HERRUMBROSAS
LATAS San Caprasio y Monte Oscuro comparten el honor de figurar como los puntos más altos de la Sierra de Alcubierre, en el mismo corazón de Los Monegros. Ambos se elevan a 812 metros de altitud y no se hallan muy distantes entre sí. Tienen fama de ser dos de los mejores miradores de Aragón, quizá los balcones naturales que permiten observar una mayor porción de territorio aragonés. En los días claros, especialmente en invierno, puede divisarse una enorme panorámica que incluye los Pirineros, el Moncayo y el valle del Ebro. San Caprasio parece sacado de un dibujo infantil, con su forma picuda, mientras Monte Oscuro tiene un perfil plano, mucho más discreto. A San Caprasio asciende mucha gente, algunos atraídos por las vistas y otros porque también alberga una ermita y unos eremitorios excavados en la roca, en un cortado sobre un imponente barranco, donde algunas personas acuden a realizar retiros espirituales. A Monte Oscuro, sin embargo, no acude casi nadie. Tal vez la tendencia se invertiría si se divulgara que en este emplazamiento se conservan, casi intactas, las fortificaciones y trincheras construidas por los milicianos que defendieron esta posición a principios de 1937, entre los cuales se hallaba el escritor inglés George Orwell, como refleja en su libro “Homenaje a Cataluña”: “Nuestra nueva posición estaba situada en Monte Oscuro, varios kilómetros hacia el oeste y a la vista de Zaragoza. La posición estaba encaramada en una especie de cresta afilada de piedra caliza, con cuevas cavadas horizontalmente en el risco como nidos de golondrinas. Aquéllas se prolongaban increíblemente en la roca, eran muy oscuras y tan bajas que no se podía recorrerlas ni siquiera de rodillas” Para llegar a Monte Oscuro hay que seguir una pista que arranca junto al cementerio de Perdiguera y dejarse guiar por las indicaciones que orientan hacia el radar meteorológico, una especie de enorme pelota blanca que corona esta montaña. La pista recorre catorce kilómetros que permiten romper algunos tópicos sobre los Monegros. No todo es seco alrededor; el camino también se interna entre pinos y sabinas en un refrescante paisaje de curvas y ondulaciones. Cuando la pista bordea la montaña por el este, la panorámica se abre hacia la zona de Farlete y se divisa un espacio de cerros color ceniza que se suceden unos a otros como un oleaje seco y estático, un paisaje en tonos terrosos, con volúmenes escultóricos, radicalmente distinto del paisaje inglés, de gran impacto visual para los milicianos británicos que combatieron aquí. Orwell se refiere en un pasaje a las “colinas grises y arrugadas como la piel de los elefantes” y, aunque se confiesa poco amigo de las montañas, reconoce la grandiosidad del entorno: “Había amaneceres en que el espectáculo de la aurora entre los cerros casi nos hacía alegrarnos de no estar en la cama a esas horas desapacibles...... A veces valía la pena contemplar una aurora que surgía detrás de las colinas, las primeras estrechas vetas de oro que como espadas atravesaban la oscuridad, y luego la luz creciente y los mares de nubes carmesíes alargándose hasta distancias inconcebibles”. Una vez en lo alto de Monte Oscuro, junto al gran radar cuyo zumbido hace pensar en una nave extraterrestre, sólo hay que caminar unos quinientos metros hacia el sur, por una senda que se interna en una zona boscosa, para encontrar las casamatas, los nidos de ametralladoras, las trincheras y los agujeros excavados en el suelo o en la roca para refugiarse y para servir como polvorín o como despensa. Bordean la montaña con vistas a Farlete y a Zaragoza: “A unos veinte kilómetros al sudoeste también Zaragoza era visible; una delgada hilera de luces como ojos de buey de un barco iluminado”. Orwell calcula la distancia a ojo y en línea recta; por la carretera y el camino hay el doble, cuarenta kilómetros desde la ciudad hasta este lugar un tanto fantasmagórico, cuarenta kilómetros que se convierten en un salto en el tiempo. Si no fuera por la presencia de tres antenas de telefonía móvil instaladas justamente aquí, el visitante podría sentir que el tiempo se había congelado durante casi 70 años. Lo más característico son los grandes agujeros de planta rectangular, de poco más de un metro de profundidad, rodeados por un parapeto de piedras que forman un muro primitivo, sin ningún material que cohesione los pedrucos, a pesar de lo cual casi todos mantienen un sorprendente equilibrio que parece un homenaje a la dignidad de quienes tuvieron que salir huyendo de aquí. Las líneas de trinchera se conservan peor. Su posición esquinada y su estrechez ha motivado que se vayan