Si el anterior espectáculo que pudimos disfrutar
llevaba por nombre Cegada de amor, en este caso de la
ofuscación de la que nos quieren prevenir es
de la provocada por horas y horas sentados frente a
la televisión. Parafraseando la canción
de Concha Velasco y adaptándola a los deseos
actuales, la compañía catalana nos regala
Mummy, I wanna be famous. La Cubana nos quiere prevenir
sobre los peligros de la tele como fábrica de
nuevos modelos sociales y las consecuencias que nuestra
pasividad puede originar.
Para quien ya ha visto
a La Cubana en otras ocasiones y se quedó prendado
por la magia con la que envuelven al espectadores desde
que pone el primer pie en el teatro, el tema, el mensaje
final es en lo que menos repara: su poder de fascinación
es muy poderoso. La Cubana consigue en sus espectáculos
que cada uno sintamos la importancia del teatro, nos
colocan en un lugar en el que todo puede pasar. Y por
ofrecernos esta oportunidad haremos lo que nos digan
y los seguiremos embobados.
La Cubana no quiere
a un espectador pasivo en su butaca, no le da la oportunidad
de sentirse como tal: en Mummy..., desde la entrada
nos convierten en aspirantes de un cásting para
ser famoso. Al mismo tiempo somos espectadores de un
programa de televisión y estamos obligados a
aplaudir, gritar, animar...
La Cubana retoma los objetivos del teatro originario:
situar al espectador en un mundo irreal, engañar
mostrándole los artificios que usa para ello
y obteniendo de cada una de sus “víctimas”
el beneplácito para lo sigan haciendo.
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