Buenos Aires Hora Zero

1. Barras de Colectivo
2. De otro modo.
3. El final de su amor.
4. Periódicos viejos
5. Piazzolla
6. Signos.
7. Y yo les pido que, por favor… se marchen.
8. ¿Qué más se puede hacer además de ver películas?
añadido sicótico: penúltimo tango.
añadido en construcción, resumen final.
miniatura: Todo por dos pesos

 

Barras de colectivo

De vez en cuando me viene la imagen soez de alguien lamiendo con delectación las barras de agarre del colectivo. Han pasado miles de pieles, han sudado cientos de personas, algunas viajaban contentas, las menos sin duda, porque en este caso el ejemplo que tengo en la cabeza, a pesar de tratar de darle un cariz genérico, es muy claro, hablo de un colectivo en general cuando estoy pensando de manera irremediable y clara en el 130, ¿era ese el número?, permítanme un segundo, he de ir a comprobarlo... sí, el 130, que terminaba más o menos en la ciudad universitaria de la UBA. Algunas felices, las menos, quizás si acababan de rendir un examen y se sabían aprobados, o la mina les había dicho que bueno, que quizás se pasaba por el boliche el sábado con unas amigas... el resto, obviemos crisis laborales puntuales o económicas generales del país, eso sería demasiado evidente y trágico, cuando en este momento sólo pretendo dorar con un poco de ironía y algo de brillante sarcasmo estas palabras que me afano en juntar, lo dicho, olvidémonos de los problemas imposibles de solucionar y centrémonos en la gran mayoría de gente con náusea vital, con desesperación, gente que trae ganas de llorar, hombres para los que la derrota de Independiente destroza sus posibilidades de que el mundo sea un sitio lindo de verdad. Claro, me dirán, muy trágico vos.... y bien, allá están, mírenlo, el pibe con su inmenso plano, arquitectura, ingeniería civil, no sé, pero lleva tres semanas nervioso desde que se lo mandaron, pero a pesar de todo al final no le dio tiempo y anoche se acostó bien entrada la madrugada, él sabe que hay fallos, que la tangencia no es correcta, que el punto de fuga elegido, bueno, no es un buen punto de fuga, es eso, es triste, es desesperanzado, pero al apoyarse en la barra, en el momento de ir a levantarse al llegar su parada, deja un levísimo rastro de tinta y sudor, con toda su angustia concentrada, día y fecha. Ché, imagina que alguien se lo lleva por delante con la lengua. Hay mucho que aprender todavía, además, seguro que cuando llegó la mina al boliche habías tomado demasiado o demasiado poco y no te sirvió de nada haberte puesto tan pesado... oh, bueno, quizás ni fue al boliche, pero eso ya me lo dirá el resto de tu orina en mi lengua el lunes de mañana. Say No More.


De otro modo

Cebo el mate amargo. Te invito a tomarlo con un mensaje al móvil, no hay respuesta. En la séptima planta del albergue, mientras los demás cabeceaban el aburrimiento de un lunes previsto. Por la televisión los candidatos de siempre, los candidatos podridos arreciaban con sus sonrisas inmorales. Seguimos bebiendo y cuando Elvira, la mujer uruguaya que se encargaba de vigilar las entradas y salidas entre semana, empezó la ronda se sentó unos minutos a matear con nosotros. El reloj era otra forma de derrota. Aunque sea caer en el tópico, era un enemigo silencioso. Yo tenía miles de proyectos en la cabeza, apuntaba en el cuaderno de tapas negras frases sueltas, algún verso perdido que mecanografiaba casi a escondidas en el laboratorio, entre inyección de cromatógrafo y medida de concentración de bioetanol en la alimentación, te lo regalaba al volver, antes de irnos a cenar, tenía proyectos... cenábamos en Coronel Díaz, justo al lado de la casa de Charly García, el loco se lo bancaba todo, tenía el séptimo piso todo lleno de pintura, de graffitis. En el sexto vivía un pibe, su hijo, pero muchas veces era difícil distinguir quién era el padre y quién el hijo. Cenábamos pizza y vino tinto, vino chileno, pesado y amoroso, y te rozaba las piernas bajo la mesa, y vos me retirabas las manos hasta que te servía el tercer vaso. Entonces, a través de esos vidrios inmensos que siempre había en todos los restaurantes de la ciudad, veía pasar a la gente, cómo llevaban en su rostro atrapados un buen montón de años, una cantidad enorme de proyectos inconclusos. Y seguía acariciándote las rodillas pensando que por un día más sin llevarlos a cabo no iba a pasar nada. Al volver a España, todos los porteños que conocía, todos los que habían vivido cerca, todos habían estado alguna vez en el piso de Charly, era como los trozos de la cruz de cristo juntos dando madera para un bosque tropical completo, o los que corrieron delante de los grises en una cadena humana que hubiera dado la vuelta al Calderón diez o quince veces... por no hablar del Mayo del 68. Ya no había proyectos, los tipos me contaban con todo lujo de detalles cómo estaban dispuestos los muebles, las manchas de ceniza en el piso, los vinilos de los Byrds rotos... todos tenían una tecla negra del Roland de García. Y yo, sin proyectos, con tu dirección en un trozo de papel cada día más amarillento, les escuchaba con devoción más bien escasa. Y miraba a través de los vidrios de los cafés zaragozanos, mucho más estrechos, para ver que las personas conservaban en su mayoría, rostros grises y ajados. Había días que bebíamos litros y litros de mate, como una excusa burda para no tener que despedirnos. Yo bajaba hasta el primer piso y rellenaba el termo de agua caliente, ochenta u ochenta y cinco grados. Y vos lo cebabas para que yo, con mi torpeza habitual, no me lo derramara en la mano. Me gustaría que me vieras ahora, cómo me tengo que calentar a ojo el agua en el microondas, y cómo me bebo solo unos amargos. Claro, tengo nuevos proyectos, pero todos llevan una pincelada ineludible y sintética de ilusión mal digerida.