colmatando con el paso del tiempo, llenándose de tierra, de hojas y de arbustos. Siguiendo una de ellas, en la vertiente oeste de la montaña, se accede a una de las estrechas cuevas excavadas en la roca caliza. Con poco más de dos metros de profundidad, y apenas uno de altura, internarse en ella permite conocer la angustia y la claustrofobia que debían sentir quienes las usaban como refugio. La sensación que se tiene al entrar es la de penetrar en un nicho; a pesar de lo inestable del terreno, no parece que vaya a hundirse, más bien temes que pueda sellarse, que su abertura quede bloqueada y te encuentres allí como un muerto en vida. Durante su estancia en el frente de la Sierra de Alcubierre, Orwell se movió por diferentes puntos. De uno de ellos, más al norte, escribió: “Si se lograba olvidar que cada cumbre estaba ocupada por tropas y, por lo tanto, cubierta de latas y excrementos, el escenario resultaba estupendo”. Las latas son la secuela más abundante de aquellos días. Resulta muy difícil encontrar una bala, sin embargo sólo hay que distanciarse unos metros de las posiciones fortificadas para descubrir latas y latas; recipientes vacíos, completamente oxidados, que permiten imaginarnos a los combatientes arrojándolos monte abajo después de haber devorado su contenido. Coges una de esas latas en tus manos y entras en contacto con las manos de un hombre que estuvo aquí hace sesenta y siete años. Tal vez fue el propio Orwell quien abrió esa lata. Es casi imposible saber cuál fue su contenido porque se hallan tan herrumbrosas que se resquebrajan entre los dedos cuando intentas rastrear algún rastro de su etiqueta. Tan sólo descubres una lata que ha permanecido todo este tiempo semienterrada y en la que se lee que era de un producto lubricante, quizá para engrasar el armamento. Hay algún otro detalle conmovedor, como una lata abierta de forma tosca y seguramente apresurada, que mantiene sujeto a su tapa el viejo abrelatas y permite imaginar al hombre que la abrió, su esfuerzo, su incomodidad, su prisa por comerse aquello cuanto antes, sin protocolos, a dentelladas, porque en Monte Oscuro el hambre era peor que las balas: “Estábamos constantemente hambrientos, tremendamente hambrientos. Cualquier comida nos parecía sabrosa, hasta las eternas judías que todos en España terminamos por odiar”. El otro gran enemigo era el frío; Orwell llega a escribir que temía más al frío que al enemigo y, como ejemplo de lo que puede tiritar un británico en el invierno monegrino, ofrece esta pormenorizada descripción de su vestimenta: “Una noche helada hice en mi diario una lista de las prendas que tenía puestas.... Llevaba un chaleco grueso y pantalones, una camisa de franela, dos jerseys, una chaqueta de lana, otra de cuero, pantalones de pana, calcetines gruesos, polainas, botas, un pesado capote, una bufanda, guantes forrados y gorra de lana. No obstante, temblaba como una hoja”. Cualquiera que haya paseado por la Sierra de Alcubierre en un ventoso día de invierno puede entender muy bien al escritor. Los primeros capítulos de “Homenaje a Cataluña” permitirían trazar una Ruta Orwell en Los Monegros, La Hoya de Huesca y el Somontano, seguir las huellas de un miliciano que va cambiando su ardor guerrero por una mezcla de decepción y asombro. Asombrado por los lugares que recorre y las gentes que conoce; decepcionado por el desarrollo de la guerra y por la desorganización y las rencillas en el bando republicano. En esa ruta, subir a Monte Oscuro, tal y como está ahora, es asomarse de golpe a un pedazo de nuestra historia que aparece reflejado en algunas de las mejores páginas escritas sobre la Guerra Civil. Orwell y sus compañeros
abandonaron aquella posición y allí quedó como recuerdo,
hasta que el tiempo lo sepulte, su esfuerzo de varias semanas, su duro
trabajo cavando agujeros, acarreando piedras, fortificando aquel espléndido
mirador. Seguramente les sorprendería mucho saber que, varias décadas
después, alguien se aprovechó de su trabajo. En efecto,
la base de una de las antenas de telefonía móvil ha sido
construída dentro de una casamata, aprovechando dos de las paredes
excavadas por los milicianos ingleses. Quién le iba a decir a Orwell,
cuando picaba en estas rocas, que su esfuerzo sería inútil
para detener el avance del fascismo en Europa, pero serviría décadas
después como soporte de un repetidor para votar y enviar mensajes
SMS a los participantes en un concurso llamado “Gran Hermano”,
que no es precisamente un homenaje a su obra, pero sí la constatación
de que este hombre nos influyó mucho más de lo que imaginamos.
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