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DESDE LA ARGENTINA CON AMOR

por Ana María Pinar

Mis compañeras de piso se ríen de mí cuando les insto a coger de la tortilla de patatas que acabo de preparar. Y ciertamente es un imperativo de lo más simpático, que una personita se dirija imperativamente a ti y te diga coge coge. En el tiempo que llevo en la Argentina he conseguido limar ciertas diferencias lingüísticas y ahora:

- No abro el grifo sino la canilla
- Los nenes no son monos sino lindos
- Las personas no son majas sino piolas
- No vivo en un piso sino en un departamento
- No visto chaqueta sino campera
- No cojo un taxi sino que lo tomo
- No utilizo portátil sino notebook
- Los pijos no son pijos sino chetos
-
Los coches no usan gasolina sino nafta
- Y además no son coches sino autos
- No voy al centro comercial sino al shopping
- No hablo con tipos sino con guasos
- No hay chicos agarrados sino amarretes
- No gano dinero sino plata

Y es que acá –no aquí- las tortillas son de papas, y hay revuelto de zapallitos con huevo. El mate puede ser rico o estar hecho de yuyos raros, todo el mundo me dice che o mirá vos o cómo anda la gallega o mira la gringa. Imitan un español que aúna varios tópicos: el acento andaluz, las maneras vascas y el apelativo gallego.

Mis compañeras de depto me intentan inculcar una cultura bien cordobesa y yo siento cada vez más que el tiempo está reloco, que la gente es muy viva, que la plata compra cosas y que recién llegue a España me voy a sentir rewinner por esta aventura bien argentina.

 
 
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