El final de su amor

Puede no parecer importante, pero cada detalle lo es en ciertos momentos. Un efecto mariposa a pequeña escala (como si eso fuera posible, pero es mi sino, la contradicción en su estado más puro, cuando se introduce en una definición), cada pincelada puede ser detonante de miles de asuntos posteriores. Ya he empezado mal diciendo que estábamos tomando. Qué rápido pierde uno los modos y formas bonaerenses... nada de eso, un café largo yo, sin azúcar, pero con una cucharilla, para tener las manos entretenidas. Y ella, ella bebía café con leche y una medialuna rellena de dulce de leche. Sentada de espaldas a Corrientes, yo aprovechaba cualquier descuido para mirar el paso agitado de los porteños, y las luces encendidas del Opera anunciando el comienzo de la revista. << ¿ No te has fijado en su despacho, justo al entrar, hay un artículo recortado de diario, la foto es de su hija?>> Un trozo de papel amarillento, un titular rimbombante, como de una canción melódica, algo así como el amor es más fuerte... la chica que salía era preciosa, hay que reconocerlo. << Estuvo preso, varios meses. Sí, en la dirección general de seguridad, en Plaza de Mayo, donde está ahora la sede del Banco Nación>> Claro, mi jefe tenía un lado morboso, ahora entendía el comentario cuando me había mandado a cobrar la plata del viático.<< Ve a la sede central, a los sótanos, no es difícil llegar. Conozco el sitio muy bien>>, fácil llegar si te llevan, complicado salir. << Los dos, su mujer embarazada y él, no sé cuánto tiempo, ni si los torturaron. Fue de los pocos detenidos en la facultad de Ingeniería. Y la niña, la niña nació en cautiverio>> Qué azar, qué cable cruzado, qué combinación milagrosa, o simplemente, qué error del secretario del capitán. << Se la dieron a sus abuelos hasta que los sacaron. >> Unos días después la conocí, tendría tres o cuatro años más que yo, una mujer luminosa, linda, muy linda. Me pedí otro café. << Menuda historia>> << Sí, los dos, su primera esposa y tu jefe. >> << ¿Primera?>> << Claro, se separaron hace como diez años, la de ahora es otra.>> Uno se imagina que cosas así sellan un amor para siempre y mira, esta vez el renglón mal escrito, la pintada molesta en los urinarios del Luna Park y torturas, una historia oficial, garage Olimpo, todo al garete. Parecía una peli de esas modernas con un giro imprevisto al final. Fuera comenzaba a llover, lo hacía con violencia pero sin inmutarse lo más mínimo, las luces de los teatros continuaban una competición lumínica .<< ¿ Cenamos pizza?>> Y por qué no.

