AUGUSTO PÉREZ CUMPLE NOVENTA AÑOS EN LA NIEBLA Alguna de las razones que motivaron la tibia recepción de Niebla (1914), de don Miguel de Unamuno, en su primera salida ayuda a entender el lugar preeminente que, tiempo después, ha llegado a conquistar en el panorama de las letras españolas del siglo XX. Y la principal probablemente tiene relación con el género literario que la identifica, pues Niebla no es una novela sino una nivola . La diferencia resulta de una provocación más de don Miguel a sus lectores y, más que nada, a los críticos; pero no sólo. Si partimos de que la novela, tal como la crea Cervantes, tiene en el vulnerar las fronteras de la realidad uno de sus atributos básicos; el invento de su discípulo Unamuno aspira, a mi ver con fortuna, a transgredir los límites de la vida. Sobre cómo trata de lograrlo debería versar esta nota. En principio, vaya por delante el retrato robot de esa sutileza llamada nivola , por cierto una especie de eslabón entre "novela" y "niebla". La nivola tiene su teoría propia a cargo del personaje Víctor Goti, quien además prologa la obra todo lo tendenciosamente que puede. Goti la explica: se trata de escribir como se vive, sin plan fijo, a lo que salga, incluyendo consideraciones de todo tipo, cualesquiera que sean, y aliñado el conjunto con mucho diálogo. El resultado consiste en un género de géneros, con sus tramos de ensayo filosófico, sátira, prosa lírica, dramatización, autobiografía y, claro, relato. Otra marca de esta escritura atañe a que las figuras del personaje, el autor y el lector acaban por no distinguirse con precisión plena. A ello contribuye el símbolo omnipresente de la niebla . Novela, nivola, niebla. La disolución de perfiles que aporta la niebla física afecta al concepto mismo que sobre ella construye el rector de Salamanca. La vida es la niebla, o la nebulosa como se dice en otros momentos en una lección aprovechada luego por Ramón Gómez de la Serna. Pero también sabremos que vivir es salir de la bruma, que sobre todo rodea a un antihéroe de nombre irónico: Augusto Pérez. Y es que quizá no haya tantos grados de vida como en sus monólogos plantea o como cuenta a su querido Orfeo, perro recogido por él y compañero de fatigas verdadero. En cualquier caso, Pérez cree que su niebla empieza a disiparse con la irrupción de la luz de unos ojos de mujer, vale decir, con la llegada del amor y, por supuesto, del dolor. Cuando es burlado, "decide" matarse y ello permite que Unamuno se explaye sobre dos asuntos de suma trascendencia para él: la voluntad y la existencia. Pero más que nada semejante peripecia propicia una visita de Pérez a él, a Miguel de Unamuno, en su domicilio salmantino. De ese modo consigue un par de triunfos insuperables, a saber, el capítulo XXXI de la novela, sin lugar a dudas una de las cumbres de la producción de su autor y por ende de nuestra literatura de cualquier periodo, por un lado; y por otro, incorporarse como personaje al curso del texto. Es sabido que a don Miguel le preocupaba morir, así que se empeñó en no hacerlo. Y sus esfuerzos más comunicables se vierten en palabras y de manera aventajada en las de Niebla . La parte mejor de su empresa es que nos afecta a sus lectores, aunque sea previo pago de una maldición, porque Augusto literalmente condena a muerte a los receptores de este libro prodigioso: "¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo, lo mismo que yo!" Se nos maldice, pues; pero más aún se nos quita vida para entregarla a los seres de la historia contada, y es que el lector forma parte íntima y esencial de la narración, en rigor como un personaje más. Los habitantes de los libros, Don Quijote, Sancho, lo mismo que Pérez y Unamuno, nacen del ingenio de determinados sujetos, si bien a la postre viven en los creadores en segunda instancia, en los "co-creadores" que son aquellos que leen y a través del acto de leer les prestan su sangre e imaginación. De ahí que, mientras las palabras reciban el privilegio de una mirada cómplice, la muerte se encuentre en tela de juicio. El juego de Unamuno tantas veces y aquí también es confundir, confundir ante todo, explícitamente la risa y el llanto, lo verdadero y lo falso, la realidad y la ficción o el sueño y la vigilia, sólo que la serie podría prolongarse casi sin tasa. La niebla ayuda la suyo. La niebla introduce la duda, la funda, emborrona cualquier clase de líneas, las de la vida y la no vida en grado de excelencia. O las del propio existir, no en balde "lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que exista". Además de confiarnos su posteridad, el profesor poeta pretende que sus lectores consideremos la posibilidad de que un ser superior nos sueñe, y quién sabe si a él, a su vez, lo cree otro de más arriba. La cuestión terminará por no ser tan grave. Lo cierto es que el pulso y la subjetividad que dieron a la luz Niebla generan ahora estas líneas producto de una lectura más de sus páginas y, por otro lado, y valga como bibliografía selecta sobre el título de 1914, en Cómo se hace una novela (1927), otra vuelta de tuerca al amparo de la nebulosa, se dirá: "Todo son las cajitas, los ensueños. Y lo verdaderamente novelesco es cómo se hace una novela".
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