De
igual manera que Italia es demasiado bonita para pertenecer
únicamente a los italianos, Lèolo
es una película demasiado buena para ser conocida
solo por unos cuantos cinéfilos. No importa si
son cazadores de pelís con premio, pedantes elitistas
o simplemente un puñado de insomnes que tropezaron
con ella un sábado de madrugada, cuando buscaban
el sueño a través de la película
subtitulada de la 2.
Una tunda de bofetadas
y caricias, de olores y sensaciones. Así recuerdo
Lèolo, bofetadas tan fuertes como para
no cerrar los ojos y dejarte por unos segundos confundido.
Y también caricias cómplices y mansas
que te atrapan y tranquilizan como un abrazo en la inmensidad
rechoncha de los brazos de la madre de Lèolo.
Durante la película los olores a plumas mojadas,
el sudor dulce y la descomposición parecen traspasar
la pantalla. Y de repente sientes un vacío en
el estomago, o quizá un nudo en la garganta y
a continuación la extraña sensación
de no saber si achacarlo a la seca realidad de la escena
que te golpeó tres minutos atrás y que,
como un directo al hígado, te deja sin respiración
pasado un tiempo. ¿O es la emoción de
sentir cómo la voz en off nos trae un sentimiento
tan intimo y cercano que casi podemos tomar como propio?
No hay azúcar
en la píldora, ni vaso de zumo que facilite deglución,
en Lèolo la realidad ha de ser digerida
con todo su sabor, sin aderezos ni condimentos, seca
y cruda. Así se nos sirve en la película.
Y, por supuesto, ha de ser tragada a golpe de saliva,
aún a riesgo de que su sabor nos provoque alguna
arcada o de que algún pedacito se nos atragante
dejando por unos segundos una sensación de ahogo
desagradablemente familiar. No hay lugar a endulces
ni falsos sabores o esperanzas.
Durante el desordenado
viaje por el borde del abismo que realizamos con el
protagonista, nos acompaña una conciencia en
forma de voz en off, que va dando sentido a las escenas
más extrañas y ayudándonos a conocer
de la mano de Lèo las reglas básicas que
rigen el universo que lo rodea: temores escondidos en
lo más profundo, dinero como pretexto para acallar
conciencias y miedos, obsesiones escatológicas
que se imponen en forma de rituales familiares o simplemente
la conciencia está ahí para recordarnos
que el sueño es la única alternativa que
nos mantiene fuera de la locura. Pero la voz en off
no es la única compañera de viaje, asco
y miedos también nos acompañan en este
poema de descubrimiento e interpretación en el
que se pone a prueba tanto el aguante y la fortaleza,
como el grado de implicación en la lucha.
Lèolo tiene
la certeza de saberse único; lastima no hubiera
conocido al polaco Oskar y su tambor, estoy
seguro de que hubieran hecho buenas migas y habrían
dado buena cuenta de multitud de gilipollas de un modo
despiadado; con la seguridad que da el saber que su
sensibilidad no tiene par, Lèolo se enfrenta
constantemente, desde su soledad, al abismo. No todas
las batallas son luchadas, algunas hay que darlas por
perdidas: la de la pegatina "made in Hong-Kong"
que hace imposible creer en la mentira de la flor. Otras
más difíciles son acometidas a golpe de
soga, no importa el esfuerzo ni el riesgo, el origen
de los males de la familia y la fuente contaminadora
de la imagen inocente, Vianca no puede quedar sin castigo.
Pero la realidad no
está reñida con el humor y en esta película
existen multitud de lugares donde esbozar media sonrisa
de complicidad o incluso soltar una carcajada imposible
de contener y que alivie la tensión que arrastramos.
Nunca conocí manera más original de descubrir
los placeres de la carne, jamás practicas masturbatorias
tuvieron mejor disfraz que el de unas gafas de buceo
empañadas ni mejor banda sonora que la respiración
ahogada en ellas (con permiso de las practicadas en
Amarcord que obtienen medalla de oro pero en
la modalidad de “por equipos”), tampoco
nunca un espermatozoide viajó tanto ni en vehículo
más original para fecundar un óvulo.
Pese a todo, no nos
engañemos, la batalla está perdida, figuras
como el domador de versos o Fernand, el hermano de Lèolo,
están ahí para recordárnoslo. Aún
así Lèolo no se entrega y lucha contra
la locura que anida en sus genes y que poco a poco va
atrapando todo lo que le rodea, lucha contra la realidad
de lo cotidiano y lo falso, que en forma de agujero
negro, de manta, cada día se hace más
grande y no busca otra cosa que asfixiarle y hacerlo
suyo.
Este Sancho Panza ocasional
y buscador de tesoros en mares enfermos, que nada entre
lavadoras rotas, neveras podridas, bicicletas oxidadas,
enfermedades mentales y perros muertos que se envenenaron
al morder su perra vida, golpeado por olas de delirios
familiares y fantasías propias, no acierta a
llegar a su pequeña Italia. Pese a los cantos
de sirena de Vianca, se queda perdido en compañía
de Regina, la ballena, para abandonarse poco después.
Es difícil
elegir una secuencia en esta película plagada
de versos filmados. Tal vez la escena de la gata de
la señora Quimet que sucede a ritmo de “You
Can’t Always Get What You Want” de los Rolling
sea una de mis favoritas por la contundencia de las
imágenes y de la voz en off; la música
es parte importante en la película, Tom Waits
con su voz rota aporta un par de canciones y no puedo
sino sonreirme al recordar el tema 'L'Orange' de Gilbert
Becaud que es el que adereza las practicas carnales
del protagonista en el baño. La elección
de una frase es menos complicada ya que una resuena
a lo largo de la película a modo de respiración:
"como sueño, no lo estoy" (moi,
comme je rêve, moi, je ne le suis pas).
No apta para estómagos
delicados, Lèolo es una película
que golpea una y otra vez por todos los medios la conciencia
del que la ve. Los que no la hayan visto pueden aprovechar
para alquilarla en la versión DVD que salió
hace un año, los que ya la conocen espero que
aprovechen para volver a verla y se recreen en la plasticidad
de las imágenes, descubriendo nuevos detalles
y aprovechando para pasar la ITV a los músculos
interiores. A los que no solo creen en su verdad y les
gusta ir más allá, debo informarles de
que lamentablemente la banda sonora no esta editada
y hay que hacerla a golpe Internet. Para aquellos que
quieran peregrinar al mausoleo de Lèolo y rendirle
un último homenaje, tengo que decirles que no
les será facil encontrar las dos palabras entre
las que descansa la cabeza de este príncipe desengañado,
ya que no existe traducción al castellano de
El valle de los avasallados.
Siento que tu musa,
experta en pedicuras artesanas, dejara de rondarte tras
la puerta, siento que dejaras de soñar, siento
que Lauzon muriera poco después y no pudiera
regresarte jamás, me hubiera encantado verte
crecer y observarte en lo alto de una montaña
diciendo a todos los mierdas del mundo lo que pensabas
de ellos.
Como siento,
no lo estoy, aún no lo estoy.
|