CLASES SEPARADAS

Acabamos tan separados que yo ya no sabía si en aquello había amor. Inicialmente lo que quería era hacerle justicia. O hacérmela a mí. Al principio de la historia yo me sentaba detrás de ella porque soy muy alto, y aunque hubiera preferido tenerla detrás para poder escuchar su respiración, sabía que tarde o temprano buscaría otro sitio, sin una torre delante que le impidiera ver la pizarra; así que solo me podía permitir su cercanía desde la retaguardia. Las clases estaban ya bastante avanzadas cuando me fijé en ella, tan linda, tan seria y tan decidida: lo que yo necesitaba para sentar la cabeza. Este es el punto del gráfico en el que clavé el compás para trazar la circunferencia oscuradora o el círculo oscuratríz de mi historia. Según veo, la cosa va más en el sentido de la circunferencia... la dibujé, tangente a la curva de indiferencia. (Me arde cada vez que escucho indiferencia...)

Pero decía hoy que lo que quería era hacer justicia a todo este tiempo. Y armado con una tiza bien grande, escribir en la pizarra de clase: "Te odio un poco". Porque tampoco la odio tanto, solo le tengo algo de rabia. Pensé en hacerlo, pensé que realmente merecía algo así, y que yo tenía algo de voz en todo este asunto, y que además no iba a leerlo. Pensé tanto, visualicé tantas veces la pizarra con el mensaje de venganza, lo escribí tantas veces en cuantos papelitos tuve a mano, que evidentemente no lo hice. Y ella no lo leería porque ya no venía conmigo a clase; es una de las primeras decisiones que tomamos juntos. Camas separadas, vidas separadas, clases separadas. Conjuntos independientes con una intersección de dimensiones limitadas y siempre bajo un estricto control. Tuve que cambiar de turno y desde entonces voy a clase por la tarde. Claro, que si lo escribía a última hora de la tarde quizá pudiera encontrárselo por la mañana a las nueve y tal vez le doliera un poco. Porque como no sé si he dicho, no quería que le doliera mucho, solo tocar un poco esa costra de hielo que nos cubría.

Nuestra relación no era más que la consecuencia de combatir la soledad desde dentro. Aunque nos viéramos solo en el tiempo que escrupulosamente teníamos reservado para ello, ambos sabíamos que nos teníamos el uno al otro. Sabíamos que al otro lado del eje del mediodía había otra persona que nos había elegido. Esta es la teoría. Esto sería más o menos ideal. Esto no es lo que pensé cuando se me ocurrió escribir en la pizarra "Te quiero mucho" para que lo leyera la chica que siempre tenía detrás... Por ir centrando los temas y no dejarlos ahí solo expuestos diré que cuando se me ocurrió lo del mensaje en la pizarra (el primero, el de te quiero mucho) no es que la quisiera mucho, la cuestión es que mi sentido literario me aconsejaba algo más rotundo, más impactante que un descarnado te quiero. Para subjetivizar más la pintada me dediqué a exponerle directa pero sutilmente lo mucho que me gustaban o disgustaban las pequeñas cosas cotidianas o los grandes acontecimientos internacionales, pero siempre enfatizando en el mucho. Luego supe que aunque lo hubiera hecho, aunque realmente hubiera escrito “te quiero mucho” en la pizarra, ella no se hubiera dado cuenta de nada, porque en los detalles sutiles no estaba su fuerte.

Yo creo que elegirme fue para ella un acto de autoafirmación. Yo no paraba de tratar de ligar con una prima suya que había conocido en el restaurante donde trabajé y que tenía un estudio donde iba a menudo a trabajar con fotografías. Quería un modelo que fuera muy alto y allí estaba yo, rozando el marco de la puerta con unas zapatillas sin suela. Era un retrato semidesnudo con espejos y necesitaba alguien de grandes dimensiones al que no hacía falta que se le viera la cara. Entre risas y vinos me pidió que posara para ella, y yo no tuve tanta voluntad como para decirle que no. Una de las mañanas, en su estudio de la calle Pizarro, me presentó a una chica que estudiaba económicas y que se sentaba detrás de mí en clase... A la casi técnicocientífica presencia de mi amiga fotógrafa se unió la curiosofantasiosa de su prima y la mía ruborencorajinada delante de las dos muchachas. En medio de la situación y cargado de violencia, sólo se me ocurrió musitar un "¿y si tengo una erección?", a lo que la prima respondió entre dientes "algo haremos con ella...". Y yo, que soy poco dado a pasar por alto cualquier comentario que sobre mí haga una mujer, no dejé de pensar en lo que podríamos haber hecho de haberse obrado el milagro de la erección que la tensión impidió desarrollar... Y hasta aquí he llegado para explicar que entre ambas se produjo la clásica competencia que ni yo, ni una, ni la otra buscamos, ni tenía sentido ni forzamos en absoluto, pero que el subconsciente se encargó de formular. Y así fue como ella y no su prima fotógrafa me consiguió, presa de caza fácil. Por otro lado y explorando las intenciones de la fotógrafa (que por supuesto, terminó su montaje de desnudo con espejos y sin vida ni expresión), acabé descubriendo que también las tenía compartimentadas de tal forma que yo era el tipo que posaba y nada más. Despojado así del interés de mi amiga, reparé en la otra chica que daba vueltas con aparente indiferencia por el estudio buscando algo que captara su interés. Y me captó a mí. Así que acabé enamorándome poco a poco, con mi voluntad secuestrada, de la prima de mi amiga fotógrafa, la chica que se sentaba detrás de mí en clase de econometría. Y sin escribir nada en la pizarra.

