Mis
compañeras de piso se ríen de mí
cuando les insto a coger de la tortilla de
patatas que acabo de preparar. Y ciertamente es un imperativo
de lo más simpático, que una personita
se dirija imperativamente a ti y te diga coge coge.
En el tiempo que llevo en la Argentina he conseguido
limar ciertas diferencias lingüísticas y
ahora:
- No abro el grifo sino la canilla
- Los nenes no son monos sino lindos
- Las personas no son majas sino piolas
- No vivo en un piso sino en un departamento
- No visto chaqueta sino campera
- No cojo un taxi sino que lo tomo
- No utilizo portátil sino notebook
- Los pijos no son pijos sino chetos
- Los coches no usan gasolina sino nafta
- Y además no son coches sino autos
- No voy al centro comercial sino al shopping
- No hablo con tipos sino con guasos
- No hay chicos agarrados sino amarretes
- No gano dinero sino plata
Y es que acá
–no aquí- las tortillas son de papas, y
hay revuelto de zapallitos con huevo. El mate puede
ser rico o estar hecho de yuyos raros, todo el mundo
me dice che o mirá vos o cómo
anda la gallega o mira la gringa. Imitan
un español que aúna varios tópicos:
el acento andaluz, las maneras vascas y el apelativo
gallego.