ALCORISA
Desde su llegada al pueblo unos seis meses atrás, allá por el final del estío, ya los más precipitados auguraron lo que podría suceder. Inclusive algún crimen nefando se puso en boca de un convecino, mas no pasó de intención o, con mayor tino, de habladuría. Porque era cierto. Sí, don Antonio era un maestro estricto; uno de los que se arremangaban con poco costo para hacer «entrar la letra» en el modo en que era menester. Y decían los chavales que arreando sopapos era bruto como un aladro , y los padres que por algo sería... que si él lo creía conveniente, pues adelante. Pero no todos. Siempre existía un veleidoso que se enfurruñaba y reclamaba justicia al oprobio de ver marcados los dedos del profesor en la inocente faz de su hijo. Valga la petición de justicia, pero de ahí a pensar en un crimen, creo yo que es obra de un maledicente o indizcador. No menos lenguaraces eran los que inferían que su mal humor venía dado porque era turolense como los demás, sólo que él capitalino, de donde las torres mudéjares, y se tenía a menos con el destino que le habían dado lejos de la urbe natal. Por eso descargaba su cólera sobre unos infantes por instruir... Aunque, dicho sea de paso, nadie en el pueblo se había molestado en preguntárselo. Sus amistades se reducían al cura y a la patrona que daba cobijo y alimentaba su mal nutrido cuerpo. Ya se sabe, pululaba por boca de todos aquel adagio de «pasa más hambre que un maestro de escuela». En este caso, con total acierto. Siempre con un libro bajo el brazo que, siguiendo con los entrometidos, decían era todas las veces el mismo ?mientras unos lo titulaban, de motu propio, como La Sagrada Biblia , para otros era El Capital , de un comunista llamado Nosequé Marx?. Poco se le veía callejear, sino de la escuela a la fonda y viceversa. Con la excepción, en buena lógica, del domingo, festiva jornada en la que, como uno más, se dirigía con devoción, para los unos, o falsedad, los otros, a la homilía de mosén Claudio. No se le conocían vicios. Y eso parecía sentar especialmente mal, sobre todo a Tobías, el tabernero, aunque éste no cuenta por ser parte interesada y muy subjetivo su criterio. «¡Ni un café ha entrado a tomar! ¡Ni en pleno invierno, cuando tengo el local lleno de parroquianos espantando el frío arremolinados al lado de la chaminera !» En fin, el afán por el dinero de este sujeto nos aparta un tanto del hilo conductor de la historia, y podría condicionar el punto de vista del lector en un sentido erróneo. «¡Es que no ha dado a ganar una perra!» Que sí, Tobías, que sí; pero, para quejas, al Ayuntamiento. El caso es que don Antonio no parecía integrarse en el pueblo resuelto, según otros menos viperinos que los anteriores, a trasladarse a la tierra que le vio nacer a la menor oportunidad, siendo ésta la razón por la que no deseaba entablar una confianza que se vería quebrada por el pronto distanciamiento. No, ni amores ni tentativas se le vieron, pese a que Dorita estaba soltera y de muy buen ver. Procediendo yo ahora a omitir los soeces comentarios expresados en voz alta por los groseros habituales del tugurio de Tobías, con respecto a cierta desviación en el gusto sexual del maestro. Primero, por no corroborada —afortunadamente, por ser intrascendente para lo que se relatará—; y, segundo, por ofensiva sin más, hostigada por el antes referido como afanoso con respecto al dinero y su acopio. Sea como fuere, intentaría sobrevivir, imagino, desasnando a los hijos de los que le difamaban en el bar y a los de aquellos que juraban que «¡Si vuelve mi zagal a casa con la cara colorada, voy a la escuela y le pego un pescozón que lo estozolo !». Y, supongo, trataría de sobrellevar las ausencias de los suyos con paseos por los alrededores. Subiendo al Cabezo de la Guardia o bajando hasta el cauce del Guadalopillo —«¡Solo, vagando como un alma en pena!»—. Con seguridad, intentando remedar la fortaleza del castillo de la Peña de san Juan ante los agravios que, de tantos, a la fuerza horadarían (cuando menos alguno) sus tímpanos. Sobremanera, don Antonio, con su impoluto traje gris marengo de aburrimiento supino, provocaba la inquina de aquellos, como Alfredito, editor del diario local —una hoja parroquial un poco más historiada—, que eran partidarios y obcecados defensores de lo del «Aquello que de fuera viene... nada de bueno tiene». Retrógrados e inmovilistas que no han salido más allá del cartel anunciador del fin del pueblo. Motivo éste por el cual el referido Alfredito ?llamado así por culpa de la delicada (cuando principia) costumbre de diminutivizar los nombres de los niños, quedándose alguno por siempre (ridículo entonces) empequeñecido: don Alfredo calzaba 63 años? fue expulsado, como si dijéramos, de la charla de los intelectuales de la villa tras severas diatribas finalizadas con los calificativos de carcamal apegado a lo antiguo y cobarde. Defendiéndose el mancillado con una preferencia bien clara: la radio antes