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“La imaginación es el modo esencial de su actividad espiritual. En cuanto se descuida le invaden las imágenes”
Estas palabras le dedicaba Fenando Arrabal a “uno de los autores pánicos de España”, Antonio Fernández Molina, alcazareño paseante de las calles de Zaragoza que nos ha dejado tristes y solos desde el pasado marzo, cuando falleció a punto de ser propuesto para la candidatura de la categoría de Letras del Premio Príncipe de Asturias de este años, que ya había sido presentada por la fundación Camilo José Cela, escritor por cierto del que fue secretario personal; candidatura que se presenta con el apoyo de nombres de letras tan importantes como José Antonio Labordeta, Gloria Fuertes, Pere Gimferrer, Gabriel Celaya, Víctor García de la Concha, Guillermo Díaz Plaja y Fernando Arrabal.
El Ayuntamiento de su pueblo natal, en Ciudad Real, por si fuera poco, acababa de iniciar los trámites para su nombramiento como ‘hijo predilecto' de la ciudad.
La trayectoria artística de Fernández Molina empezó a los veinticuatro años en la revista literaria Doña Endrina y se vinculó a las vanguardias rápidamente, especialmente al Postismo, movimiento vanguardista español surgido en 1945 que fue impulsado por Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro.
Solo de trompeta, La tienda de ausente, En Cejunta y Gamud, Un caracol en la cocina, El león recién salido de la peluquería, Dentro de un embudo, Pompón, Sombras chinescas, Los frutos de la noche, Pasodoble enigmático o Perro mundo son algunos de los títulos de sus prosas, y Una carta de barro o Aromas de Galleta, destinado al público infantil, de sus versos.
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