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Zaragoza
Primavera 4
1. Tendinitis lírica
2. Glosas políticas.
3. ¿Conoces la historia?
4. Campera autónoma
5. Una simple foto de carnet
6. Pasa el tiempo glosas políticas II
7. Tesoro
8. ¿Sueña Buñuel con hormigas asmáticas?
9. Disyuntiva en el ring: segundo interrogante onírico
10. Una de las razones de todo
Tendinitis Lírica
Lírica y más lírica
se acumula en mis zapatos… me duele horrores el pie. Tendinitis dicen
los dos médicos que he consultado. Yo creo más bien que
es una cuestión de vagancia autónoma, la de mi cuerpo, que
se ceba y contempla engordándose, feliz y glotón ante el
espejo, autosuficiente, como diciéndole al cerebro: “ sí,
sí, lo que tu digas, pero a ver cómo te abrochas los pantalones
ahora.”, mi cuerpo que se niega a moverse e irrita los tendones del pie
izquierdo. El primero, de los médicos, me refiero, me atendió
en urgencias, en realidad fueron dos, luego me di cuenta, pero con el
hecho de hacerlo todo a la puta carrera para mi menta, más preocupada
en el qué dirán cuando le obliguen a desnudarse, porque
con la suerte que tenemos… seguro que le hacen quitarse la camisa para
hacerle la radiografía del pie… lo dicho, percibo un solo médico,
el de urgencias, con la ventaja de que los dos no se contradicen y eso,
lógicamente ayuda, me hace quitarme sólo la bota y el calcetín,
delante de dos residentes que sonríen, uno de ellos, una chica,
me sonríe mucho, le habrán dicho que se amable con los gorditos,
que damos buena propina. Comienza a tocarme hasta que encuentra el punto
que duele, una vez que lo ha encontrado lo aprieta con ganas y después
de dos o tres segundos oyéndome aullar como un chancho a punto
de ser sacrificado (un poco está metáfora viene también
con el hecho de mi decrepitud física), después del sufrimiento,
aprieta un poco más, para que quede claro quien manda. Me pregunta
si juego mucho al fútbol, a lo que yo le contesto que no, guardándome
entre dientes la contestación más vulgar, qué coño
voy a hacer yo deporte, pero no me ha visto cómo me tiene el cuerpo,
que quizá anduve mucho el día anterior. Y uso anduve, que
lo del “andé” está muy mal visto entre los barrigudos con
ansias líricas. Me dice que ya está, que no me preocupe,
supongo que también me dice algo sobre volverme a calzar, pero
yo estoy demasiado despistado entre el dolor y la rabia, la residente
amable y solícita con los gorditos me repite muy sutilmente la
instrucción. Reacciono más rápido esta vez y me calzo,
añadiendo el temor a un mal olor en los pies a mi lista de complejos.
Creo que el otro médico de urgencias me recetó una crema
inservible tras ver mi radiografía, o era el mismo… el caso es
que con una radiografía y un poco de analgésico cutáneo
me devolvieron a la pantalla principal para completar mi misión.
Como con eso no tengo ni para pasar la primera fase a los pocos días
me dejo caer por la consulta del seguro, privado, un viejo conocido, necesito
más armas, más poderes y habilidades. Pero todo igual, el
tipo, como el otro, encuentra el dolor en el mismo sitio y también,
como el otro, se deleita en hacerme aullar unos instantes. Sí,
coño, allí es donde duele. ¿tú, tú
andas mucho, no? Incluso charla amigablemente conmigo, pero nada de más
calmantes, nada de antorchas mágicas para guiarme mientras estoy
cojo…Intento explicarme que la culpa es del cuerpo en sí, como
concepto, de los brazos y las piernas, de la espalda y el pecho, pero
sobre todo del abdomen, que es un envidioso, un desmitificador, un arruinaplanes
profesional. Creo que farfullo, que exijo responsabilidades… sólo
un poco de calmante. La sonrisa con la que me despide tiene ya un buen
porcentaje de liberación, de sacarse de encima a un perturbado,
alquímicamente desequilibrado. Otro que viene al médico
buscando conversación, huyendo de la soledad. ¿ Pero quién
coño se cree que soy? ¿un viejo de esos?
