RELIGIOSAMENTE TUYO

Hola me llamo Jude, hace un momento mi nariz y mis labios descansaban en la cabeza de mi querida Sara. Tiene 19 años, yo 43, y no podéis imaginaros lo que era oler ese pelo tan joven, ese cuerpo tan joven, ese amor tan joven. Estabamos los dos sentados el uno frente al otro, mis manos cogían las suyas, su cabeza reposaba en mi pecho y la mía como ya he dicho en la suya. Estaba henchida de amor, de amor carnal no correspondido que le roía las entrañas y desbordaba sus lágrimas que mojaban nuestras manos. Yo la quiero, la quiero de una forma que no llego entender, pero no me atrevo a ser infiel, porque ya tengo una mujer, a la que ya no se si quiero. Deseo a Sara, sueño con ella por las noches, hacemos el amor, mi mujer nos mira y sonríe, otras veces se acerca a nosotros y nos acaricia y se funde a nuestros cuerpos. Cuando despierto, con una gran tensión entre mis piernas, la tristeza se apodera de mi, la falta de valor para dirimir que satisfactorio camino tomar me mina la consciencia. Voy a trabajar y ahí esta Sara, deslumbrante con su melena negra como el azabache y brillante flotando sobre sus hombros. Trabajamos juntos, todo empezó con pequeñas bromas, charlas que fueron intensificando su intimidad hasta poco a poco ir insinuando nuestra mutua atracción. Yo la deseo y a la vez no quiero herirla con sexo esporádico, no entiendo la vida con doblez, no se si es falta de valor, de gilipollez congénita o falso pudor. La abrazo en cuartos obscuros, busco su carnosa boca, fundimos nuestros alientos, nuestras salivas, nuestros cuerpos, todo menos nuestros sexos, una y otra vez como quinceañeros desesperados y tanto preludio sin culminación esta tensando nuestra relación. Hay otro compañero que también quiere a Sara, también esta casado, pero el no tiene escrúpulos, lo sé, porque lo ha hecho otras veces con otras compañeras, sin amor, solo por sexo. La esta tanteando y ella coquetea con el, a lo mejor son los celos que me lo sugieren. El otro día lo espere en el parking y lo increpe, intentaba sacarlo de sus casillas y le lancé verbalmente todo lo que pude inventar para llegar a los puñetazos, a las patadas, a los mordiscos. Caímos varias veces al suelo, rodábamos por el suelo, me recordaba mis peleas en el patio del colegio. Al final sin aliento, con las ropas rotas, sucias y desencajadas mirándonos a los ojos le dije: -“ Deja en paz a Sara”, el me miró al principio sin entender nada, luego empezó a sonreír y luego a reír sin pudor. – “Serás idiota, todo esto por una tía, venga no jodas. Además tu no tienes huevos para llevártela al huerto...” No le deje acabar le di un puñetazo con todas las fuerzas que me quedaban y lo deje allí tirado. Me pareció que seguía riendo. Al llegar a casa, Lucía mi mujer me pregunto que era todo aquello que cambiaba mis aspecto diario, la acompañé al sofá, nos sentamos, le cogí las manos y le conté todo, por primera vez en mi vida le conté todo. Y a la vez que hablaba nuevos pensamientos y sentimientos afloraban y los iba sacando uno a uno, lo resumiré: te quiero, pero inexplicablemente quiero a otra persona que a la vez me recuerda a ti cuando eras joven y volver a sentir aquellas olvidadas sensaciones me resulta increíble, igual que un chute de heroína para un yonqui con síndrome de abstinencia (Ahora me doy cuenta que la comparación no tenía lugar en el contexto). No ha pasado nada entre nosotros, yo deseo que pase pero no me atrevo por ti... Bueno algo así fue y a la vez que hablaba mas me liberaba, el resultado es que aquel mismo día mi mujer se fue con mis dos hijos a casa de sus padres, pidió el divorcio aduciendo infidelidad y así es como perdí a mi familia. Al día siguiente al llegar al trabajo no pude entrar en mi despacho porque estaba cerrado con llave, me llamaron a dirección y me dieron el despido, motivo: maltrato a un compañero. Parece ser que en cuanto se levanto se fue directamente a su oficina a llamar a una ambulancia, se dejó ver por todos los despachos y cursó una denuncia, le tenía que haber pegado mas fuerte. Estuve esperando a Sara, necesitaba su amor y comprensión aquel maldito día, me vio cuando salió de la oficina en la esquina medio escondido, aguantando la lluvia que aquel día caía a mares y me ignoró. Corrí detrás de ella pero cogió un taxi y desapareció. Los días pasaron y los intentos de ver a Sara, de hablar con Sara, de sentir a Sara fueron inútiles. Un día en las mas pura indigencia, sin casa, sin familia, tachado de infiel sin serlo, volví a la esquina para volver a ver a Sara, salió con mi denunciante, los dos riendo. Nunca la había visto tan feliz. Me fui pensando que no había sitio en este mundo para mi.

Jude