LA MADRE Este maldito autobús siempre llega a su hora: ni siquiera se permite unos minutos de retraso, ni siquiera consiente en regalarnos un instante de esperanza, una excusa irreprochable para faltar a nuestro deber sin remordimientos. Claro, que teniendo en cuenta las breves paradas que realiza y las pocas personas que lo usan sería imperdonable que no cumpliera su horario a rajatabla. Hoy, además de la mujer de negro, estamos una madre cincuentona con su hija de apenas diez años y yo. A éstas no las conozco. No imagino a quién irán a ver. Puede que a esa anciana que se pasa las horas sentada junto a la ventana pero que nunca mira hacia afuera –quizá porque únicamente necesita sentir que aún existe el día más allá del contorno claustrofóbico del asilo, o porque le da miedo todo aquello que no controla, que no conoce con la precisión que da la rutina–, y que siempre tiene la mirada caída hacia los pies, hacia el suelo, hacia cualquier esquina que la distraiga; o tal vez visiten al nuevo, ese hombre enjuto y apagado que llegó hace apenas una semana, aún joven pero prematuramente enfermo, y que con tanto cariño han acogido las asistentes (sus carnes todavía no hieden y sus capacidades motoras no han sufrido disminución alguna). Pero a mí me da lo mismo a quien vayan a ver. Sus rostros son idénticos a los que me encuentro cada jueves en este autobús, el autobús de la desesperación: sus miradas están caídas; sus labios apenas se mueven excepto para balbucear en voz baja algún comentario banal; sus gestos son escasos, imprescindibles. Acuden porque es su obligación, porque se han impuesto a sí mismas ese deber, como me pasa a mí: porque se lo exige sus deberes de hija y de nieta. Y porque ya es demasiado tarde para cambiar el significado de los actos. A quien conozco bien es a la anciana de negro; coge el autobús todos los días. Probablemente no tenga otra cosa que hacer: visitar a su marido decrépito e inválido, una escoria humana que apenas se vale por sí mismo, una carga insostenible para cualquier familia y más aún para una mujer sola. Pero bien mirado, a lo mejor no es tan anciana, a lo mejor no se trata de su marido sino de su padre; la vida ha podido golpearla tantas veces que ha acabado por acelerar inusitadamente su proceso de envejecimiento. Sea como fuere, representa la viva imagen de la consternación. A mí cada vez se me hace más cuesta arriba venir a ver a mi madre. Hace sólo cuatro meses que la internamos, pero parece que hubieran pasado siglos. Y desde entonces, cada jueves, invariablemente, cojo este infame autobús y me llego hasta el asilo (me niego a llamarlo residencia, como pomposamente lo llaman los demás, porque su única finalidad es la de acoger desechos humanos que nadie soporta, que nadie quiere tener cerca, que todos desean olvidar) para estar junto a ella apenas dos horas, poco más de cien minutos que sin embargo se convierten en los más duros y sombríos de mi vida. Se le fue la cabeza casi de repente, en unos pocos días. Al principio nos parecieron achaques de anciana, esas manías que inevitablemente se apoderan de los viejos cuando empiezan darse cuenta de que están enfilando la recta final de sus vidas. Eran lagunas apenas sin importancia: hablaba de otros tiempos sin venir a cuento, cosas de su juventud sobre todo; luego empezó a confundir los objetos y las cosas, a no identificar ciertos nombres. Hasta que vinieron los dislates, las frases sin sentido y, sobre todo, lo más terrible: la alteración del tiempo y del espacio, la incongruencia, el olvido de nosotros mismos. El autobús ha dejado ya las calles de la ciudad; ahora atraviesa campo abierto, enormes extensiones de cereales y alguna que otra huerta que inevitablemente nos devuelven una imagen idealizada de la naturaleza. Cualquiera que pase frente al asilo quizá piense en él como en un lugar ideal para el retiro: aire puro, sol, tranquilidad… Pero su entorno mueve al engaño: el asilo sólo esconde decrepitud y muerte. La muerte se presiente nada más llegar, cuando el bedel de blanco inmaculado abre la puerta y te sonríe sin darse cuenta de que sólo por educación le devuelves el gesto; luego notas el olor a viejo, un olor fuerte, áspero, que se ha asentado en todos los rincones y que te recuerda constantemente dónde estás y por qué. Y a continuación, como colofón, te traen ante ti a tu ser querido –o lo que queda de él–. La semana pasada, me confundió con su madre. "Ya he dado de comer a las gallinas, madre", me dijo, "Cada día están más grandes. Si siguen así, este año nos podremos comer una para San Esteban". Otras veces me trata como si fuera una desconocida, o permanece inmóvil a mi lado sin pronunciar palabra. A veces es incluso procaz, y eso es lo que me hace sentirme peor: oír a tu propia madre, una anciana vieja e inválida, pronunciar frases soeces y expresiones malsonantes con la naturalidad de quien describe