GRACIAS POR EL CAFÉ
Algunas noches de insomnio me levanto y me acerco al río. Me asomo al pretil del puente viejo para escuchar el ruido negro del agua, pronuncio tu nombre hasta que se vuelve sonido inane, regreso. Regreso dando una vuelta innecesaria a espaldas de la catedral porque quiero inspeccionar la esquina donde los Almacenes Iturrioz propusieron durante décadas la moda domesticada para las mujeres de funcionarios municipales y sus escaparates reflejaban los guiños de luz del cine Palace, enfrente, con sus cartelones de colores enalteciendo un chaflán que ya no parecía gris ni provinciano como todos los chaflanes sin misterio de esta ciudad insulsa. Sabes ya, te lo he contado muchas veces, que el cine se convirtió en bingo, es ahora Caja de Ahorros y que los almacenes Iturrioz sucumbieron, como las tabernas, a la europeización del país para dejar paso a un video-club y, tras interesadas especulaciones, a la ruina de toda la manzana sobre la que se extiende hoy un aparcamiento dicen que disparatado según los trazados urbanísticos más racionales. No sé. La esquina no existe pero yo la busco las noches de insomnio. Te pongo estas líneas desde mi alcoba de monje laico, que otras veces te he descrito, a esa hora en que el hastío de la jornada va dando paso al goteo de una insufrible melancolía que se encharca entre el pecho y el bajo vientre conforme la noche de octubre desciende lenta como un tren correo que viene de lejos. Y yo te escribo con la misma morosidad que el declinar de la tarde y ya ves que con tópicos cansinos de una literatura desgastada por el roce, igual que yo. “La tarde declina” pero ni siquiera es octubre salvo en el recuerdo que, después de lo que pasó ayer, ha fijado minuto a minuto cada uno de los gestos tuyos que desembocaron en la despedida. A ese instante me conducen también mis propias palabras mediante rodeos y desvíos pero fieles animales a su querencia. Me gusta llevarlas más allá para que arriben a su meta con mucha fatiga, la de costumbre, y tú las recibas, si las recibieras, ansiosas de recorrer el tiempo hacia su conocido fin: tu rostro, tus labios de ayer en el momento del adiós. ¿Alguna vez te he dibujado, a lo largo de mi manía epistolar, el arco de tus cejas en aquella fiesta que celebraba un final de curso conspiratorio e inhóspito? Si fuera un poeta barroco aprovecharía la fácil metáfora del arco para que el pérfido diosecillo disparase miradas que me incendiaran la víscera correspondiente –habrá tal vez quien se enamore con los riñones, con el hígado. No existe metáfora que me sirva. Aparte de que no hubo entonces sino un aviso. Me dijeron que colaborabas en alguno de los engendros lingüísticos --¿juntaplataformas?, ¿o eso vino luego?—que se debatían contra la irredimible canallería y viscosa cutrez del tardofranquismo. Alguien me comunicó tu nombre no usado, nos presentó. Yo era un adjunto de derecho administrativo con mucha labia y un gran futuro, todo el que se me vino encima con los años. Tú eras una filóloga recién tierna y con ganas de conocer mundo. Me hablaste de un puesto de assistant en qué urbe industrial de las islas democráticas que tanto se habían balanceado a ritmo de los Beatles o a orillas de qué río femenino bordeado de bouquinistes . Me hablaste de las inmundicias de la dictadura sobre las que tan difícil sería construir un mundo más limpio –y no lo sabíamos bien. Me hablaste de un poema que se titulaba Lluvia y gracia y de una canción de Brassens --¿podría ser Il n'y a pas d'amour heureux ?—y de otra que mataba suavemente desde la orilla de allá del Atlántico que alguna vez, muy pronto, ibas a visitar, decías. Yo me había quedado enredado en tus pestañas y, mientras me dirigías la palabra, conseguí deslizarme hacia las sienes levemente hundidas y descender a la bahía oscura de tus ojeras donde ya esa tarde me habría dejado ahogar. ¿No hubo entonces más que un aviso? Yo no quería interpretar las advertencias que a mí mismo me remitía la mano izquierda que tocó la tuya o los meandros por los que discurría un pensamiento inarticulado que viajaba más deprisa que la conciencia y seguro que no me entiendes, o a lo mejor sí. Te contaré un ejemplo. Terminaba el jolgorio en el pabellón deportivo de la facultad de ciencias donde nos habíamos reunido y te pregunté qué ibas a hacer –indagación por lo demás inútil, o no tanto, según, pues yo había ido acompañado de una medio novia que más tarde abrió farmacia en el Paseo de las Naciones, un gran negocio. Me respondiste que con un grupo de amigas, o de amigos, quise oír que sólo amigas, ibas a bailar toda la noche, lo que quedaba de noche. ¿Dónde se bailaba toda la noche en una villa tan modorra como la que nos albergaba e indiferentemente me alberga todavía? Yo no sé bailar. Sentí