante, que son tres viajes en uno a esos lugares que
sólo existen en la imaginación del hombre: el cielo, el purgatorio
y el infierno. Camilo José Cela tenía como referencia los tránsitos
de un loco de atar que iba y venía por los páramos de la Mancha
bajo un sol de justicia y la prosa excelsa de un viajero interior llamado Quevedo.
Algunos de los peregrinos del 98, como Pío Baroja, seguían vivos:
ese “hombre de acción” que tanto había viajado a pie
o en tartana, incluso por Aragón: por el Maestrazgo, por el Matarraña
o por Teruel, camino de Albarracín. Cela cuando abordó el género
del relato de viajes ya era un maestro: había estremecido la prosa con
un navajazo seco, con el desgarro de vivir contra la muerte en la posguerra.
Celebrado ya, y temido, decidió coger la mochila, los cuadernos de notas
y las sandalias de su propio pie. Y así salió al polvo de los
caminos: a buscar la vida en los rincones, a contemplar los áridos paisajes
del hombre, a oír el idioma en la brasa del decir, a depurar sílaba
a sílaba el costumbrismo. El resultado, con su caligrafía de amanuense,
con su mirada entre irónica y compasiva, fue “Viaje a la Alcarria”:
un libro que apresa la tierra y sus temblores y es un modelo del género,
un modelo que es un documento de España, un país que busca su
redención en las palabras, en la tertulia y en la confidencia con el
pasajero curioso que llega. Y pasa. Y se queda. Y escucha el castellano, preñado
de matices, de atardeceres, de soledades, de pájaros de luz, y nos lo
devuelve vivo, desnudo, con la transparencia del aire y del hombre común
y eterno, en una obra de arte inolvidable.