NIEBLA Amo esta ciudad bajo la niebla. No sé por qué pero cuando la veo cubierta por esa densa capa cubriéndole las esquinas, los tejados perdidos, las plazas desconchadas, los rincones baldíos, me recuerda a cuidades del norte de Europa y me siento un poco como si paseara por Ámsterdam o Bruselas. Cuando la niebla baja todo se difumina en suaves contornos y hasta los concejales adquieren ese tono gris y dulce como la pequeña epopeya ciudadana. Cambiamos todos y las voces –tan gritadas bajo la ciercera estrepitosa- se vuelven suaves, contenidas, amables. Nos saludamos con cortesía por la arrumbadas calles del casco viejo igual que lo podrían hacer los marineros de Holanda cuando se cruzan por entre interminables canales que acarician el Mosa. Y hasta el Ebro, tan cuidadosamente destrozado, aparece manso, lento, suave, como si de un río navegable se tratara y uno, en su nostalgia, se pasa horas contemplando sus aguas a la espera de esas grandes barcazas que atraviesan el norte de Europa. Con la niebla, el olor de la brisa se hace dulce tirando a col hervida. Dicen que es por nostalgia de la cuidad romana hundida bajo el peso de a especulación acumulada. Otros, los menos románticos, dicen que huele así por el estercolero de los caminos de los pinares ralos de Valmadrid. Nunca se sabe. Pero cuando llevas quince días soportando el gris interminable de estos días de otoño buscas de nuevo el cierzo que levante la niebla y volvamos de nuevo a ser lo que aquí somos: agrestes, vociferantes y expansivos. |