una extraña ansiedad por tu corazón bailón al que tan fácil sería hacerle daño y una envidia atroz de los hombres felices que bailaran contigo y, cómo no percibí los signos, la certeza más que dolorosa de que cometería un error aquella muchacha danzarina si aceptara, algo impensable, el amor que yo empezaba a tenderte, sin darme cuenta, como un puente peligroso que no debías cruzar, que no cruzaste. Nunca te he visto bailar salvo en las fantasías de aquella noche que fue la primera de muchas en las que usurpaste las horas del sueño. ¿Cómo no nos habíamos encontrado antes en aquel mundo tan reducido de dos salas de arte y ensayo, una sola librería buena y cuatro o cinco grupúsculos políticos en los que algunos se estaban probando ya los zapatos de suela más blanda para pisar las moquetas floreadas de los pasillos oficiales del poder? Dónde te habías escondido, dime, quise preguntarte, te pregunté otro día, te reíste. Hice trampas para volver a verte a solas. Engañé a una amiga, eso no te lo conté, o sí, ya te lo he contado todo, cambié unas fechas para poder invitarte al concierto del parque la noche en que les autres —ya sabes, los que te, nos, rodeaban sin percatarse de mi urgencia de intimidad—no podían acudir porque era la sesión más cara en beneficio de algún pueblo aplastado por catástrofe natural y tiranos artificiales. Te regalé un libro de poemas, un modesto Austral que yo leía antes de dormir, ya nadie regala esas cosas. Me comunicaste que vivías, o vivirías, o habrás vivido en el futuro (im)perfecto, que es nuestro pasado no compartido, con un chico que estaba en la mili o en Pamplona, pero en ese momento de finales de junio qué más daba tu futuro si allí triunfaba la metonimia de la felicidad, tu pelo entre mis labios porque la brisa lo había impulsado hacia mí que lo saboreaba como un caramelo de champú de frutas, y los burgueses que los dos despreciábamos se removían en busca del echarpe dior y la chaqueta balenciaga pues la noche se había enfriado de repente y los músicos atacaban el tercer movimiento del concierto de flautino de Vivaldi y por encima de la alameda y de los pinares y de los espaciosos campos de tu cabeza la luna burlona se proyectaba hasta la luna de hoy que una vez más me repite que siempre te vi de noche. Del verano que siguió me ha quedado la sensación de un largo paréntesis de espera. Viajé al pueblo de mis padres con la mala conciencia de quien abandona el único lugar en el que era posible volverte a ver, aunque tú, me lo habías anunciado, perfeccionabas tu escocés y tu ajenidad en Glasgow o en cualquier sitio apartado de mi áspero castellano. Padecí síntomas regresivos de adolescencia. Los libros se me caían de las manos, no dormía y una vez, nadie se lo creerá, me acordé de ti de pronto en medio de una película y tuve que salir del cine. En septiembre los amigos te despidieron en Giuseppe, la primera pizzería de nuestra paramera. Mis argucias me proporcionaron un lugar a tu lado en la mesa. Estabas entusiasmada con la experiencia que te aguardaba en Golconda o en China o en cualquier sitio a miles de leguas de mis ojos, y quizá con el muchacho increíble, utópico, nefando del que preferí ignorarlo todo. Nos besamos en la cara, volverías en seguida, en octubre, para el cumpleaños de tu madre, subiste al coche de Martín o de Lucía y yo me iba desangrando en la terraza del Nebraska con el gin-tonic que el camarero me instó a ingerir de un trago que vamos a cerrar. Y sin embargo yo aún no me había dado cuenta. Es decir, sí, otras chicas me habían gustado, con muchas quise acostarme y con unas cuantas lo había conseguido. Creí que era lo de tantas veces a pesar de que muchas señales había, noticias confusas que viajaban por la sangre, una esperanza sin nombre, de fondo un miedo devastador. Llegó octubre y llegó el día de ayer. No me acuerdo –sí me acuerdo pero qué más da—de cómo supe que nuestra achacosa ciudad se rejuvenecía de nuevo con tu presencia. Te llamé. Me citaste en el casco viejo, a las puertas del Palace que prestaba sus destellos intermitentes a los mustios trajes de chaqueta de misa de doce los domingos, en los escaparates de Almacenes Iturrioz. Eran las nueve de la noche –ignoro el color de tus mejillas al mediodía y cómo me perdonaré haber perdido tu nuca secreta de los amaneceres—y las tendencias urbanorutinarias de la gusanera habían desplazado a los vitelloni vespertinos hacia barrios más chundarateros y, mentían, alegres. Apareciste un poco tarde pero me sosegaste el pecho. Paseamos en dirección al río, dimos la vuelta a la catedral, atravesamos la Puerta del Moro huyendo de los enclaves del barullo, entramos en un bar somnoliento y tomamos un vino y tapas –tapas caseras presumía un cartelito, pimientos rellenos y champiñón al ajillo, no