LOS CRÍMENES DE OLDNESSHOOD

En un camino, un asesino solitario regresa hacia su hogar. Contempla sus brazos llenos de arañazos: esta vez la víctima ha opuesto más resistencia de la imaginada. Le duelen las manos y lleva tierra debajo de las uñas. Siente frío, aunque la noche es espléndida. Enciende un cigarrillo con la satisfacción del deber cumplido; a escasos metros, la residencia se yergue protectora entre los árboles.

Como en otras ocasiones lamenta lo ocurrido, pero pronto arrincona en su memoria el acontecimiento para centrarse en el futuro.

Era necesario, repite mentalmente.

 

La Residencia Oldnesshood se fundó en 1963 por iniciativa de Rebeca Sanders, última enfermera de la millonaria señora Oldnesshood y heredera de toda su fortuna. Rebeca, una mujer con más corazón que inteligencia, donó el dinero a su sobrino Ron, con el encargo de crear un lugar de acogida para ancianos y desamparados. Treinta años después, la antigua mansión Oldnesshood ha acogido a cientos de necesitados, ofreciéndoles aseo, comida, alojamiento y asistencia sanitaria.

- Buenos días, Bradford.

Como siempre, Ron sonrió de buen humor. Era un hombre afable, extravertido y muy trabajador. La residencia gozaba de una elevada reputación y la comunidad valoraba su labor; aunque, por desgracia, el dinero de la herencia se estaba terminando, lo que impedía a Ron asistir a más necesitados.

Mientras avanzaba por el bulevar tenuemente iluminado, sintió una sombra intentando darle alcance. Se giró con brusquedad, pero no encontró otra cosa que la ya lejana figura de Bradford.

- Imaginaciones -se tranquilizó sin convicción.

Penetró en el bar de Ernest y pidió, como de costumbre, un café cargado. El propietario, más anciano que las paredes de su establecimiento, parecía muy débil.

- ¿Sigues igual, Ernest? Tu aspecto no mejora.

- Estoy peor. Agotado.

Su rostro amarilleaba, tenía los párpados hinchados y un alarmante temblor en ambas manos. La baba se le acumulaba en los pliegues de la boca formando una pasta espesa, blancuzca, como cuajada enmohecida. Ron se compadeció otra vez de aquel hombre nervudo que lo contemplaba con iris agrisados: vivía solo, no tenía hijos, ni esposa, ni siquiera gato. Sólo aquel local ruinoso.

Cuando Ernest derramó en el mostrador el café que iba a servirle y se atribuló buscando una bayeta, le habló con suavidad:

- ¿Por qué no vienes a Oldnesshood?

- Me encantaría. Pero no es posible -objetó abatido-. Sabes mejor que nadie que no hay plazas -apretó con devoción su mano-. Has hecho tanto bien a esta comunidad... Has ayudado a tanta gente, a tantos enfermos, a tantos miserables.

El hombre siguió hablando, y es probable que sus palabras pudieran llevar a alguna parte, pero Ron había dejado de escucharle. Presintió de nuevo la presencia de la sombra, vigilante, pendiente de sus actos desde algún lugar oculto. Miró a su alrededor y no encontró otra cosa que jarras de vino, mesas y taburetes de madera vieja. No había nadie más, excepto Ernest; y, sin embargo, volvió a sentir aquel miedo inexplicable que lo acompañaba desde la primera desaparición.

- Oldnesshood tiene una vacante -dijo al fin-. La señora Willesbourgh abandonó ayer la residencia, sus hijos la recogieron por la noche. Si quieres, la plaza es tuya.

 

Ernest se instaló en su nueva habitación aquella misma tarde. La enfermera, una mujer de mediana edad y manos delicadas, le administró su medicación. A través de la ventana penetraba una luz cálida, vital de tan dorada, que se mezclaba amablemente con el trino de los pájaros. Se asomó al balcón. Admiró los espectaculares jardines poblados de caminos, arroyuelos y farolas donde convergían empleados, residentes y algún proveedor como si pertenecieran a esa gran familia que siempre había deseado.

