Cuando
mi marido dijo en el desayuno que volvería tarde
porque tenía una reunión de presupuestos,
yo ya sabía que iba a encontrarse con su amante,
como todos los viernes, pero esta vez no me importó,
casi fue un alivio. Me hace gracia la frase ésa,
"reunión de presupuestos". Se reúnen
para presuponer, cuando la mayoría de ellos ni
siquiera ha aprendido a suponer. Cómo son. Al
salir, se llevó al niño, que había
perdido el autobús del colegio, y yo me quedé
sola, como siempre, escuchando el ruido de la lluvia
(de un tiempo a esta parte, siempre llueve al otro lado
de mi cabeza, aunque en la calle haga sol). Luego, al
entrar en la habitación de mi hijo para hacer
la cama, observé que se había dejado un
cuaderno abierto sobre la mesa, con una suma (7+1=?)
sin resolver. Instintivamente, puse un 8 al otro lado,
y en seguida empecé a sentir un agobio enorme
por aquel 1 que acababa de perder su individualidad
al realizar yo la operación matemática.
Imaginaba al pobre
número dentro del 8, buscando la salida desesperadamente,
como un claustrofóbico dentro de un laberinto,
y me identifiqué con él. Una vez me perdí
en el interior de unos grandes almacenes y fue tal el
miedo a no dar con la salida que sufrí un desmayo
en la sección de deportes. Por otra parte, también
yo, como el 1, había perdido la identidad en
las profundidades de una familia asfixiante, y no sabía
cómo escapar de ella. Sentí que me faltaba
el aire y corrí al balcón para respirar.
Un sol excesivo me cegó los ojos, pero dentro
de mí continuaba escuchándose el ruido
de la lluvia. Quizás en el interior del número
8 también lloviera con aquella violencia, pensé.
Escuché el teléfono, pero no lo cogí
pues supe por el modo de sonar que era mi madre.
Más tranquila,
regresé a la habitación para liberar al
número inocente y puse sobre la hoja 8?7=1. Sin
embargo, me pareció que el 1 resultante era distinto
al que yo había atrapado y me atacó un
desaliento enorme. A mí misma, cuando pienso
en abandonarlo todo y recuperar mi verdadero ser, siempre
me retiene el miedo de que la que lograra escapar fuera
una de las que están encerradas conmigo y que
no son exactamente yo, aunque sean idénticas
a mí.
Juan José Millás,
Diario I
Para los que sean asiduos
de la literatura de Millás, este ejemplo de articuento
les sonará muy "a él", muy a
Juan José Millás. Para los que este sea
su primer acercamiento a la escritura de Millás
he pretendido que sea lo suficientemente sugerente como
para provocar la búsqueda de más articuentos
y libros del autor.
Es de la capital del
mar, Valencia, es un lector enciclopédico y está
casado con una psicoanalista. Afirmó en una entrevista
que su afición a la literatura nació una
tarde de la infancia, mientras leía la entrada
de "muerte" en la enciclopedia Espasa. Luego
vino la facultad, Filosofía y Letras en Madrid,
que abandonó al tercer año, y sus influencias
primeras: Dostoyevski y Kafka. Lo más característico
de su narrativa es el papel que le otorga a las casualidades
y a la suerte, a lo encuentros y los desencuentros.
Como los rábanos de Tomeo con su revolución,
Millás da vida a letras, números y surrealismo
y lo incluye todo en su narrativa que contiene todos
los post- literarios posibles. Y si con Amèlie
Nothomb los títulos de los libros tenían
impacto, con Millás los títulos son también
significativos de su planteamiento literario: No
mires debajo de la cama, La soledad era esto,
El desorden de tu nombre, Tonto, muerto,
bastardo e invisible, Números pares,
impares e idiotas...
Su faceta de escritor
se entremezcla continuamente con la de periodista y
quizá de esa combinación mestiza nacen
los articuentos que titulan esta reseña. El surrealismo
de la vida cotidiana que se aglutina en unas pocas líneas;
siguiendo la corriente actual que proclama la literatura
breve como la bandera literaria del futuro, Millás
escribe diariamente crónicas subjetivas y personales
sobre los cadáveres que dejan los bolígrafos
al morir, las barbacoas familiares, los videojuegos
y la realidad.
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