CLASE PRÁCTICA DE REANIMACIÓN CARDIOPULMONAR

Ya no soy capaz de recordar las facciones de aquel hombre, pero sí recuerdo que me sorprendió la ausencia de violeta en su rostro. Estaba blanco, terso como la cera, recogiendo los rayos oblicuos de un sol a punto de ponerse. “Su última puesta de sol”, pensé, y sin embargo, me acuclillé a su lado y traté de encontrarle el pulso en el cuello. Nada. Tampoco respondió cuando le subí la camiseta y le di un pellizco seco en la tetilla, así que tiré de su cabeza hacia detrás con precisión, comprobé que no llevaba dentadura y apliqué mis labios sobre los suyos. De todos modos, un hombre joven.

ABC. Aviso. Ventilación. Circulación. Vaya, había olvidado el paso más importante en caso de una emergencia vital. Busqué con la mirada a un alguien que, entre el escaso público presente, pudiese ayudarme. Mientras lo hacía, aproveché para tomarme el pulso a mí mismo. Bien. No demasiado acelerado. Sin flexionar de nuevo los dedos, señalé a una chica de aspecto aniñado que respondió cómicamente, llevándose a su vez, los dedos a la pechera de la camisa, confirmación de que era a ella y no a otra a quien me estaba refiriendo.

- ¡Usted! ¡Llame a una ambulancia! ¡Deprisa!

La mujer se separó un poco de nosotros mientras sacaba de su bolso el teléfono.

Una, dos: me pareció que el pecho del hombre correspondía al compás de mi respiración con una ligera elevación de su tórax. Aliento de vida. Y nada. Búsqueda del esternón, posición correcta. ¡Hale hop! No sentí quebrarse ninguna costilla bajo mi peso. Bien. El ritmo de las compresiones me tranquilizaba, como si de alguna manera, estuviera cediéndole parte de los latidos de mi propio corazón. El silencio se extendió como una cúpula a nuestro alrededor, separándonos de las personas que nos rodeaban; desapareció también el sol, y la plaza en la que nos encontrábamos se hizo inmensa, creando un vértice invertido desde el que captar la energía de la cúpula celeste.

Sin embargo, algo no marchaba como hubiera debido, y la plaza, con un golpe de efecto, recuperó en un segundo sus contornos habituales. Podríamos decir que se horizontalizó. Al intentar de nuevo trasvasar el aire de mis pulmones a los suyos, había encontrado una resistencia invencible. Insuflé con fuerza, pero sólo conseguí que aquel aire que hubiese debido devolverle a la vida, me peinara las orejas. Y si no hubiera sido porque la joven me observaba con expectante admiración, el móvil, ya inservible, en el hueco de su mano, me hubiera dado ya entonces por vencido. Pero llegó la ambulancia y los sanitarios descendieron sus vivos colores del vehículo, así que continué fingiendo durante algunos segundos, haciendo como que hacía algo, hasta que la enfermera sustituyó mis labios por la mascara de oxígeno después de haberme retirado suavemente con la mano. Y con aquel gesto de profesionalidad, mi intervención en el espectáculo se dio por concluida.

“La próxima vez”, me dije mientras me alejaba de allí con las manos en los bolsillos, “he que recordar que, incluso antes de pedir ayuda, tengo de sacarme el chicle de la boca”. Se lo había metido hasta la traquea.