EL ESTUARIO DEL MIÑO Estuario del Miño, y yo he venido
a parar aquí. Esta mañana me levanté temprano, y
salí a caminar con el paraguas más grande de la ciudad.
Me sobresalté alterado al notar lo acelerado de mi paso. Paré.
Otras veces me ocurría lo contrario, me sorprendía caminando
lentamente cuando tenía prisa. Esta mañana sólo salí
a pasear con el paraguas más grande de la ciudad, así que
no había nada que me apremiase ni ningún lugar concreto
al que ir. La gente, los transeúntes miraban mi paraguas enorme,
y yo me sentía culpable cuando el mío chocaba con los demás.
Sentía una extraña sensación de prepotencia. Yo no
es que buscara la lluvia, que en mi barrio caía tan poco. Buscaba
el Miño, la ñ encabalgada en cada fin de palabra. No se
por qué siempre me fascinó Finisterra, las rías altas
o el Macizo Galaico (al que yo en una preclara visión futurista
otorgué el sobrenombre de Macizo Galáctico). Ya de joven
me perdí en las farras de Santiago, en los serenos atardeceres
junto a la torre de Hércules, en el pequeño tranvía
de la Coruña , en la explosión punk-pop del puerto de Vigo.
Ya entonces encontré la tierra donde juventud, amor y muerte se
anclaron, reclamo de claroscuros, de principio o fin, de tierra y mar,
de musa y obra. Estuario del Miño, frente a mi tránsito, mi historia de idas y venidas. Nunca fui hombre de humores secos, mis raíces caminaban conmigo. Cierto, se asían a ti, Verónica, a tus ojitos saltarines, a tus pies, que brincaban nerviosos cuando tocaba para ti el piano de exposición de unos grandes almacenes; o a ti, Angelita, a tu restaurante mejicano en el que me citaba con todas mis amantes sólo por ver tus ojos de negro enlutado; o a ti Cristina, que aun te busco en las últimas filas del cineclub universitario, cada vez que mis pies o un capricho me llevan hasta allí. Todo lo que creía olvidado se ilumina a través de la corriente del río, humedezco los agrietados pliegues de mi cerebro con sus aguas y refresco mi vida, mi tiempo, mi presente con la planta marchita que era mi memoria. Ahora recuerdo, mientras paseo junto el embarcadero sin barcos del canal, los trenes vírgenes que tomé, el olor a madera húmeda y a laurel de las literas, los sombreros grises de los hombres y los pañuelos negros de las viudas. Recuerdo las altas horas de la madrugada envuelto en mantas y más mantas con las manos escondidas en la juntura de las piernas. Esta mañana, simplemente me levanté y eché a caminar bajo la lluvia de más de tres días, con el paraguas más grande de la ciudad. No había preparativos, no había miedos, no accidentes ni asaltos. No había esperas ni amigos, ni dinero ni expectativas. Llamaba a las puertas, unos portones de madera que chirriaban sobre sus goznes como una matacía. Llamaba a las puertas y sonreía. La ñ aparecía ante mí como un desahogo, como una esperanza, casi como el amor. Adoraba la ñ, me entregaba en todos esos viajes de juventud en cuerpo y alma y rostro y sexo. Me tendía y me dejaba llevar, poco a poco le iba dejando protagonismo a la química y a la biología, y asentaba en la memoria las bases de mis recuerdos de juventud. Cruzaba sendas y veredas, saltaba, corría, trotaba enloquecido por los verdes pastos y los pueblos sobrios. Me sentaba al pie de cruces célticas, sobre el frescor de la roca en simbiosis con el musgo, y me revolvía en la frescura de mis ropas. Me recuerdo devorando el pan recién
hecho, los vasos de vino de las tabernas, el aguardiente de orujo que
me dejaba listo para la faena en las noches negras como los ojos de una
bruja. Entonces remontaba ríos y volaba con sólo agitar
los brazos. Hoy sólo sigo sus cauces. Y ya sé que hay mucho Verlaine que me queda por leer, y que mucho de lo que aborrecía y a lo que ahora me acomodé me va a dar la espalda. Ezra Pound no vivía en mi bloque, pero tuve que meterme en su piel para ser más sincero. Me soñaba un caminante justiciero, un caballero armado con el único escudo de la libertad asaltando con pasión las dulces trenzas de las doncellas que se asomaban a la ventana. Era un viajero sin equipaje, sin pasado, sin fe, sin cama. Escuché a los patos, con la actitud
fingida del que les echa algo de pan para comer. Fingí sentirme
bien. Caminaba por la orilla asfaltada, bajo la bóveda de álamos
ya verdes y respiraba ya el mismo aire, el mismo ambiente el mismo alma
que junto a ti, en el estuario del Miño. |