EL MERCADO CENTRAL

...mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro

Miguel Labordeta

Por unos instantes nos quedamos detenidos: La foto fija. La foto amarillenta que nos trae los recuerdos, los vagos y lejanos recuerdos de una tarde de los años cuarenta –los vagos y lejanos recuerdos de una tarde de verano- mientras unas familias rescataban del agua las frutas que vertía hacia el Ebro el chorro del Mercado y unos pescadores de madrillas lanzaban, una vez y otra vez, su anzuelo al borde mismo de las aguas y desde arriba, desde lo alto, desde la barandilla, justo donde asistimos a la foto fija, los pescadores de barbos tiraban sus anzuelos con muy poca esperanza, pero con todo el tedio capaz de ser acumulado en aquellos años, finales años de los años cuarenta, mientras nosotros, apenas unos niños quedábamos detenidos para siempre en esa foto fija, amarillenta y vieja foto fija con toda nuestra ingenua tristeza en el costado.

Y luego, a la hora de comer, dejamos atrás el Ebro, la “pasarela”, la vieja vendedora de cacahuetes, almendra, pepinillos y tomando por la calle de Antonio Pérez –Antonio Pérez torreón de la Azuda- desembocábamos de nuevo, siempre de nuevo y repetidamente, en el gran mamotreto de hierro, de frutas, de pescadores, de carnes, de verduras, alrededor del cual crecíamos tanta gente, tanta historia, tantas noches de ver cómo llegaban los viejos hortelanos –enmantados en invierno- y descargaban sus frutas, sus verduras por el suelo, a esperar la mañana. A esperar la mañana se formaban las colas, por Buen Pastor arriba, con la esperanza de llegar a encontrar la carne congelada traída de Argentina. Colas de padres, de madres, de abuelos y de nietos: colas de días enteros para matar las hambres que nunca comprendimos por qué nos las habíamos ganado. Hambres que resultaban después de aquellas noches aterradas de espanto. Metidos todos juntos en el hondón profundo del último rincón de la casona enorme de los condes de Gabarda. Repicaba después San Cayetano los domingos y fiestas de guardar y esas dulces mañanas, que uno nunca olvida, parecían calladas sin nadie en el Mercado.

Otras noches, pegados al balcón, veíamos prostitutas baratas ofreciendo su encanto a hortelanos, obreros sin trabajo, jubilados. Y cuando hacían trato lo cumplían detrás de las casetas de madera –mercerías, helados y un quiosco de libros de recambio- mientras con la mirada intentábamos ver lo que nunca veíamos.

Luego después, cualquier tiempo después, cuando el invierno, cuando el cierzo ventea esta ciudad de todos los demonios, las personas enormes del Mercado golpeaban la noche una vez y otra vez con un ruido cascado, como roto. Aquellas noches, los hortelanos llegaban ya hacia el alba, a aquella hora en que el café Aurora abría sus puertas para dejar tomar algo caliente a los últimos bohemios de esta tierra, que, durante horas, habían paseado por San Pablo o las Armas. A esa hora del alba se metían en el Aurora también las hortelanas cubiertas de toquillas, refajos y tristeza. Allí la barahúnda se hacía insoportable. Todo el mundo quería salir del frío desgarrado de las primeras horas de la mañana contando sus historias a gritos. Era un ir y venir de gentes con olor a borraja, a acelgas, a escarola, a hierbas comestibles. Y después, mientras los basureros limpiaban las aceras, mujeres enfermadas ofrecían el pan del estraperlo, el pan blanco que resultaba entonces un lujo muy poco cotidiano

Y se crecía. La foto fija se iba quedando atrás, amarillenta, mientras unos y otros tirábamos arriba, cada cual haciendo los posibles por salir de aquella vía muerta. Pero el Mercado estaba igual. Y el barrio persistía. Hacia Predicadores la Cárcel de Mujeres seguía mantenida. Y frente a ella, en una churrería, se tomaban, de vuelta de esas noches hirientes, una cazalla dura junto con chocolate y churros de rosca. Y al final siempre estaba el Mercado presidiendo la historia [...].

José Antonio Labordeta