Y a la salida, bueno, más bien
el día de antes, cuando me bajé hasta el FNAC a comprar
las entradas para ver a Fito Páez, me crucé en la plaza
del Carbón con Manuel Vilas. Estuve a punto de decirle algo, sobre
todo al verle con unas cómodas sandalias. Pero no me atreví,
mi cerebro se concentraba en meter barriga y hacer algo de ejercicio,
supongo que para entonces el cuerpo se relamía pensando: “sí,
sí, tú inténtalo, ya verás cómo te
duele mañana el pie.” Manuel Vilas me podría haber explicado
cómo se escribe tanta lírica con los pies grandes y un ligero
problema de sobrepeso. El, por supuesto, al ritmo de Lou Reed.
para Sonia y su Zeta por la inspiración
Glosas políticas
¿y si ese libro fuera la respuesta?
¿si ese manojo de frases y páginas, de portada enmohecida
y miserables ilustraciones trajera la revolución, la rebelión
de las masas?
Lo más probable es que, llegado
el caso de un levantamiento popular, de un dar la vuelta a la tortilla
de una vez, me quedaría tumbado en el sofá, pasando los
canales uno a uno, absorbiendo obnubilado las mismas informaciones que
se repetirían de cadena en cadena. ¿ y si alguna de esas
monadas tuviera que ser la nueva reina de España? la verdad es
que no soy especialmente monárquico, ni tampoco republicano. No
me creo los mitos de igualdad y modernidad del 34. Me imagino al montón
de españoles huraños de siempre, frotándose las manos
y pensando que les había tocado el turno a ellos. Pasémonos
el poder de uno a otro.
Negativos de película fotográfica.
Los miras al amparo de un trasluz urbano. Ventana abierta, qué
hay de las películas: las que hablan de ciudades, las que hablan
de mujeres, las que relatan un hecho histórico... pero mientras,
amor voyeur. Las revoluciones que no vivimos se proyectan en viejas salas.
Praga ocupada por los tanques soviéticos y yo, yo no podía
dejar de mirar a través de los cristales cómo dejaba caer
su ropa. O los tejados llenos de gatos y ángeles de Wenders, escuchando
a las niñas practicando con sus violines a pesar del ruido procedente
de la demolición del Muro. Gainsbourg (Zénith du), Arrabal
ocupando la Sorbona y a través de la persiana americana, sin ver
las piedras que se cruzaban, afanándome por poder escudriñar
algo de tu piel. No me mires así prefiero verlas en el cine, las
revueltas populares tienen algo de romántico en una sala a oscuras
y con vos a mi lado.
Duro es ser español, más
duro no admitirlo cuando todo ese odio acumulado es el más español
de sus defectos. Pues no, a mí no me gusta el himno de Riego, pero
tampoco me cuadro con el de siempre, el tristón ese sin letra.
Decían que Luis Alberto de Cuenca iba a escribirla…
¿Conoces la historia?
Un muchacho adolescente agarró
una enfermedad o algo así, no estoy muy seguro, quizás fue
que lo atropelló un carro. El caso es que el chico murió.
Su hermana conocía su password de su cuenta de correo electrónico.
Claro, podría haberla sabido, eso puede suceder, pero nadie le
obligó a revisarla. Era normal que hubiera algunos mensajes los
primeros días, un poco de todo, forwards contra guerras que ya
habían arrasado la tierra, actualizaciones de la páginas
webs de sus rockeros preferidos, ¿quieres obtener un título
en 23 horas a cambio de 40 euros?... validado por el gobierno republicano
asentado en el sótano de un bunker en Stalingrado (San Petesburgo
cuando el muchacho ingreso cadáver), muy pocos de sus amigos, alguno
despistado o ignorante, compañero de chat, ciudadano de Badajoz,
estuvo dos semanas mandándole misivas cada vez más enfadado,
indignado por la falta de respuesta de su otrora fiel compadre cibernético,
ninguna mujer, bueno, eso nos puede pasar a todos. La hermana ya no podía
parar, abría morbosamente los mensajes colectivos que aseguraban
amistad y amor si los enviabas en el plazo de una hora a diez, quince,
veinte amigos, amenazando a la vez con un futuro terrible, de tristeza,
soledad y desesperanza si desobedecías las instrucciones, algunas
incluso contaban historias retorcidas que incluso insinuaban una muerte
sorpresiva y cruel si la cadena se rompía. Realmente eso le puso
la carne de gallina. Pero ella seguía y seguía mirando la
cuenta de su hermano muerto, supongo que para ese tipo de comportamiento
desviado tiene que haber algún nombre médico, relacionado
con algún mito griego herético. En fin, quizá para
la hermana era una manera de recordar a su hermano, o simplemente no tenía
novio y en estos casos uno se apunta a cualquier cosas. Pero no seamos
así, ¿quién no es un poco demente si nadie le ve?.