Periódicos Viejos

Los encontré encima de mi mueble escritorio, sobre las cintas de cassette, la colonia y el café instantáneo, justo al lado del ventilador. Claro, aparecieron una de esas noches húmedas de Buenos Aires, en las que el pijama se te pega a la espalda como una segunda piel nada agradable, esperas que llueva de una vez para que refresque y cuando acaba todo el aire queda denso de nuevo . Hurgaba buscando el interruptor, nunca hagáis esto en casa niños, algo que pusiera en marcha las aspas, viento del sur para hacer más llevable el insomnio impenitente y un montón de viejos ejemplares del Clarín me cayeron sobre la cabeza. Caos total y el polvo de meses acurrucándose en deliciosa mezcla con mi sudor por detrás de la nuca y alrededor de partes virtualmente inaccesibles de mi cuerpo. Mejor eso que el libro ultra intelectual y erudito que ni conseguía adormecerme, sólo provocarme aburrimiento, Adán Buenosayeres, página doscientas cuatro de seiscientas quince, Dolina había terminado hacía un par de horas y vos andabas perdida por el norte del país, extrañándonos... cuando hablo de antiguos no crean que la portada era la toma de poder de Galtieri ni nada de eso, no, sólo de la época del mundial de Corea y Japón... che, los extendí sobre la cama y empecé con los titulares... uno siente extrañamente predecible el mundo cuando lee interrogantes de los cuales ya sabe la respuesta... el partido antes contra Inglaterra, con eruditos artículos que mezclan las Malvinas con la posible traición de la Bruja Verón a la albiceleste, vendido a las libras de la pérfida Albión, sí, claro, y el mundial del 86, y la mano de Dios, luego las viñetas de humor centradas en la fatiga de los oficinista de la City por la falta de sueño, la gente ilusionada, se levantaba de madrugada para ver los partidos en directo. Los fui leyendo, de los titulares pasé finalmente al cuerpo a cuerpo, artículo a artículo, no siempre en orden. Eso hubiera matado todo el interés: en uno se veía la eliminación de Francia y en el siguiente hablaban de la última oportunidad para el vigente campeón. Y seguí leyendo toda la noche, había de todo, programas en canales de televisión que empezaban con mucha ilusión y los dos diarios ya los habían quitado de la programación por baja audiencia, leía una entrevista a Spinetta, a punto de presentar disco nuevo en el estado de Ferro, nervioso por la respuesta de la gente, y mentalmente trataba de tranquilizarle con la seguridad del que ha leído ya la crónica del éxito de crónica y público de Spinetta en el estadio de Ferro dos diarios antes, los nominados de Gran Hermano, Jueves, Martes, Sábado, se confirmaba el fichaje de Riquelme por el Barcelona, en el de más allá no, casi imposible, uno que había dejado en la mesilla comentaba que había volado hacia España... otros menos frívolos, después de leer una portada sobre una chica asesinada por sus secuestradores encontraba el número de tres días antes en el que comentaban, en una minúscula columna, que sus padres no sabían nada de ella desde hacía cuarenta y ocho horas. Se hizo de día, pero esta vez noté al sol más dubitativo de lo habitual, delante o atrás, pronto, ayer, hoy, edición matutina o vespertina. ¿Que si pasé finalmente calor? no, era el mes de julio, o al menos eso decía junto al precio de portada de uno de ellos... sólo una anécdota.

nota: Viento del sur y mes de Julio... si algo nos han enseñado los Simpsons, además de amar a Homer, es que en el hemisferio sur el agua gira al revés al vaciarse los retretes.


Piazzolla

Piazzolla en la nota penúltima del bandoneón. Piazzolla me despierta, al voltear en mi cama, agitado por la humedad porteña, por ese no saber estar que tanto le molesta. No debo ser su compañero favorito en el letto. (Io vado al letto, respira).

Abro la heladera y es hora Zero en Buenos Aires. Me refresca unos instantes. Oigo a la gente volver de madrugada, los oigo por el pasillo de la pensión. Vuelven de los boliches de Barrio Norte, cebados en Quilmes. Todas las emisoras están calladas, no sé si por la hora Zero o las horas que aún faltan para la jornada inicial del Clausura. El ritmo es sincopado, como el de una mano golpeando la madera. Yo prefiero el rumor eléctrico de la heladera que acompaña. Así no tengo que sacarte a bailar. Son tan rápidos los dedos sobre el mueble. Y el teléfono desprendido de la pared también ronronea. Nada de llamadas al azar, eso rompería el compás, desafiaría el tono.

Abro mi ventana a la humedad de Buenos Aires, la abro para encontrarme con el silencio de un patio interior. Nada de bandoneones a lo lejos. Las puestos de flores en la vereda de Coronel Díaz nunca cierran, las plantan resucitan de continuo la atmósfera de la ciudad. Boca a boca colectivo. ¿ y los tópicos me preguntáis? algunos en frases pintadas sobre la pared.

