ÉL ARRIBA Y YO ABAJO

Cada Jueves, a las 11:30,al entrar en el Bar, me recibía con un carajillo en la barra y un << Estamos perdidos, eh, Matías>> . A lo cual, yo, invariablemente, le respondía <<Estos cabrones nos van a joder la prejubilación, José, mira de hacer algo, que para eso estas en el comité >>. Así llevábamos meses, desde que nos hicieron fijos en el turno de tarde. Y la verdad, es que ese chollo se lo debía a José, (chollo para el que tuviera los hijos crecidos; porque era como darte una segunda libertad, ir desacompasado del mundo te permitía hacer casi lo que te viniese en gana). Pero esto, ya se encargaba él, ya, de recordármelo de vez en cuando. No mucho, lo justo.

10 minutos después de mi entrada, llegaba la otra pareja del guiñote. Lo teníamos todo controlado, el rato daba para una partida, un poco de camorra, un café y que Ezequiel, el zurdo de la otra pareja, se acercase a sellar la primitiva del grupo. Luego, todos nos reuníamos en la parada del autobús. La mini-siesta en la cuna con ruedas, y a enganchar 8 horas en la cadena.

A los 54 años, ya sólo piensas en una cosa; nosotros y todos, que nadie mienta.

José era el enterado de nuestra sección. Disfrutaba, cuando, con cuentagotas nos iba diciendo alguna noticia que hubiese oído en el sindicato. Él se daba importancia y nosotros seguíamos nuestro papel a la perfección, con tal que contara algo. Tampoco abusaba mucho, sólo lo justo.

Se me olvidaba algo importante, muy importante, de nuestras sesiones de los jueves. Después de la partida y antes del café, tocaba poner la parte para la primitiva, 5 euros. José siempre marmoteaba, nunca le iba bien. Luego, cogió la costumbre de pedírmelo prestado, los otros no le hacían el juego. Nunca dejo de pagármelo, nunca antes de que yo se lo recordara dos veces. Sospechaba yo que todo era por forzar, que llevaba ese dinero y más. Pero le dejaba hacer. Si no lo he dicho antes, mala persona no era.

El caso, que llegó un jueves, el pasado. Habíamos perdido la partida y José, rebotado, me echaba en cara que marcar tan mal las cartas era de principiantes. “La culpa siempre es del otro” piensa medio mundo del otro. La cosa no llegó a mayores, yo juego por matar la mañana. Más tarde, como siempre, al momento de poner el bote, José me pidió que adelantase lo suyo, pero con un rintintín más fuerte de lo habitual. A nadie se le escapo el tono; los otros levantaron la vista del café. Yo, tranquilamente, miré la cartera y le dije que no, que no podía ser.

Él voceó, juró y aporreo la barra. Me llamó hasta pobre, lo recuerdo. Pero hace años que eso, no me hace mella ni me enciende. Así que al ver mi parsimonia, se echó una risotada y dijo que ya lo pagaría. Ezequiel se puso serio y se lo reclamó, José respondió con risas, una burla y una promesa. Repitieron esto dos o tres veces. Al fin, su parte, la completamos los tres con calderilla, mientras él nos miraba de reojo y se mofaba por lo bajo. Acto seguido, Ezequiel se fue a sellar la suerte y no se habló mas del asunto.

Me contaron, que José fue como siempre en autocar el viernes, que se extrañó de no vernos. Me contaron también, que al llegar a los vestuarios, el rumor había empezado a circular. No sabían el qué, pero sabían que algo pasaba. Parece que por fin se le ocurrió y pidió prestado un periódico. Después de 5 meses, era normal que la combinaciones le sonaran. Alguien le dio un móvil, y como habíamos supuesto, todo nervioso, me llamó a mi. Casi no le salían las palabras <<¡Que colgamos los hábitos, que colgamos los hábitos!>> no paraba de repetir. Le dije, lo más neutro que pude, que teníamos que hablar <<Que sí, que claro, que ahora mismo cogía el autocar de bajada del turno de noche, y que donde fuera>> respondió. Haberle pedido que intentara ser discreto, no hubiera servido de nada, así que me calle.

Quedamos en reunirnos en la zona de petanca de la Plaza Mayor.

Era una mañana de Mayo, con el verano ya encima, como quien dice. En cuanto nos vio, vino medio corriendo, medio bailando. Nos cogió por los hombros, abrazos, besos, todo. Pero enseguida noto que llevábamos cara de entierro. Se paró en seco <<¡Qué pasa!>>, pregunto con algo de chulería. No es tonto y aunque no lo reconociese nunca, se acordaba del problema.

Ninguno respondimos <<¡Que qué pasa!>> repitió, dando dos pasos hacia atrás. Ahora, hasta le huíamos la mirada.

<<Ya veo, habéis estado hablando, ¿tan pequeño es el premio que ya se os ha despertado la avaricia?>>, dijo medio gritando.

<<Tú no pagaste, eso es lo importante y lo que cuenta>> dijo el compañero de Ezequiel. <<te lo reclamamos, pero o no pudiste o no quisiste>> continuó. <<Vosotros no sabéis con quien os la jugáis, paletos>> respondió José. <<Paletos o no, tenemos medio bar de testigos; siempre gritas mucho José, siempre>> apuntilló, tranquilamente, el compañero de Ezequiel. <<¿Y tú Matías, no vas a decir nada?>> dijo, mirándome con ojos de loco, con ojos de quien se ve perdido. Me encogí de hombros torciendo la cabeza. Es curioso, lo que nos cuesta abandonar un papel cuando lo has estado representando mucho tiempo. Él arriba, yo abajo.

Me puso la nariz a dos centímetros de la mía, y más nervioso si cabe, repitió la pregunta. La somardez, era la mejor respuesta. Soltó un “cabrones” y sin volverse ni una sola vez, se fue a buen paso. La poca niebla empezaba a levantar y ya se veía alguna mujer que andaba a la compra. <<Nosotros, lo dicho>> dijo Ezequiel, que hablaba por primera vez. Asentimos con la cabeza. Serios, nos separamos allí mismo. La alegría habría que dejarla para más adelante.

Yo pasé por el bar de siempre, de vuelta a casa. Dude en entrar a tomar un cortado. Llevaba en la billetera el mismo dinero que el día anterior. Seguí para casa. Aquel billete de 5 euros, significaba y contenía demasiado para llegar nunca a gastarlo.