¿Quién no ha mandado mails a un amigo muerto esperando en
el silencio solitario de la madrugada una respuesta nigromántica?
no, yo no, yo sólo soy el que transmite la historia, no participio
de ella. A pesar de que el goteo de mails se reducía poco a poco
la cuenta amenaza con saturarse y no sabía muy bien cuáles
debía borrar... y de pronto un día, al abrir la cuenta,
un mensaje en la bandeja de entrada. Al acceder a ella en la dirección
de remitente leyó algo que le heló la sangre a la hermana.
El nombre era el de su hermano. Sí, ya sé que acojona, pero
tranquilos, seguid leyendo.... cuando maqueten este relato espero que
más o menos por acá termine la página y tengáis
que esperar un poquito más para saber qué pasó. ¿Alguna
propuesta? Diréis, no hay que jugar con estas cosas o se puede
acabar mal.... cliqueó sobre el cuerpo, el título era un
escueto pero siniestro “Hi”, hola desde dónde. Se abrió
la pantalla completa y leyó: << Hi, me llamo como tú
y me ha hecho gracia, por eso te he mandado este mail. ¿dónde
vives? ¿Cuántos años tienes?, yo me llamo, bueno,
qué tonto soy, cómo me voy a llamar, como tú, soy
economista y trabajo en...>>
gracias a Rosa por cederme parte de la
inspiración y disculpas por haber deformado tan enfermizamente
su historia.
Campera
Autónoma
Sí, bueno, podemos aducir que el chaval era un poco raro. Callado,
de los que se nota que poseen un intenso y sobrecogedor mundo interior.
De vez en cuando hablaba, si se había tomado unos tragos sobre
todo. Quizás acá me interrumpas diciendo que eso no pasa
a todos. Está bien, no lo he negado, no he dicho en ningún
momento que yo sea uno de esos tipos que le entra a las mujeres a la brava,
sin pasar un poco de licor previo por el gaznate, ni tampoco que no me
encante arreglar de vez en cuando el mundo junto a un buen colega de juerga
en la barra de un bar... simplemente he comentado que las pocas veces
que se le soltaba la lengua era con dos o tres gin-tónics en el
historial de accesos de las últimas horas. Y uso ese símil
remotamente informático, en mi caso el historial del navegador
de internet me sirve para recordar alguna buena página de esas,
de esas que miramos, nada de cultura, porno, mujeres famosas, descuidos
de famosas, bueno, un ordenador, porque el muchacho programaba o algo
así. Se le veía hábil con la computadora, atareado,
tenía un buen porcentaje de su vida destinado a memoria ram. Tampoco,
tampoco, y me vuelves a interrumpir, tampoco es el primer tipo callado
y tímido que se pasa las horas delante de una pantalla, optimizando
su conexión a la red y buscando la simbiosis imposible entre cables
y carne, todos, de algún modo, tenemos un poco de pirado de los
ordenadores, es más, tiene un cierto glamour, como la de un científico
despistado, de barba blanca, todo el día en un laboratorio rodeado
de alambiques, olvidándose comer y preguntando a su ayudante dónde
ha olvidado las gafas que lleva apoyadas en la frente, nada comparado
con mi predominante actitud de madrugadas consumidas frente a la televisión.