Piazzolla pide de beber y estoy demasiado cansado como para cebar unos mates. Le alcanzo el agua de la heladera. Y ahora un bandoneón, niego con la cabeza. Lo intenta con sus manos sobre el somier, con la imitación de madera del placard. El ritmo sincopado, el ritmo de muerte, el ritmo binario de un traje hecho a medida. El ritmo del Zero. La heladera pierde el ritmo, pierde el dial la radio, el teléfono se desmarca de la melodía.

Piazzolla es el ritmo seco, la lágrima madura, el porteño muerto.

Signos

Mi hermana lo conocía, al flaco ese que tienes en el póster. Estaban medio de novios. Le escribía canciones relindas, bueno él le decía que eran para ella, pero en los conciertos siempre se las dedicaba a alguna chica del público, decía que no las conocía pero las llamaba por su nombre. Mi hermana estaba muy colgada por él, mucho. Una vez llamó a casa, muy tarde, estaba como medio en pedo, loco, reloco. Mis viejos no estaban en casa y le dijimos que viniera a casa para tranquilizarse un poco. Mi hermana me hizo prometer que no se lo contaría a mamá ni a papá. ¡Cómo les iba a contar algo, a mí también me parecía relindo! Llegó y estaba muy sudado, temblaba, se tumbó en el sillón del living y mi hermana le dio una de esas pastillas que tomaba la vieja cuando se ponía muy nerviosa, rohypnols creo que se llamaban, enseguida se quedó dormido. Mi hermana me contó que los chicos de la banda habían firmado un contrato muy importante, que estaban grabando un disco y que lo tenían casi acabado, sólo les faltaban las letras. Al chico no le salían las palabras, supongo que por entonces mi hermana no conseguía inspirarle demasiado. Las dos nos fuimos a la cama. Al poco me desperté por los ruidos del living . Se había levantado y daba vueltas alrededor de la mesa, de vez en cuando se sentaba y escribía algo en un cuaderno de tapas negras que había traído consigo. Clavaba la birome con rabia unos instantes, fruncía el ceño y luego arrancaba la hoja. Al oírme entrar levantó la vista y cuando me vio sonrió. Me dijo que me sentara, que no estuviera parada, sentados los dos, frente a frente, empezó a escribir y escribir, a llenar y llenar páginas... cuando amaneció había llenado casi todo el cuaderno, yo no lo recuerdo muy bien, me acabé quedando dormida, pero él siguió. Al hacerse de día entró mi hermana y al vernos a los dos le preguntó qué hacíamos... << ya he escrito los temas. ¿ves?, te dije que junto a vos podría escribirlo todo. Sos mi inspiración. >> y le sonrió unos instantes, estúpidamente, luego mi hermana salió del living a preparar unos mates. Entonces me guiñó un ojo, se levantó y se fue de la casa. Aún estuvo unos meses de novio con mi hermana aunque no volvió a aparecer por casa, ¿que si siguió escribiéndole canciones? no sé, luego, bueno, luego... se hizo realmente famoso. Sí, seguro que es el del póster.


Qué más se puede hacer además de ver películas?

La película hablaba de Mar del Plata en invierno, pero eso debía haber sido otro tema. Mientras nos queden ángeles. Su descanso en las playas heladas de Mar del Plata. Pasaba los días leyendo viejos tebeos con historietas del Santo enmascarado, el santo contra las amazonas vampiras. Qué sorpresa encontrarte acá, vos también pensaste que éste era un buen lugar para fumarse las últimas esperanzas. También leía revistas de baloncesto, Hazañas bélicas, más y más tebeos de la Márvel. ¿Te gustaría hibernar acá conmigo? Hablamos de los últimos años del secundario, ella conservaba a su ángel de la guarda todavía, el mío llevaba siete meses con diagnóstico de cirrosis. ¿Alguna vez me echaste de menos? ¿ Por qué no me dijiste entonces eso...? La película tenía una escena en la que una chiquilla morena, pequeña y regordeta bailaba No dejes que llueva de Daniel Melero, haciendo un ridículo playback. ¿ por qué lo elegí? Hay una buena tienda de sueños cumplidos, segunda mano, pero si sabes buscar podés encontrar alguna ganga, algo medianamente aprovechable.