Entre tanto, angustiado en la soledad de su despacho, Ron se acarició el mentón una y mil veces. No era solamente la salud de Ernest lo que le agobiaba; era, antes que nada, la mentira. Los hijos de la señora Willesbourgh no existían y, por supuesto, nunca habían ido a recogerla. Pero no podía ir confesando por ahí que faltaba otra residente, mucho menos después de haber ocultado las cinco desapariciones anteriores.

El doctor Always, su más íntimo colaborador, entró en el despacho sin llamar y sorprendió a Ron de aquel modo.

- ¡Ha vuelto a ocurrir! -anunció aturdido.

- Era una enferma terminal -respondió Jack Always intentando consolarle-. Estaba desahuciada, era cuestión de unos días...

- Una mujer encantadora.

- Tenía ochenta y cinco años. La recogiste hace treinta, cuando era un bulto acurrucado entre cartones. Ha sido feliz todo este tiempo. Oldnesshood le dió lo que siempre había deseado: cariño, un hogar, una familia. Allí donde se encuentre estará bien.

- No me preocupa sólo ella...

- ¿Piensas avisar a Scotland Yard?

Ron lo miró aterrado.

- ¿Cómo justificarás nuestro silencio? -Always se le aproximó ceñudo-. Los agentes se extenderán por Oldnesshood como una plaga de termitas, lo echarán a perder todo, asustarán a los residentes, los vigilarán igual que a criminales. Los desquiciarán con sus sospechas y sus burocracias. Mejor callar como hasta ahora. Hagámoslo por ellos. Lo digo como médico, Ron: muchos no podrían resistirlo. No olvides cuántos huían de la justicia antes de llegar aquí. En Oldnesshood se sienten protegidos, son buena gente, pero ¿cómo reaccionarán cuando los polis husmeen en sus cosas? ¿Quién podrá tranquilizarlos si los interrogan? Nadie les devolverá la paz que ellos se lleven.

Ron se presionó las sienes.

- Descubriré al culpable -apostilló Jack Always.

- ¿Qué sabes tú de criminales?

- Soy inteligente. Puedo encontrar pistas.

Abandonó el despacho con celeridad, como si tuviera prisa por zanjar el tema, y dejó a su espalda una estela inconfundible de colonia.

De nuevo solo, Ron buscó un cigarro en los revueltos cajones de la consola. Lo consumió con calma, salió al pasillo y se mezcló con los residentes.

 

Al cabo de dos meses la placidez había regresado a Oldnesshood. Nadie extrañaba ya a la señora Willesbourgh, a quien todos creían felizmente instalada en casa de los hijos que Ron y Always le habían inventado.

Cada tarde, Ron recorría las doscientas seis habitaciones de la residencia y dialogaba con sus ocupantes, en su mayoría indigentes, desarraigados a los que había rescatado de la calle, del dolor, de la enfermedad o de cualquier otra desgracia.

En la residencia charlaban, leían, miraban la televisión, gastaban el tiempo libre con insulsos juegos de naipes e incluso trabajaban en las labores que les animaban. En Oldnesshood habían aprendido manualidades a las que dedicaban la mayor parte del tiempo y, dos veces al año, se subastaban en Buganville las obras producidas por los residentes. Con el dinero recaudado se organizaba una gran fiesta en honor de Rebeca Sanders y Laura Oldnesshood, a quienes Ron y los demás profesaban gran veneración.

 

Cierta noche se presentó en Oldnesshood una pordiosera llamada Melanie. Una de las enfermeras la acompañó hasta Ron.

- Ha insistido en verle. Le he dicho que no nos quedan camas, ha tomado un plato de sopa y un trozo de carne, pero se niega a irse si no habla con usted.