Pero la degeneración se puede cortar en ciertos ambientes. Era
la tercera vez que me decía que no, le había tentado con
casi todo: una amiga ligera de cascos dispuesta a devolverle la pasión
por la carne, un amigo ligero de cascos dispuesto a devolverle la pasión
por la carne, cacahuetes, bourbon de importación, un caniche ligero
de cascos... iba a ser una buena fiesta, se lo iba a pasar bien, el chaval
a pesar de sus desplantes me resultaba simpático. Iba a traer un
Dj de categoría, uno de los que cobran por pinchar una versión
en rumba de un tema de los Beatles, una canción que si llega a
sonar cuatro años antes en la cassetera del coche de mi padre me
hubiera hecho estallar en borbotones acusadores para con el mal gusto
de mi progenitor y que ahora estaba pagando para que alguien lo usara
de banda sonora en una fiesta que incluía mi nombre. Esta vez no
pudo negarse pero cuando me contestó con un sms al móvil
diciendo que no faltaría casi pude notar un atisbo de duda en las
palabras semicortadas que pasaban por la pantalla. A las doce y media,
puntualmente apareció por la puerta del boliche su campera de cuero,
muy parecida a la mía, hasta llevaba unos atrevidos flecos a lo
vaquero integrado en la comunidad india de una peli de John Wayne, muy
molones. Noté enseguida algo raro, el chaval nunca había
sido muy corpulento, pero la cazadora parecía enorme, casi una
tienda de campaña andante en cuero. Me acerqué para comprobar
que no era cuestión de perspectiva... al apartar las solapas y
mirar dentro del hueco lo comprendí... una lucecita brillante sobresalía
de la estructura con ruedas y un pequeño motorcito que hacía
que la chupa se moviera. Saludé con la mano hacia la webcam mientras
sonaba el inconfundible pitido de los mensajes en el móvil. “ HI#
A K MOLA?#M D MUXA PEREZA#PIDEME 1 BIRRA” En ese momento vi como una pequeña
tubería sobresalía del motor, temblaba con ganas, con ansia
de líquido. Bueno, por lo menos tenía alguien con quien
beber esa noche y la estructura parecía lo suficientemente sólida
como para luego me llevase a casa si tenía problemas para recordar
dónde era.
Una simple foto
de carnet
Y yo, que gasto mis horas libres en ganarme
unos mangos dando clases particulares, la otra tarde, en mitad de una
batalla con los números enteros, con la disfuncionalidad de lo
metafísico en los negativos (prueba, prueba a explicárselo
a un pibe de once años), una vieja foto de carnet de su madre.
En breves momentos recuperaré la lucidez, en unos instantes todo
lo que se tambalea vuelve a su sitio. Tengo más aguante que las
casas construidas en San Francisco tras el terremoto. No me digas que
te has enamorado. Su madre andaba friendo patatas en la cocina y el olor
a fritanga se colaba a través de las paredes. Todavía tengo
alguno de los modales de dandy que coleccionaba mientras tuve que alimentarme
de vinagre, metafórico y real, para palidecer no sólo queda
la coca, lo cierto es que aguanté el tipo de los flashbacks estúpidos
que me venían. De verdad que tengo muchas opciones cuando esto
me pasa, que puedo taparme la cara con una revista hasta que se me pasa
la erección del alma. La foto de las narices dormitaba el sueño
vago del separador de páginas en un libro de conocimiento del medio,
pasarán años antes de que nadie repase las partes de una
flor (sépalos, pétalos, estambres… polen). Ni siquiera era
una mujer hermosa, ni ahora ni entonces, sólo que la expresión
de su rostro me produjo una devastadora ternura. Y ahora qué habrá
pasado con sus sueños, con todos sus planes de entonces, seguirán
intactos, sus hijos, su marido, los cascos para escuchar música,
los ronquidos, la menopausia, los finales felices de las películas
en el cine… ya no, ya no, todo es diferente. Va a nadar tres veces por
semana o, al menos, fue eso a lo que se apuntó, porque siempre
encuentra alguna excusa, y pronto llegará navidad y el día
después de año nuevo, y supongo que tendrá que trabajar.
Yo no, yo estaré sin laburo fijo, invitando a un café a
la chica de la fotografía, la de los millones de sueños
sin cumplir.
Pasa el tiempo
(glosas políticas II)
Ayer escribí tres líneas
mientras escuchaba a Calexico. Al verlo por la tele recordé un
par de libros de Vizcaíno Casas, un par de libros que había
leído en casa de mi abuelo. Los dos han muerto en menos de diez
días. Cualquier asociación cabalística resultaría
en exceso vulgar. El hecho es que el tiempo borra a la historia, y todas
las manifestaciones en las que no participé, todos los lemas que
no canté, se refieren a acontecimientos olvidados por la mayor
parte de nosotros.