un suceso trivial es una carga demasiado angustiosa. No sé si lo que me cuenta es verdad o mentira, pero me da igual: lo terrible es que es desagradable, inapropiado para una anciana e intolerable para una madre. Al principio, yo intentaba hacerle entrar en razón; quería que identificase nombres, que aceptase la situación real en que se encuentra, que organizase con coherencia el maremágnun de recuerdos que bullen su cabeza sin orden ni concierto. Después comprendí que su mente es un caos absoluto al que jamás podré tener acceso, y que es mejor seguirle la corriente, dejar que me lleve sin lógica alguna por la vibrante vorágine de sus vivencias, que intentar rectificar el curso ya para siempre extraviado de su memoria. Yo también estoy comenzando a envejecer. Me canso pronto, me aburren la mayor parte de las cosas que antes absorbían gran parte de mi tiempo e incluso me cuesta comprender el mundo moderno, las nuevas modas o las costumbres y los gustos de mis hijos. Eso, hasta cierto punto, entra dentro de lo normal. Pero durante los últimos meses, creo que he envejecido como si hubieran pasado años. Nunca había imaginado vivir una situación así, y nunca pensé lo duro que podía llegar a ser: tu madre, aquel ser adulto siempre ajustado, lógico y correcto, la primera referencia del ser humano, del bien y del mal, de Dios y del infierno que la vida pone en tu camino, se convierte de la noche a la mañana en un simple despojo, en un conglomerado de carne y vísceras, en un ente inútil que ni sabe ni entiende, definitivamente fuera del mundo de la inteligencia una vez traspasado sin posibilidad de regreso el umbral de la locura. Porque, aunque los médicos se empeñen ahora en denominarlo de otra forma, en otra época a mi madre la hubieran llamado loca. Ya que como una loca se comporta. A veces –sobre todo por las noches, cuando sé que Enrique ya no me oye– lloro en silencio. Es consecuencia de mi carácter; a pesar del esfuerzo que he puesto siempre en distanciarme de la desgracia, me duele el dolor ajeno, el sufrimiento de quien no puede defenderse. Así que, tratándose de mi propia madre, no es nada extraño que llore a menudo, muchas veces sin razón aparente, sin siquiera venir a cuento, sólo porque en algún momento del día presiento su figura próxima o me parece escuchar su voz viniendo desde algún lugar lejano. Eso sí, trato de que sea siempre a escondidas, cuando nadie me ve. Sin embargo, cuando lo hago, no sé si lloro por ella o por mí. Porque ella no sufre, de eso estoy segura. Ignora por completo las condiciones a las que ha quedado reducida su vida, desconoce que no puede valerse por sí misma, que sin ayuda moriría a los pocos días. Soy yo quien aloja en su cabeza mis propios miedos y temores, quien no puede evitar compararla con la mujer decidida y activa que fue siempre, con la madre exigente y rígida que sin dudarlo hubiera dado la vida por cualquiera de sus hijos. Es su imagen pasada lo que me aflige, es su recuerdo vivo lo que me lleva a este estado depresivo del que no sé cómo salir. Sólo pido que esto acabe pronto, que la naturaleza actúe lo antes posible y me evite estos pensamientos obsesivos y malsanos que están acabando conmigo. He pensado muchas veces en ello durante las últimas semanas. Lo que más me aterra es que esta situación se prolongue indefinidamente, porque nunca me acostumbraré a verla así, demente y dejada de sí misma. Y todavía puede empeorar más. Y yo tengo mi familia, mi marido, mis hijos; no me merezco esto. Pero venir a verla los jueves es lo único que hago por ella, así que no puedo dejar de hacerlo. No me lo perdonaría nunca. Por eso, a veces rezo para que el destino haga pronto su trabajo, para que me libere de una vez por todas de este sufrimiento agotador. No pido nada malo; tarde o temprano, es algo que ha de pasar. Es un puro acto de egoísmo, lo sé, pero es mejor que engañarse con palabras ridículas o falsos deseos, porque sin egoísmo tampoco se puede vivir. Son las diez y cinco. El autobús ha llegado a su hora. A las doce estará de regreso otra vez. Yo ahora llamaré al timbre y el bedel vendrá a abrirme con su habitual sonrisa sempiterna; después pasaré al recinto y allí me encontraré con lo de siempre: con los viejos alicaídos, inútiles en su mayor parte, ociosos todos, vacíos de futuro, simples promesas de cementerio. Ya estoy en la sala de visitas. Veo que
la cuidadora viene hacia mí, pero no trae a mi madre; le acompaña
la directora. Sus rostros están serios, sus miradas frías
tratan de esconder cualquier tipo de emoción. Advierto a mi alrededor
un enorme silencio, me tiembla un poco la mirada. No siento nada porque
se me han roto las entrañas. Ha sido un presentimiento que ha venido
conmigo durante todo el trayecto, que he tenido dentro de mí aun
cuando no haya querido verlo. Cuando la directora me habla, yo hace tiempo
que ya he escuchado sus palabras. |