que «ese producto de Satanás llamado televisión». ¿Salida de pata de banco del periodista su respuesta? Rabieta, más bien... Vamos, creo yo. Abandonando estos secundarios personajes y retomando el principal, huelga decir que alguien de tanta importancia como el encargado de preparar a las nuevas generaciones para la dura vida, no había caído precisamente en gracia en el pueblo. Aunque nunca hasta llegar a los extremos a que se llegó. Porque si bien uno tiene derecho a quejarse y no claudicar ante la imposición, ni siquiera de un educador o instructor, desmedido es airear los trapos sucios de cualquier residente. Por mucho que sea éste extranjero —valga la catalogación por el sentimiento que hacia dicha persona algunos tenían— y despreciado por engreído y creído. (Esto es; que si miras por encima del hombro, ¡prepárate, maño!). Y estoy comenzando a introducir el hecho imperdonable que motiva el relato. Cuando en la tapia que daba a la parte de detrás de la iglesia de Santa María La Mayor apareció aquello de «El burro del maestro no sabe restar», que provocó las iras del profesor y la intervención de la Guardia Civil. Un par de cuyos números procedieron a realizar tareas de medición y estudio de la frase en cuestión. Desde el tamaño de la «E» mayúscula hasta la ausencia de punto final después de «restar». Pruebas periciales e inspecciones oculares llevadas a cabo con el mayor esmero y dedicación. Concluyeron su informe aduciendo que la fisonomía de la escritura era infantil, por lo que deducían que el autor de tan ignominiosa oración sería un malhadado alumno que se habría hecho acreedor a algún suspenso y, por ende, a alguna azotaina del recto padre, con lo que sería parecer de la anteriormente reseñada fuerza actuante que el móvil sería la venganza, el destinatario don Antonio y el propósito la difamación. Ahora, con el paso de los años yo me atrevo a cuestionar los estudios de grafología que aquellos avezados y avanzados miembros de la Benemérita tendrían. Y su capacidad para distinguir cuándo un chaval es quien toma un trozo de yeso para embadurnar una pared o cuándo es un adulto quien lo hace. Y explicaré el porqué de mi cuestión. Sabido es que don Antonio, el maestro, no se había granjeado las amistades de muchos en el pueblo, tal y como anteriormente se expuso. En más de una ocasión había desdeñado una oferta que otro cualquiera hubiera aceptado con fruición: participar en la charla intelectual antes referida de pasada. Su desdén había provocado enojo y encontradas reacciones en los partícipes de la misma. Diferenciándose los suaves, que le tildaban de huraño y maleducado, de los, digamos, menos suaves, de rojo y apóstata. La susodicha charla tenía diversos foros de celebración, aunque los usuales eran la rebotica —cómo no— y la trastienda del ultramarinos (esto debido a que su dueño era uno de los próceres de la localidad por su aportación crematística a toda obra caritativa y de cualquier otra índole beneficiosa para el pueblo. Se le permitía intervenir en el coloquio como oyente, que no era poco). Tampoco nos engañemos. La trastienda tenía una ventaja con respecto a la trasera de la farmacia: además de un café, doña Rosa, esposa del prócer, ofrecía pastas o galletas. A lo que iba. El maestro dijo no a tan jugosa oferta y no supo bien lo que hacía. Entretanto las pesquisas avanzaban, la mofa se encarnaba en la tapia lancinante y las risas de los participantes de tan excelsa tertulia. Durante las siguientes jornadas a la aparición de la afrenta de cal no cejaron, por su parte, en el empeño de hallar al autor aunque éstos, burlones, con el propósito de otorgarle una recompensa. Tuvo intervención la Iglesia. Y don Claudio peroró, al domingo siguiente, sobre los dones del perdón y el arrepentimiento, exhortando al infame autor de la felonía para que diese la cara, descargase la culpa de su alma y realizase el necesario acto de contrición purgando su vil falta con una penitencia que, de producirse el espontáneo arrepentimiento, sería comedida mas no por ello pequeña. La contrapartida —ahí se encendió el párroco— eran las calderas de Pero Botero, la excomunión, el anatema. Hasta se le escapó hacer mención a un auto de fe en la plaza de la villa. Porque, prosiguió, si deleznable había sido la ocurrencia de insultar a don Antonio, «¡Indeleble quedará en los ojos de Nuestro Señor que el lugar elegido para el vilipendio fue enfrente del ábside de su Santa Casa!» No era baladí la diferenciación. Un tema de jurisdicción criminal que podría estar castigado con la punitiva sanción preceptuada, trasvasaba sus efluvios hasta rozar el pecado. Y ésa, ésa sí era cuestión más peliaguda. Utilizar la fachada sita en la parte de atrás de la iglesia —de por sí, despreciable y ruin ataque por la falta de valentía de su autor, que no osa hacer las cosas a la cara— para escribir insolentes misivas frisaba la apostasía, y la Católica, Apostólica y Romana Iglesia no podía dejar impune, de