Tesoro
<< encogido allí, nunca le dejo coger polvo.>> Mi tesoro,
Santi. Tan asustadizo, inseguro, había empezado a perder pelo,
cada vez más. Lo recogía del mismo modo que hacía
con las hojas puntiagudas de los pinos, cuando todavía era un niño,
en la playa, uno a uno, sobre el blanco azulado del lavabo. << limpia
la pasta de dientes, por Dios, Santi>>. Cada día una tortura,
se repetía haciéndole mascar un aire con sabor a paquete
de folios caducados, mi niño, tan triste. Incluso la novedad, un
baile nuevo que nunca iba a saber interpretar. << mi chiquillo,
mi agobio con patas.>>. Mi tesoro, tan blue. Necesito, necesito
saber... al mediodía se escondía bajo las mantas y trataba
de que su siesta fuera eterna, que le llevase directamente a la tibia
sensación de la noche, dormido no oía las risas ni recordaba
las angustias. Le oía levantarse, temblar por el pasillo, encender
la cafetera, cómo se le caía el frasco de colonia, cada
pedazo traía un chasquido de sus dientes, cerraba la puerta. <<
cuando oyes un gimoteo angustioso un millón de veces acaba sonando
igual que la taza del inodoro al cerrarse. Un ruido espeso ,efímero
y demasiado familiar.>>. Escucha esa espuma, dentro de los grilletes,
el cobre y el hierro, corazón de latón. Cuando le regalé
el baúl lo entendió a la primera, ¿ dónde
iba a estar mejor? allí dentro, soy su mamá, estará
bien sin preocupaciones ni tormentos, le cuidaré y le quitaré
el polvo todos los días. Santi, mi tesoro.
¿Sueña
Buñuel con hormigas asmáticas? Los Shinners, banda mexicana de proto
rock and roll aparecían en una escena de una película de
Buñuel. Creo que era Simón del Desierto, una de las películas
más delirantes del director español. Buñuel, que
odiaba el rock and roll, se dejó fotografiar alguna vez tocando
la batería. El tiempo de Buñuel se contabilizaba de una
manera más lenta de lo habitual. Su sordera producía esa
sensación: como si viviera bajo el agua de una piscina, se desdibujaban
los movimientos... eso y el martini seco, que, espero que esto sea real
y no una mala leyenda urbana, se preparaba mojando los hielos de una coctelera
con una punta de martini y llenando el resto con ginebra. Bebido en grandes
cantidades es capaz de recalibrar a la baja cualquiera de nuestros sentidos.
Y algo más, sí, claro, tengo que volver de manera irremisible
a la banda de rock mexicana, extraños, casi prohibidos, con un
sonido cavernario, yo, si tuviera que haber metido a una auténtico
grupo de garaje mexicano hubiera elegido a los Teen Tops de Enrique Guzmán,
seguro que lo hubieran hecho mejor. Pero eso, que el tema elegido fuera
Popotitos y tal, sería otra historia. Lo que espero que quede claro
es que los ingenieros químicos lo hacen con los balances de materia.
Soñar, me refiero.
Disyuntiva en el ring: segundo interrogante onírico
No sé si esto os sonará
ni si en esta sociedad de principios de siglo, en la que cada vez los
mesías son más delirantes y llegan a más gente, se
puede considerar plagio, y por lo tanto, merecedor de castigo, a algo
que copiamos pero de lo que sólo nosotros conocemos el origen.
Véase el nunca bien ponderado y recurrente cual loop infinito,
ejemplo del árbol que se cae del bosque y no hay nadie para oírlo,
¿hace o no ruido? Si yo esto que os cuento os lo vendo como original
o, como mucho, como una intertextualización cargada de originalidad,
tendréis un gran problema moral por considerarlo verídico.
Vamos al caso, esta introducción me está quedando un poco
retorcida. Y sobre todo, que una vez planteada la cuestión que
nadie espere respuestas:
Al boxeador A le ofrecen dinero por dejarse
ganar y, a la vez, también por otro lado, una mafia distinta, la
misma cantidad por ganar, el boxeador contempla su futuro al final del
pasillo y. El boxeador A no es el campeón argentino Monzón,
ni sus iniciales tienen nada que ver con esa A con la que le hemos clasificado,
todos asumimos que en caso de ofertas parejas trataríamos de ser
legales, justos, de no tener que luego avergonzarnos delante de nuestros
hijos por esa traición a nuestros principios. El boxeador A no
hace más que dar vueltas al asunto, la cosa parece fácil.