Primeros actos de la función, ya se sabe, entusiasmo, dedicación, detalles, dudas, pasión... hasta que todo se recondujo. Y lo que en principio fue una fiebre (retorcía mi itinerario para coincidir con el camino de su casa a la facultad, me proponía libre todas las tardes que hicieran falta y los fines de semana para ayudarla en las asignaturas que llevaba mal, me ofrecía para hacer trabajos juntos, dejé de sentarme delante para sentarme a su lado...) pasó a ser pura racionalidad. Llegó el día en que nos sentamos a hablar. Llegó en realidad el día en que nos sentamos para que hablara. Sus conclusiones, refrendadas por algún que otro estudio publicado por alguna que otra universidad de no sé dónde, o por el departamento de sociología de no sé cuándo, buscaban en la división y la especialización la optimización en las relaciones humanas. La inteligencia emocional entró en nuestras vidas por la puerta grande. Empezamos a hacer vidas individuales separadas para enriquecer nuestra vida en común. Reduciendo nuestra vida en común para hacerla eléctrica, excitante, intemporal y algunas cosas más, todas maravillosas. Descubrimos la cercanía de la red de redes, con conversaciones a través del teclado, sin discusiones, con total sinceridad, desnudándonos mutuamente cada uno en su casa. Quedábamos, eso sí, todos los domingos a la hora del café y por la noche la invitaba a casa a cenar algo frío que preparaba para los dos. Lo devorábamos con rapidez, y antes de terminar con una apresurada digestión, ya estábamos sobre el sofá, rumiando los momentos que el horario nos concedía, con más ansia que fe, bajo la presión de estar en un momento único y decisivo cada siete días. Y después se quedaba a dormir aunque por la mañana salía a toda velocidad hacia la facultad, donde ya he dicho que yo no estaba. Yo, por la tarde.

Nunca llegué a acostumbrarme a mantener un solo pensamiento en la cabeza: estudiar y solo estudiar a la hora de estudiar, ver fútbol con la mente dedicada plenamente al fútbol... ni, por supuesto, estar con ella sin fisuras los domingos por la tarde. Mis apuntes se acostaban con su nombre escrito en los márgenes y con gráficos de las estrategias de la selección de Clemente, la concatenación racional de ideas no encontraba freno ni en mi cabeza ni en el bolígrafo. A pesar de su influencia no conseguía recoger su filosofía y no encontraba los botones necesarios para dirigir mis energías hacia un determinado lugar. Muchas veces en nuestras conversaciones electrónicas tratábamos estos temas de los que ella no solo estaba plenamente convencida sino que tenía una sólida base filosófica detrás. Yo acababa cediendo y prometiéndole que volvería a intentar aislar mis distracciones de cada actividad. Me convencía de verdad, aún hoy pienso que sus teorías son válidas pero yo no llegué a acostumbrarme nunca.

Y todo esto que narro tuvo un fin, por supuesto, aunque aún sigo despertándome con el disco que me regaló el día del patrón de la facultad, que también es mi santo, o repaso apuntes de macro con su nombre en los márgenes: no pongo freno. Y aunque nunca escribí nada en la pizarra, me sobraban los motivos (para hacerlo y para no hacerlo), me daba perfecta cuenta de que la esquizofrenia en la que me estaba sumergiendo no debía seguir subiendo de nivel o acabaría ahogándome. Con un pan debajo del brazo salí de la tienda de frutos secos y la vi en la acera de enfrente caminando hacia la biblioteca con el pelo suelto y la carpeta forrada con papel de periódico y su bolso de mercadillo. Casi me sentí culpable por verla un jueves, aunque fuera de manera fortuita. Aturdido, le grité su nombre como si fuera un insulto, y realmente sonó a insulto. Así lo entendimos los dos y yo creo que los mensajes en la pizarra que nunca escribí, la esquizofrenia, la inteligencia emocional constrictiva... todo aquello, se metió entre las letras de su nombre y se acentuó en el tilde agudo de la última sílaba. Esa es la forma en que ocurren las cosas, un gesto, un guiño, una entonación diferente en algo como su nombre, una llamada a destiempo, un cruce sin señalizar.

Por supuesto, no regresé a mi turno de mañana, no sé si hubiera frenado la tentación de volver a sentarme detrás de ella y comenzar a dar la vuelta por la circunferencia del principio. Apenas si teníamos nada más en común que los domingos, de modo que no hubo que quedar para devolvernos las pertenencias que hubieran quedado en territorio opuesto, solo nos devolvimos los domingos. Y bueno, tampoco nos odiábamos tanto, creo que no nos odiábamos casi. Además, por la tarde ya tenía otros compañeros para los trabajos en grupo, clases de informática y vecinos de silla en clase. Y esas rutinas diarias tal vez fueran más reconfortantes que la tensa distancia que manteníamos ella y yo. Salí de la circunferencia, hacia la línea de indiferencia.