¡QUÉ ALGUIEN HAGA ALGO! Naturalmente que me apresuro. No cuento las baldosas, ni los bloques de cemento, sin embargo no piso las rayas. Las paredes pasan rápidas por mi costado y constantemente consulto un reloj en mi memoria. Claro, el cielo está azul y los árboles del parque resplandecen. De repente creo advertir un fulgor que emana de las hierbas recién nacidas, arrancadas de la podredumbre de la tierra cubierta de nieve ennegrecida de hollín por la primavera. Es el brillo del sol. Miro estas cosas con una ojeada rápida, mientras me apresuro a dejar atrás a la mujer que me precede y que cada vez que trato de pasarla se me interpone. Camina bamboleándose, absorta, no sabe que estoy detrás en un grito y que de buena gana la cogería por el cuello por caminar tan despacio, por ignorar al prójimo, y la prisa. Paso revista en mi memoria a todos los detalles, a las urgencias del día, a los papeles y los sobres que debo llevar, a las cartas, los números de teléfonos, las cosas que deben ser aplazadas. Improviso mi lista de prioridades para el día, clasifico cada cosa de acuerdo a su importancia y a veces a mi capricho. Las aceras continúan pasando y alcanzo, al fin, el buzón donde tiro varias cartas con la violencia de un acto que toma un cuarto de segundo. Entro en la boca del Averno. No hay ningún letrero, pero sus reglas y sus pequeños sufrimientos se conocen de antemano. Se sabe que vamos a padecer en las entrañas de la tierra durante varios largos minutos. Se siente el aliento caliente del subterráneo, su aire viciado y estático, sus punzadas en los pulmones. Su negrura todo lo cubre, hilillos de agua recorren el techo, las paredes de los lados y sus inusitadas estalactitas. Los letreros que cubren la estación de anuncios están llenos de notas, de frases escritas con lápiz y creyones negros y rojos, llenas de humor o de deseos de autopromoción. Las personas que esperan el tren están encerradas en una bola de cristal: sus pequeños mundos mentales. De repente alguien lanza una mirada de pez, con su vacuidad y su grosera sorpresa, para más tarde volver a la urdimbre de sus planes para el día, de sus etapas para lograr el éxito final, del recuento de sus ahorros que en este momento están ganando el cinco y medio por ciento de interés, de sus vacaciones de verano. Las vacaciones crean un cambio de personalidad y de paisaje, esta vez puede ser Francia, Holanda o el Caribe. Otro sol, otro idioma, y aprender por unas semanas el dulzor de una vida ociosa. El tren se demora demasiado. Aparece un reloj gigante en la mente de las criaturas que esperan. ¿Cómo es posible? ¡Más de cinco minutos de espera en la hora punta! No se puede con estos trenes, los operarios siempre están pidiendo aumentos de sueldo y no mejoran el servicio. Después de todo ellos ganan más que nosotros y se quejan. Al menos ellos no tienen que tomar el tren para llegar temprano al trabajo porque seguro que tienen auto, y no han de esperar como manadas de ovejas idiotas. Ellos están en sus controles y se ríen de la prisa. «¡Qué tomen un taxi!», pensarán. Al fin se acerca el tren con su símbolo cabalístico en el frente, con su letra del alfabeto fenicio iluminada, amortiguando el ruido de su paso con las gomas que cubren las ruedas, lanzando bocanadas de aire refrigerado por las rendijas de las puertas. La multitud lo toma por asalto y lo obliga a mantener las puertas abiertas; hay un frenesí de conquista en todos los ojos, la pasión de la barbarie espoleada por la prisa. Adentro, el tiempo se detiene y comienza el imperio de los anuncios: los buscadores electrónicos, las casas de inversiones, los teléfonos portátiles, todo empieza a cobrar una importancia ritualística, toda palabra tiene un peso acentuado por la multitud y el descanso en el tiempo. Todos piensan, ponen las caras en blanco, abandonan los labios que cuelgan con una dejadez obscena, vacían la mirada, ponen flácidos los músculos, y se entregan al dragón que avanza resoplando debajo de los edificios de la Nueva Babilonia. Se advierten los dictados de la moda en ciertas chaquetas de material espacial, en blusas hechas de espejitos cuadrados, en abrigos de puntas de erizo, y en una apariencia distante, llena de imprecisión, muy de buen tono. Los ejecutivos se identifican por los maletines negros y marrón, por los ordenadores portátiles, por cierto gesto de merecido descanso en los viejos, ya que tienen grandes oficinas con ventanales panorámicos desde donde pueden dominar los rascacielos con su mirada, y de agresiva ambición en los jóvenes que penan en los cubículos sin ninguna privacidad, pero que están dispuestos a derribar de un puñetazo a cualquiera que se le interponga en su camino hacia arriba. Se imponen las clasificaciones por la tela: el poliéster resalta en las secretarias y en los oficinistas, la fibras naturales como la seda, la lana, y el lino en los ejecutivos de ambos sexos. El algodón lo usa todo el mundo. Antes de llegar a la Séptima Avenida el tren se detiene, pone a funcionar sus frenos, para. Expectación. Nadie se atreve a preguntar qué ocurre, todos confían en que se arreglará el asunto. Los problemas que nos ocupan el cerebro son más importantes, los planes para ascender en el trabajo, las maniobras para darle una zancadilla al que queremos reemplazar, el arte de hacer lo menos posible con el máximo de rendimiento. El sueño de la multitud invade los párpados y los entrecierra sin pudor. Sueño viejo que se recuperará en el fin de semana, o por lo menos esa es la esperanza. Un negro avanza entre la multitud apretujada en los carros. Viste como el conductor, tiene uniforme, y es jovial. Aclara que hasta aquí llegó, que renuncia, que no trabaja más, que si el trabajo es salud que trabajen los enfermos. «¡Qué otro se ocupe!», exclama, riendo. Enormes relojes aparecen en la mente de la multitud con la terrible hora de las nueve de la mañana. Es tarde. Nadie se mueve. Todos continúan sacando cuentas en sus mentes, calculando cómo ahorrar tiempo al llegar a la estación, cómo adelantarse a los viejos tullidos, cojos, o en sillas de ruedas, cómo correr hacia el ascensor y tratar de evadir la mirada del jefe. Nadie se mueve. Es evidente que algo ocurrirá.
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