Decía, loco, ¿tenés una moneda? Un héroe vulgar, contaba historias de cuando sus branquias ebullían con el Sosegón. Había una sintonía de culebrón, de novela, cortina musical mientras volvíamos a Puerto Madero desde el Uruguay. Aún tuvimos tiempo de ir a Parque Rivadavia y comprar viejas cassettes de Dolina. Decía: Loco, tenés una moneda. Todos le conocían por el Hidromedusa.

Hace mucho tiempo que nadie iba a ver nada a ese viejo cine en Lavalle. Cuando volví diez años más tarde las películas eran distintas y los asientos de cuero rojo guardaban un retazo de nuestras risas ausentes. ¿Sabes nadar? con Leticia Bredice, así se llamaba la película. Cada escena repetida en las curvas de la mano, la adivinadora dijo que no con la cabeza, que nunca iba a volver a Buenos Aires. Entonces noté cómo me apretabas junto a vos, un abrazo tenue. Ahora nadie me espera en la habitación alquilada en calle Paraguay. Mil millones de cintas de película. La bruja se confundía : yo sí que volví, eras vos la que faltabas


Añadido psicótico: Penúltimo tango

Cuando se me acaben las excusas. No, mejor, en una competición de gasto, qué será antes, ¿moralidad o plata? El trago es excelente. Ron con cola en la Matriz. Esquina de Palermo viejo. Seis pesos en la entrada y mi cita que se retrasa. Llevo tres días en Buenos Aires y la carrera novísima de los recuerdos agolpándome sin permiso. Dos minas y un tipo llevan veinte minutos con el repertorio de bossa nova. Mariana Melero con su pelo corto y un top negro se resiste a mi posada de ojos, a mi mirada brutal de gallego aburrido. ¿Se acordará? Claro que no. El abordaje no convence. Han empezado con Mas que nada y terminarán con Agua de Beber.

Es sencillo, el séptimo hijo varón de una familia nace licántropo. Bueno, eso y el presidente de la república lo apadrina y el estado le paga los estudios.

En el living, en una habitación de hotel, en Buenos Aires News. Tres puertos para una ciudad sin playa. Dj Zucker y Romina Rohn animan una de las tres reuniones. Golpean con la dureza de un bajo programado y hermético. Me imagino partiendo uno de los vinilos, de los que la Rohn acaricia, en pequeños trocitos y dejar que con sus manos alargadas con uñas pintadas, uno a uno, alimento. Tengo prohibido tomar estupefacientes mientras trabajo, pero en esta ciudad, bueno, todos conocéis lo débil que puede ser uno. La habitación del hotel era un museo de graffitis y pósters estrepitosamente pop golpeando con sus colores la mezcla de ron y perfidia que arrastraba desde el principio de la noche.

El séptimo hijo varón nace normal, nada de pelo en exceso ni una voracidad sin límites. Todos los bebés son relindos durantes los cuatro meses. Excepto yo que parecía un gusano al nacer. Usaron una ventosa para sacarme de dentro de mi madre y el estirón fue excesivo. Romira Rohn entra con el hijo de Charly García, tan flaco como su padre y la misma mirada vidriosa. La Dj acumula semejante cantidad de lujuria en sus movimientos que sería posible recogerla del suelo y guardarla para alguna de esas soseras que te encuentras en las noches de Z. The Postal service y un viejo tema de los Depeche Mode, electrónica bien entendida. La excusa de tener que cazar a un licántropo es la mejor que he tenido en años para no entrarle a la mujer de mis sueños. El dirá que te quiere, pero el único que te puede hacer infeliz de verdad soy yo.

En la salida de Buenos Aires News, con treinta y siete tequilas en el cuerpo y una visita vitamínica a los baños en la que me cruzo con Adrián Dargelos, el cantante de los Babasónicos, vestido de señorita victoriana al borde de un cruce de neuronas, I feel much better. Cuando compartimos un poco de merca y le atrapa la combinación del tóxico y el acento tan lejano me promete dedicarme un poema de su propio libro y cuando le echo en cara que él escribe canciones me destroza con una media sonrisa: “ Che, tampoco tanto por un poco de merca, ¿no?” Dicen que los destroza en los boliches que acusarían a cualquiera de ser retro y moderno a la vez, que busca los rastros de sangre mezclados con merca, eso le agudiza el oído.

El séptimo hijo varón, de buena familia, por supuesto, si no, no se entiende esa pasión devoradora por la cocaína en cualquiera de sus formas, atacar a muchachos de su misma edad atrapados por la podredumbre parece un contrasentido. Nada de balas de plata, me he gastado hasta el último dólar en comprar ediciones deluxe de los discos clásicos del rock nacional.