- No se preocupe, Hellen -la tranquilizó con su sonrisa-. Puedo dedicarle unos minutos.

Vio entrar a una muchacha de cabellos negros, revueltos, con una vieja túnica demasiado larga para su estatura y un rostro tan bello que la suciedad, en él, parecía maquillaje. Caminó despacio, mostrando una mirada franca, dolorida, y diminutos pies desnudos.

- Permítame quedarme -suplicó antes de narrar su historia trágica, que causó en Ron profunda pena. La vida había sido cruel con esa pobre chica: era inhumano negarle una salida. Como fue incapaz de devolverla a la miseria, le permitió dormir en su despacho algunos días, mientras buscaba el modo de alojarla.

 

El asesino se acerca lentamente hacia su víctima. Es noche cerrada en los jardines de Oldnesshood. El anciano es incapaz de imaginar lo que le espera; se apoya, adormilado, en la mano que le ha sido tendida. Póngase la bata, refresca afuera, le parece escuchar de forma onírica. Esboza un gesto de agradecimiento mientras obedece; después atraviesa junto a su verdugo el pasillo de la residencia, descienden hasta el patio y salen al jardín.

- Por aquí -indica el asesino mientras lo sujeta por el talle para evitar que tropiece.

- ¿Adónde vamos? -pregunta el residente, confundido.

- Es una formalidad, no se preocupe.

Avanzan por un camino oculto entre el follaje hasta un claro cercado por árboles frondosos. Hay una pala junto a un montón de tierra.

- ¿Qué es ese hoyo? -inquiere el anciano tan entregado al que va a ser su verdugo que le hace sentir remordimientos.

- Es usted un santo, señor Callsbury -le dice el asesino mientras agarra la pala con firmeza-. No le olvidaremos.

Golpea la frágil cabeza con brutalidad extraordinaria. Aunque se desploma con el primer impacto, sigue golpeándola para evitarle el sufrimiento. Sin demasiado esfuerzo, la víctima pesa poco, empuja el cuerpo dentro del agujero.

Mientras toma aliento apoyándose en la pala, el asesino se concentra en una pieza ósea que sobresale junto a Callsbury. No logra distinguir si es un fémur o un trozo de cadera de la señora Willesbourgh. Finalmente continúa echando tierra hasta igualar el terreno, limpia la pala con cuidado, la oculta en su escondite y regresa a Oldnesshood cansado.

 

- Ha vuelto a ocurrir -le dijo Ron a Always a la mañana siguiente, poco después de que una enfermera le comunicara la ausencia de otro residente.

El doctor Always escuchó en silencio la noticia, impávido, con la mirada clavada en las líneas de luz de las persianas. Tenía dificultades para concentrarse. El enrojecimiento de sus ojos contrastaba con las verdosas ojeras que evidenciaban insomnio o duermevela.

- Era de esperar -balbució severo.

Ron lo miró con sorpresa.

- ¿Qué has dicho?

- Cosas mías. No hagas caso.

 

Volvieron a fingir normalidad. Difundieron la mentira de que el señor Callsbury se había trasladado a un centro hospitalario para recibir una terapia específica. Incluso el doctor Always redactó un falso documento que lo prescribía.

La joven Melanie, ni sucia ni harapienta ya, fue invitada a instalarse en la habitación vacante. A los otros residentes les pareció oportuno, pues la muchacha había encandilado a casi todos con su sonrisa y con sus atenciones.

Pero Ron seguía inquieto. Sus sobresaltos se hicieron tan frecuentes que incluso algunos residentes se interesaron por su estado.

- Trabajo demasiado -contestaba forzando una sonrisa.