Y el boxeador sale al ring, comienza la pelea, va a ir a ganar... la misma
cantidad de dinero. El otro boxeador, es el que de verdad se mira los
puños, se mira los guantes pensando: << Molaría que
fueran como en las películas de Kickboxing, con trozos de vidrio
rotos pegados>> totalmente neutro, inocuo, aguachinado más
bien, conecta un directo a la barbilla del centro de nuestra reflexión,
que se derrumba. ¿Adicción a la morfina? ¿Dolor de
muelas? Mientras el boxeador A se deja llevar por la nubosidad que cubre
sus ojos sigue sintiéndose culpable y dándole vueltas al
dilema que le ha hecho despistarse y caer derrotado: << Esto de
tratar de ganar es fácil si el dinero es el mismo pero si por perder
mi hubieran ofrecido un poco más, sólo un poco más,
qué hubiera hecho...>> En el fondo, es posible que un economista
hablase de una plusvalía perdida por parte del boxeador al caer
derrotado, ha ganado la misma plata que ha perdido, pero... quién
coño le va a volver a ofrecer dinero por ganar si es un patán
que besa la lona con tanta facilidad, se ha cerrado un camino, el cincuenta
por ciento de todos los chanchullos y encima cómo convencer a su
hijo que él salía a ganar... Filosofía barata y zapatos
de goma. Podría haber sido una gran pelea pero mi especialidad
es recibir golpes o no leáis el mail de un hombre que tiene ínfulas
de escritor si os lo manda más tarde de las tres de la mañana.
(se pueden elegir cualquiera de los dos títulos)
Y ahora cómo convencerá
a su hijo, aunque no tenga, de que no se ha dejado tumbar por dinero,
cuando le han pasado un sobre repleto de billetes bajo la toalla que pone
perdedor. En realidad, qué diría un economista, hay plusvalía.
Una de las razones de todo
No quiero haceros pensar en mí
como un melodramático rapsoda. Soy capaz de escuchar música
melancólica, de la que emociona a los muchachitos del flequillo,
escucho a todos, a los Smiths, a Belle and Sebastian, Deneuve y Family.
Y lo hago mientras miro una peli porno que me acabo de bajar de internet.
Eso es más bien del lado enfermizo de Gainsbourg, por eso al acabar
me fumo un Gitane que le robé a S. unos días antes de que
me dejara. Le quitaba los paquetes de tabaco para que fumara menos, pero
en realidad trataba de llamar su atención con bromas vulgares.
Eleva una caja de marlboro ante un fumador desesperado y verás
lo alto que salta.
Le contaba a S. historias de Lisboa,
de cuando mi hígado no tenía que escribir quejas formales
cada noche, del misterioso aleluya que enseñé a una holandesa
de cuerpo generoso al salir de un club inmundo en Barrio Alto. Del mozambiqueño
en la puerta de atrás, que guardaba el hachís en un diente
falso para evitar las redadas. Le contaba todas esas cosas esperando justificarme
por mi debilidad, por no poder aguantar el devastador ritmo de tequilas
Me imagino que S. se cansó, le
dejaron de hacer efecto las bromas, todos los sustitutivos alquímicos
tienen como inconveniente el aumento de la dosis con el tiempo. Lo hice
lo mejor que pude, es lo único que puedo decir, lo intenté.
Se cansó de salvar mis miedos a golpe de pastillas y, supongo,
de escuchar mis putos aleluyas.
Yo pasé por cerca de tu casa,
en sábado por la noche, sin punch, sin esquinas iluminadas, ni
cercos a los fantasmas de piernas eternas, vos no entenderías que
lo que me hace seguir es este aburrimiento, esta diversión que
es observar la gente meditando, los falsos alegres que ensayan pequeños
fracasos, de los que quedan por venir. Me tomé un café junto
al estanque del campus, Pilar me hablaba y hacía mucho rato que
no la escuchaba, sus palabras como libros de lenguas muertas escondidos
en librerías de saldo. Yo tenía buena pinta con mi nuevo
abrigo. Además estaba más delgado y eso siempre ayuda. Lo
del estanque fue un viernes, sí, o un jueves, al final de la semana,
vamos. Sonia había estado enferma y Lucía quería
ver una película, pero quería verla sola. Me gusta vuestra
compañía, vuestro olor y vuestra risa. Por eso siempre hablo
de alguna de vosotras en el mis relatos. Me seguís fascinando.