lo habrás olvidado—mientras hablábamos de tu chambre à bonne o de un bed and breakfast o de un ático en Holyrood Crescent y, claro, del porvenir que tú habrás vivido y yo, sin ti, no. En algún momento nos asomamos al puente viejo y me desafiaste a perder los significados de las palabras repitiendo los nombres hasta convertirlos en ruido de aguas mansas, invisibles, las aguas fugitivas que arrebataban el apellido raro que tú eras. Y yo entonces dije tengo una buhardilla por aquí cerca, en el centro, ¿quieres una copa? Aquella buhardilla tampoco sobrevive ya, sabes, soy un señor catedrático con apartamento propio, y garaje incluido, en el ensanche, 150 metros cuadrados, pero ayer subiste a ella, cinco pisos sin escalera y un corredor tenebroso (se había fundido la luz) partiendo en dos el edificio para despistar, ojalá te acuerdes, yo sí me acuerdo de cómo sentía tu presencia en lo oscuro guiándome como si tú, que no habías estado antes en mi casa, conocieras las trampas del camino que te obligaban a cogerme de la manga del jersey. Lamenté llegar. Me parecía que en aquellos minutos habíamos establecido una intimidad tácita que sería difícil retener al vernos las caras de nuevo. No te apetecía alcohol, sólo un café y menos mal que me quedaba. A partir de aquí conservo la película de tus gestos. He reconstruido tantas veces el orden o el desorden de aquella habitación de vigas altas y ventanas que daban a la soledad y a los tejados. He reconstruido la conversación que, si hubieras leído estas cartas que escribo al viento, tú también te sabrías de memoria. Y me quedo a veces mirando la palma de mi mano derecha porque entre su piel y humores y nervios se conserva el tacto imborrable de tu omoplato durante el minuto infinito en que estuviste recostada contra el respaldo del sofá, contra mi brazo que allí te aguardaba desde el principio de los tiempos hasta que exclamaste ay te debo estar haciendo daño y te incorporaste y yo sentí el daño, que dura, de no tocarte. ¿Y aún no me daba cuenta? O sí, la palabra terrible que yo despreciaba me estaba absorbiendo como un remolino y yo que no creo en dios me sentía derribado por el más inmisericorde de los dioses y pasó una hora y no pasó nada excepto el trastorno definitivo de mi pulso y de pronto dijiste se me ha hecho tarde. Te acompañé a la calle, te quise acompañar a casa. No, vivo lejos y estoy con sueño, rechazaste, cogeré un taxi. Y ahora te veo junto a la farola ridícula en el cruce de la calle Vírgenes con la avenida Santo Tomé, escucho a un par de borrachos que canturreaban destemplados desde el bar Verbena, palpo tu cintura de aire. Se detuvo un taxi. Te volviste a mí, me dijiste gracias por el café, me besaste muy suavemente, muy deprisa, muy calculadamente en los labios y te alejaste de mi vida en un seat de matrícula de esta provincia turbia donde la gente muere sin haber vivido. Fue ayer. Y desde ayer han pasado veintisiete años, cinco meses, diecinueve días sin ti. Entré, y lo reconocí al instante, en un laberinto del que no he podido salir jamás. ¿No volviste? Me enteré tarde del fallecimiento de tu madre. Un conocido común me contó que habías tenido una hija en Chile o en Perú. Otros te vieron en el concierto que volvió a reunir a Simon y Garfunkel en el Madison Square Garden. O sea que cruzaste el Atlántico, como te habías propuesto. Yo sigo aquí. He viajado un poco pero sólo de vacaciones. Ascendí profesionalmente. Coqueteé con la política, ya estás enterada de todas esas banalidades. Me besaron otras mujeres pero tu beso no se repitió. Como si mi laberinto fuera de cristal, yo percibía lo que ocurría a mi alrededor pero no podía participar en ello. Deseé cuerpos, los vi desnudarse junto a mí y los gocé como si fuera ajeno a ese placer. Porque nunca vi tu cuerpo desnudo, los demás me parecieron insuficientes; porque nunca me dijiste que me querías, yo no quise a nadie. A menudo pienso que sólo he vivido una vida póstuma y que, sin pretenderlo, me condenaste a este infierno tibio en el que cuento los años que me separan de la noche circular a la que retorno incesantemente para sentir que me late el corazón con más fuerza, como si volviera a ser joven otra vez. Y por lo demás, bien. Doy mis clases sin entusiasmo, recurro cada vez menos al sexo mercenario, de la prensa leo apenas los titulares y si me cruzo por la calle con los viejos amigos procuro no detenerme. Un neurótico tolerable. Duermo mal. Algunas noches de insomnio, ya te lo he contado, me asomo al río. Pronuncio tu nombre. Pero en realidad no me hace falta ni salir del lecho. Cierro los ojos, camino por las calles y plazas del pasado y me dirijo sin esperanza a esa esquina de mi memoria donde yo te espero siempre.
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