 

Cierta tarde, cuando se dirigía al banco para ingresar los beneficios obtenidos en la tradicional subasta en Buganville, sintió de nuevo pasos a su espalda. Contuvo la respiración, tragó saliva y continuó unos metros como si nada sucediera. Cuando las pisadas volvieron a sonar más confiadas, se dio la vuelta bruscamente y sorprendió una silueta basculando hacia el callejón que acababa de dejar atrás. Cambió de dirección, aceleró el paso intranquilo y volvió a la residencia. La recepcionista le anunció que Ernest había empeorado. La enfermedad lo estaba derrotando, el dolor se cebaba en él como el cuchillo del matarife en el ganado. Nada podía hacerse ya, salvo acompañarle en la agonía. Fue a su habitación, le tomó la temperatura con el dorso de la mano, empapó sus labios con una gasa humedecida y se sentó a su lado, en penumbra, llenando el inquietante silencio con torpes confesiones que el enfermo apenas escuchaba.

 

El asesino avanza en silencio hasta la habitación de Ernest, le toma la mano y el doliente parece sonreír tras el contacto. Por primera vez el criminal sabe que la víctima conoce su destino y, extrañamente, no le tranquiliza. Lo envuelve con ternura en una manta, lo coge en brazos y salen juntos hacia los jardines. Está tan abstraído que no descubre la silueta que los sigue en la distancia.

Al llegar junto a la fosa deposita a su amigo con cuidado, le ofrece la mano como despedida y, sin soltarla, agarra la pala con la otra, la eleva y...

- ¡Quieto, Ron!

Es la voz de Always. Corre hacia los dos desencajado, agitando los brazos como un esquizofrénico.

- No te esperaba, Jack -comenta Ron con naturalidad-. Ayúdame.

Y a continuación, inesperada, violentamente, lanza la pala una, dos, tres veces contra Ernest. El doctor Always no reacciona hasta que el cráneo ensangrentado choca contra el suelo. No sabe qué hacer, le tiemblan las piernas, necesita gritar pero no es capaz de hacerlo. Ron le pide ayuda para deslizar el cuerpo dentro de la zanja. Como no reacciona, se impacienta y comienza a hacerlo solo. Viendo lo mucho que le cuesta, Always se aproxima. Colabora con su jefe. Siente pánico al lanzar a Ernest al agujero, pero se repone mientras cubren la fosa.

- Era necesario -dice Ron entre palada y palada-. Nada le quedaba ya al bueno de Ernest; Oldnesshood le endulzó estos dos últimos años, alargó su vida, la hizo soportable. No merecía la agonía. Era un hombre generoso, ha muerto por una buena causa. Otros podrán utilizar su habitación ahora.

- Eres un monstruo...

- El monstruo es la vida. Yo sólo la combato.

Regresan muy despacio en dirección a Oldnesshood. Ron le ofrece un cigarrillo, Jack lo acepta con dedos temblorosos. La noche es apacible; la temperatura, espléndida.

- Hay en Buganville un niño huérfano vagando por las calles -comenta Always al llegar a la entrada principal.

- Encuéntralo. Tenemos una plaza, podemos ayudarle.

 

* * *

 

Han pasado diez años. En los jardines de Oldnesshood, Always ha cavado una nueva fosa. Con sumo cuidado, casi con amor, deposita el cadáver de su amigo dentro del agujero.

El viejo Ron le observa con la mirada extraviada. Hay un gesto de temor en su semblante. Always coge la pala y vierte tierra hasta cubrir el socavón. Poco a poco el cuerpo sin vida va quedando oculto, primero las piernas, después los brazos, más tarde el tronco. Ha dejado el rostro hasta el final porque desea alargar la despedida.

- Era necesario -farfulla su disculpa-. Sé que lo comprendes.

Ron permanece en silencio, con los ojos muy abiertos, mientras la tierra húmeda cubre su cara por completo.

 

El asesino regresa a Oldnesshood exhausto pero satisfecho, planificando el porvenir. Se detiene, sorprendido, al descubrir en su antebrazo varios arañazos defensivos. Tras examinarlos enciende un cigarrillo.

- Era necesario -se justifica dando una calada.