La palabra — Túa Blesa — morbo . (Del lat. morbus.) m. Alteración de la salud del cuerpo humano, enfermedad. Desde el título, el discurso poético de Ángel Petisme saluda a una sociedad enferma, casi en estado de catatonia, cuando no de agonía, en tantos aspectos. Un mundo, éste, enfermo de pulsiones de guerra y muerte, regido por el virus de la violencia del poder, que tiene muchos otros rostros que el de la violencia misma, otros rictus que el de los asesinos, como el de la efigie de las monedas, que reduce a legiones de hombres y mujeres a la pobreza, al hambre, la miseria, tristes metáforas actuales de la esclavitud; o el icono de la religión, en cuyo nombre se procede a la ablación del clítoris, se prescribe la no utilización del preservativo con la consiguiente condena a una idiota virginidad sexual o a la infección generalizada y la muerte segura, ¡qué ejemplos tan poco ejemplares, qué poco santos!; sociedad, ésta, enferma del cáncer de la vigilancia sobre el individuo, al que, so pretexto de su salud, se le prohibe la ingesta de esto y aquello (¡ay, al Baudelaire de hoy qué tortuosos laberintos psiquiátricos o judiciales y penitenciarios le esperan!), se le hostiga para que preserve y cultive su cuerpo, esté en plena forma (plena por cuanto su vida se vacía), siendo que semejante altruismo esconde —y a menudo ni siquiera lo hace— otro interés real: que las gentes no generen gasto en el sistema sanitario, lo que llega en su paroxismo a excluir de los beneficios generales —quiero decir derechos— a los fumadores por cultivar sus enfermedades específicas (¿lo son?); enferma compulsiva por tutelar la instrucción del gentío, una instrucción que se diría ha hecho suyo como objetivo último, y único, la extirpación de la imaginación, las ansias de una vida de libertad, para implantar en su lugar los caminos que conducen a lo anodino, lo gris, lo gregario, haciendo de un terrible "normalícese usted" la oferta de futuro. A todo ello, amalgamado aquí en una compacta metáfora, ese "colesterol", este libro le da los buenos días y lo hace sin patetismo ni claudicación. Y es que este saludo es sólo el prólogo a una actitud de insumisión general y combate en todos los frentes, que se lleva adelante a partir de la apropiación del lenguaje del enemigo, del de una de sus múltiples voces, la de esa sección de la policía actual que merece el nombre de Brigada de la Salud Social. Esta maniobra de usurpación es, digámoslo antes que nada, legítima, por cuanto antes se ha llevado a cabo desde la institución —las instituciones, todos y cada uno de los órganos de la represión— el secuestro de la libertad, la condena a muerte de la vida. Con este gesto de hurtarle la palabra, estos poemas —además de abrir la instancia sémica de la ironía, cuando no de la burla— dejan al enemigo cautivo y desarmado o, con perspectiva menos optimista, desenmascarado y expuestas sus auténticas facciones, antes ocultas, a la visibilidad, de manera que tras la lectura de este libro ya no sea posible o, al menos, más difícil el engaño continuado, el timo permanente. Así, la escritura de Ángel Petisme es, al tiempo que desenfadada —y a momentos ungida de la gracia del humor—, eminentemente moral, tal como la vanguardia enseñó, siendo esa lección —ay, tan incomprendida— una tarea inacabada, de hoy, de mañana. Y lo es también por su reivindicación permanente del goce —otro imperativo vanguardista, por cierto—, por su apelación a una satisfacción del deseo más allá de las ridículas convenciones —es decir, restricciones—. El discurso poético de Petisme, en sus libros anteriores y en éste, roza al lector con su palabra húmeda, sexual, y ese beso es como un auténtico estímulo a "la hora solar", al desarreglo de los sentidos inherente a la modernidad y que ha de reivindicarse para una postmodernidad que merezca serlo, para una postmodernidad moderna; ese contacto de los labios le suministra al cuerpo del lector —a su fantasía ¿o acaso reside ésta en algún lugar que no sea el cuerpo mismo? — la dosis de estimulante y ¿por qué no? alucinógeno que le abra alguna puerta a percepciones más verdaderas que la lamentable experiencia que han de conocer día tras día los individuos relegados a la condición de parias, a una existencia sensual y sentimental de encefalograma plano. Mal hábito el de la temperancia, contra el que ya advirtió William Blake, el guía de los caminos al palacio del exceso, en frase que se cita en este mismo libro manipulada con sabia ironía. Pero si no puede ser más que nociva la temperancia en la vida —tanto lo es que llega a hacer de la vida pura muerte en vida—, no menos insana es la temperancia discursiva, tan común hoy (y quizá siempre). ¡Ay de quienes moderan sus palabra, el lenguaje saldrá a su encuentro en una encrucijada para recriminarles su indigencia y la herida que en él causan! No es el caso de la poesía de Petisme, pues en ella no hay circunscripción a un registro, sino que se ha prestado oído al habla, lo que quiere decir a las hablas. Y, así, la cita culta —ya procedente de la literatura, ya del rock— coexiste con la expresión viva (en estos poemas se folla o se dan hostias), generando un discurso que huye de la voz impostada como de la peste, una escritura híbrida, imagen del mundo mestizo que estamos llamados a construir. Nada es casual, sino que se somete a las oscuras reglas del azar. Y para oscura regla del azar la que rige el nacer muerto, como le sucedió al yo que habla en estos versos. Quizá es de ese instante de celebración de los contrarios, de ese oxímoron, de donde surge la sabiduría del exceso y, en una de sus formas, la del designio de la existencia al que llamamos muerte. Está ahí, tiñendo a los poemas y, en particular, impeliendo a visitar los cementerios, a arrancar una planta de una tumba y trasladarla a casa, a dictar un bello epitafio. Muerte sabida —vivida en la propia carne— que reclama la vida, que cada día traiga una noticia de la vida, que la noche no llegue sin que se haya conocido, y que, por tanto, no empaña el goce —al contrario, lo está exigiendo— y se puede hablar de ella sin patetismo: "Túmbate junto a mí, túmbate, / hagámonos los muertos", versos que elogian una muerte compartida, como epílogo a una vida compartida, muerte en la que se alcanza la comunidad, la comunidad inconfesable, tal como la ha designado Maurice Blanchot. Tal es el viaje al que se nos invita, una navegación que tiene por Ítaca la tumba, la isla de perfiles de ceniza, y por naves la morbosidad. Pero, como Cavafis nos enseñó, para semejante travesía ha de pedirse que el camino sea largo, el viaje no ha de apresurarse, pues Ítaca regala un viaje, mas ninguna otra cosa puede dar. Ese viaje es también el que vertebra no pocos de los poemas de Buenos días, colesterol transmutado en trayecto autobiográfico, o ensoñado, y jamás toma la forma de viacrucis, pues la vitalidad supera los escollos, el hálito poético hace desoír los cantos engañosos. Hay en esta salutación un camino de auténtica poesía que conduce a la verdad. (Prólogo al libro Buenos días, colesterol de Ángel Petisme).
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