Pero tengo que dejarlo por ahora, este relato es para S., se lo merece
por una cuestión de, digamos, intensidad sensible.
Un poco de vino para enrojecer las mejillas
de cualquiera, las botas al andar, track-track.
Como si tuviera algo mejor, caí
cerca de tu casa, entre la visita a Sonia, el agotamiento del coñac,
el chocolate derretido, caí cerca de tu casa por casualidad, sólo
para recordar que una vez necesité tu amor.
Cuando me dijiste que me querías,
habías estado bebiendo, y tus palabras no sostenían ni las
cenizas de un Gitane. Yo no tenía mucha sed, anduve enfermo el
tiempo suficiente para que te cansaras de oírme callar. Yo no había
bebido, en serio, no quisiera ser pesado, pero lo cierto es que me pillaste
en una época imposible, ya te digo, sin demasiada sed. Tengo treinta
y siete recuerdos contados, de las mentiras que te conté sólo
con una hubiera hecho diana entre el ácido de tu piel. Ya es la
una, quizá debiera irme a dormir, pesadillas, habitantes de alcoba.
Todos tenían sus teorías sobre el fracaso de lo que llamábamos
vos y yo. Ya estoy mejor, de salud, soy capaz de seguir hasta las estrellas
más tenues de la ciudad un sábado por la tarde. Prefiero
ver un vídeo mientras bebo café, las horas sedantes del
sábado, como una milonga en un barrio sacado de foto. Miro a través
de la ventana de otra habitación, su voz me dice: “ es Zaragoza,
¿no la reconoces?”, abrí mi vientre, abrí mi luz,
amapola cuántica de proporciones indefinidas. Cada día estoy
más flaco, no, no te confundas, sigo igual de gordo, hablo de estar
flaco, de vaciarse hasta arrastrar el cuerpo por la ciudad, por la misma
que asoma por esta ventana. ¿ Y cómo dices que se llama?
Extraños fueron, y no me canso
de repetirlo, esos meses. Balbuceo excusas ante todos los que conozco,
pasan los días, paso sobre los días, en pleno trance zombie.
He vuelto a las pastosas madrugadas, las de vasos vaciados demasiado deprisa,
a los vicios salvajes en cuartos traseros. Me siento igual de aburrido,
menos cuando tengo el subidón de la coca, pero para eso necesito
una cita con el dealer. De vez en cuando escribo… escribo sobre ti, pero
no puedo evitar tener la sensación de que ya no es pena ni melancolía.
Eso es una derrota en tu carrera de rompecorazones. Digo que escribo e
incluso alguien me recuerda que una vez estuve en Buenos Aires, con mucho
más abismo en el alma. Me manda un correo electrónico de
madrugada, “ Pintaste los viajes, los viejos discos, los encuentros y
todo lo que tocaba era literatura. Esta vez con un fondo de tangos. Leo
Camaleón, como sabéis, había llevado a Margot a Buenos
Aires. Y ella volvió con más desgarro aún. Y con
más música. “
No me pidas que comparta tus cigarrillos
con nadie más. Míranos ahora, como en todas las historias,
bebiendo vodka prohibido, a vos no te lo permite la medicación
y a mí el régimen. La mezcla de pastillas y verdades te
hace llorar y yo no sé muy bien con qué tipo de silencio,
de esos que tanto odiabas, te haría sentir mejor. Estás
tan triste que ni siquiera puedo alegrarme de que las cosas no te vayan
bien. Estás realmente preciosa pero no quisiera arrancarte la ropa,
sólo abrazarte. Me cuentas que tu vida es un tobogán, me
hablas de tus días, de los abismos sin cariño, yo sólo
puedo ofrecerte la vulgaridad habitual, mi cuerpo de científico
a punto de ir al paro, acariciarte la mejilla con los dedos resecos de
palabras.
Han pasado dos días, llevo tres
resacas acumuladas, es curioso, pero la ciudad al otro lado de la ventana
me está resultando cada vez más familiar. Sí, claro,
se parece a la de antes de S., a la de antes de Buenos Aires. Es curioso,
no me gustaba ser ese tipo, tan flaco y desmejorado, pero siéndolo
estoy mucho más seguro de ser yo mismo.
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