Juanse sube a zapar con uno de los camareros y el bajista de una banda muy prometedora del Under Porteño. Por supuesto que al apartar la mirada todos sabemos que va a subir Mr Say No More, por supuesto, por supuesto que tocan el Rock del Gato y todo lo demás importa una mierda. Los rechetos se desabrochan el segundo botón de la camisa, yo, yo ya voy por el tercero. Felinos aburridos, felinos asesinos.

Me acerco a él sonriente, bobalicón. Supongo que ya le habrán hablado de mí sus amigos. El español rico que está haciendo el ridículo en la fiesta. Nadie sabe de dónde he salido, ni si soy amigo de alguien por acá, eso le habrá hecho relamerse, el nacionalisto de las penúltimas familias pudientes. El pibe trae los ojos rojos y compite en sonrisa estúpida conmigo, incluso noto que se relame, quizá es el vodka con zumo de tomate que está tomando, qué fácil el paralelismo, demasiado tópico. Por un momento me preocupo, espero no haberme tomado el asunto a la ligera, tenía que haberme controlado un poco con la porquería que circula dentro de mí.

El presupuesto lo permitiría, pero no tiene sentido… prefiero ahorrármelo, echármelo al bolsillo en dietas. Además es más fácil disimularlo dentro de su bebida, unos poco moles de nitrato de plata mezclados con azúcar glass. Le reto con la mirada, me juego un poco la situación y le rozo levemente por debajo de la cintura, parece que le entro bien, los dos bebemos las copas de un trago y en el chupito de tequila, dos o tres gotas de hidracina, uno de los reductores más fuertes que existe. Cuando me disculpo y voy hacia el baño él hace el paripé de esperar unos segundos antes de seguirme, de pronto se dobla sobre sí mismo, el catión plata ha pasado a plata metálica justo en mitad de su esófago, pide agua, pide de beber, yo me acercó a ayudarle pero una nube de manos oportuna me aparta. En menos de diez minutos, el séptimo hijo varón de la familia Miranda verá cómo su garganta se abre en canal.

 

Buenos Aires y vos

Tour obligado en mi casa de Madrid: llave, mano al picaporte ascensor piso cinco; llave, picaporte luz azul mirar el contestador y mirar por la ventana. Cocinarme algo, recordar algo. Se hace de noche, se enciende el reloj rojo de la Gran Vía. Melancolía. Me duermo. Todo eso me mantenía vivo, vigente. Alimentaba esa rutina y todos esos actos me alimentaban a mí, meconformaban. Ya no los hago. Estoy muerto allí. Antonio Birabent

Igual que Antonio, cuando escribo. Volvía de la Universidad en colectivo, por las mismas calles, desde Palermo hasta Barrio Norte, y la parada estaba a media docena de cuadras. Compraba facturas y medialunas dulces, empanadas de apio y roquefort. Y golpeaba tu puerta unos minutos hasta que aparecías. Unos días me decía que no, que tenías mucho trabajo y entonces mi habitación se hacía inmensa, las luces de Buenos Aires todavía más opacas, leía a Juan Forn, escuchaba Radio Continental.

Los mejores días era cuando descansabas de tus deberes, cuando caminábamos por Palermo, por el jardín japonés, compraba discos de música brasileña, cd´s de Sui Generis y me hacías fotos. Todas esas fotos que me hiciste… te digo que han salido oscuras. Eso no importa, sólo sentarnos en la plaza Cortázar.

 

miniatura: todo por dos pesos


Luego pregunté, y me hablaron del extraño anuncio del Diego. El comercial empezaba con madrugada cerrada en Avellaneda, Maradona por una calle cerrada, llamando uno a uno a todos los portales y despertando al país para que viera los partidos del mundial en directo por la tele y bueno, a los pibes y a alguna de mis bosteras favoritas les parecía repiola la idea, yo, en cambio, me imaginaba al pibe de oro, pasado de merca, llegando de una buena joda, dándole a los timbres a diestro y siniestro, importándole tres huevos que la final del mundial se hubiera jugado hacía seis días, tres meses, un año. La idea recurrente, la divinidad narcotizada, no sabéis las pocas carcajadas que arranqué. Entre ése y el comercial en el que el combinado animaba a la Argentina a levantarse y trabajar, sí, hombre, lo pasaron en la tele de acá, ya os lo cuento en persona, que escrito pierde mucho. No habría solución pero, coño, sí buenos anuncios.