ninguna de las maneras, tamaño sacrilegio. Reconozco que, vistos los argumentos de don Claudio, la «gracia» no tenía ni pizca de. Pese a la dominical arenga del cura, seguía sin aparecer el responsable. Los miembros de la escogida plática invitaron a su reunión, el lunes siguiente, al juez de paz, a quien se comisionó para que instruyese a los menos puestos en temas jurídicos. Aquél resolvió incoar unas diligencias investigadoras por su cuenta —sin dar noticia al juzgado de instrucción, que llevaba las suyas a raíz del atestado de los guardias civiles y la denuncia interpuesta por el injuriado—, animado sobre todo por don Roberto, el médico, especialmente guasón. Y dicen los contrarios a este tipo de reuniones (y dicen los que se solazan en las mismas que los poco cultivados del pueblo pataleaban al no ser admitidos) que esa noche se forjó un contubernio que habría de desembocar en nada bueno. Dicen, a su vez, que se puso al corriente en este instante de muchas cosas al señor juez de paz... Aunque persistiré en mi determinación de no dar por bueno aquello no verificado en modo suficiente, tal ese aserto. Por fin, que ahí terminaron de perfilarse las insidias. Así, se preparó la parafernalia consabida para la celebración de un juicio de faltas, pues no pasaba de tal la ofensa ya que el Código Penal de entonces no podía considerar, ni consideraba, delito decir que uno «no sabía restar». Ni siquiera aunque el tal fuese el maestro del pueblo, y cualquier letrado avispado hubiese tratado de incrementar la punición basándose en el ánimo doloso. Hecho aparte es, por supuesto, el daño espiritual. Provocaba el sonrojo de todos los fieles tener que ver la pecaminosa tapia; mas en el foro adecuado habría de verse tal pleito. Y el Canónico, el derecho a aplicar. El alguacil dio señal de inicio de la vista tras la orden del juez de paz, quien ocupó su lugar flanqueado por el escribiente o secretario. Las gentes se introdujeron en la sala con una interrogación en el rictus. El denunciante ocupó el suyo y ratificó su denuncia —la interpuesta ante el Puesto de la Guardia Civil y seguida en el Juzgado Cabeza de Partido, cuyo nombre no viene al caso— con la fortalecida esperanza de ver aparecer al reo... en lógica respuesta al chisme que algún correveidile había extendido sobre su aparición en pleno juicio. Su abogado defensor, traído expresamente desde Teruel y recomendado por don Roberto —en una amistad tan inesperada por don Antonio como propicia y atinada en cuanto al tiempo de producción como en su cuantía: «¡No te preocupes, Antonio, que corro yo con los gastos!»— dio lectura a argumentos peregrinos. Sin hacer referencia a la sustancia de la litis, aunque argumentos creíbles por todos los legos debido a ese embelesamiento de que son capaces los miembros del sublime cuerpo de la Abogacía. Finalizó su alegato al argüir que el culpable se encontraba presente en la Sala. Ante el estupor general, y en medio del bisbiseo de los comparecidos, levantóse el susodicho galeno, don Roberto, y reconoció su culpa. Boquiabiertos, todos contemplaron cómo salía a la palestra el médico. Manifestó el deseo de la no asistencia letrada en su defensa porque en breves instantes aportaría un medio de prueba que demostraría el nulo «animus iniurandi» por su parte. —Cosa que, de ser cierta, dejaría palpable lo mucho que quedaba (y queda) por avanzar en una ciencia experimental como la grafología... y que la infalibilidad no siempre se pone del lado de las fuerzas del orden.— Tras la venia de Su Señoría, el denunciado, que ya este calificativo puede dársele, hizo una seña a un cómplice (no otro sino el boticario), el cual aproximó una pizarra en la que se había garabateado una simple resta:
4 _ 2 ————
La perplejidad se apoderaba de la Sala de audiencias. Se las prometía muy felices don Antonio, quien, tras vencer el inicial pasmo, con la superación de la prueba en ciernes vencería en el pleito y apretaría a su abogado (por si acaso había truco en eso del pago de honorarios por parte de don Roberto: no fuera que estuviese vendido el picapleitos) para que solicitase la más alta pena que el texto punitivo recogiese. «Ahora, sólo tiene que ser realizada correctamente esta sustracción por quien fue destinatario de mi pintada», dijo el médico mientras sostenía una tiza entre los dedos. Cuando el maestro levantaba sus posaderas y se disponía a situarse ante el encerado, se abrió la puerta. Allí, en medio de una global sorpresa, apareció su burro. Esto es, el jumento que solía utilizar don Antonio en sus esporádicos desplazamientos. Al tiempo que el boticario le traía de una cuerda, don Roberto dirigió su pregunta al borrico: «¿Cuántas son cuatro menos dos?» Perdió el pleito de la broma el profesor. Aunque venció en el otro, el de la denuncia, lógicamente, y el guasón médico pagó una multa... aunque dicen que muy a gusto.
Relato inédito en castellano. Aparece en su 2º libro, Contos de viaxe, en gallego.
|