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en los últimos años mi compromiso con
causas urgentes, así como mi activismo pacifista
en viajes a Iraq, Palestina, Sáhara, etc, hayan
difuminado para algunos mi imagen de poeta y trovador
de interiores. Es un apreciación errónea
y aquí estoy esta tarde para demostrarlo. ¿Debo
recordar que en mi último disco del año
pasado, trece, de los quince temas que incluye, son
canciones de amor? No reniego de nada. Luchar por mejorar
la vida con un beso, una canción, una sonrisa
es el gesto de amor más desinteresado. Ahora
ya sé que el amor es un fantasma cuando los hombres
son privados de su dignidad y carecen de un techo, un
plato de comida, un pozo de agua que les de fuerzas
para acariciarse. Las guerras y la injusticia convierten
al amor en un acto meramente reproductivo y de fertilidad.
A menudo gente que acude a mis conciertos
me dice que no entiende por qué no he obtenido
el éxito que merezco con mis canciones. Entonces
sonrío y tengo que recordarles las palabras de
Einstein: “No intentes ser un hombre de éxito.
Intenta ser un hombre de valor”. Después
de ocho discos, y catorce años ganándome
la vida sobre los escenarios, grabar en directo, en
Zaragoza junto a mi gente y mis amigos, me colma de
ilusión. Por los cañaverales y las huertas,
donde correteaba este niño rabalero que soy.
Frente a las montañas-pezón de Juslibol
y el Bosque de los Lobos, donde acampaba con mis ojeras
de boy-scout. En las Balsas del Ebro Viejo me enamoré
de una muchacha del barrio de San José y por
primera vez el rayo del amor y el dolor me descabalgó.
Hace más de un año
Feliciano Llanas, de la Asociación cultural Conde
Aranda, me propuso colaborar con un quinteto de cuerda
al frente del cual está Luis Cosme, violonchelista
de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Por motivos
de mi agenda nómada y porque me encontraba en
plena promoción y gira de “Metaphora”,
no pudo ser. Meses más tarde una amiga, poeta
y narradora a la que admiro, me animó a pensar
en un concierto especial y único... Ambas propuestas
se abrazaron. Lo cierto es que me apunto, nunca mejor
dicho, a un bombardeo. Me atrae el riesgo, el vértigo
y la coreografía de la cuerda floja. El resultado
es el concierto que hoy presento en este Centro Cultural
de Ibercaja que ahora nos arropa bajo la intimidad de
su madera, y a quien agradezco su complicidad. “Amor
entre las cuerdas” es un reto y una aventura diferente,
que encaro con la sensación de otra vuelta de
tuerca, un paso de madurez y la posibilidad de revisitar
con otro lenguaje musical mis mejores canciones de amor,
quizás no las más conocidas, así
como mostrar otro buen puñado de las nuevas e
inéditas. Tanto Luis Cosme, como yo, tuvimos
que elegir veintitantas canciones entre un arsenal de
más de ciento sesenta.
El amor en los tiempos de la cólera
y el terror, de los virus, del chat y los sms no se
libra tampoco de las circunstancias mezquinas y el miedo
y el estrés que rodean nuestras vidas. Es una
orquídea entre alambres de espino. También
es un cuadrilátero de doce cuerdas donde se gana
o se pierde a los puntos, se arroja la toalla o se sospecha
que el combate estaba amañado de antemano. Nos
atan una cuerda umbilical y nos bajan con cuerdas los
sepultureros. El amor nos encadena y nos libera, nos
atormenta o “humaniza”, nos enajena y entre
las cuerdas dejamos de ser cuerdos. Es curioso: cuerdo
viene de cor, cordis: corazón. Pero no conozco
un narcótico y bálsamo más poderoso
que nos contagie con más intensidad la sensación
de estar vivos, de morder cada milésima de segundo
y saber que al menos, bajo cuerda, por unas horas furtivas
y clandestinas, quizás unos años, hemos
vencido a la muerte. Eros y Thanatos.
Por estas canciones desfilan la gloria
y la miseria del amor. Los amores más hermosos
por imposibles, los virtuales, los cobardes que venció
la seguridad; la traición, la lucidez y el desorden,
los besos marcados por la fatalidad, por el instinto
de autodestrucción. Personajes atravesados por
el fuego rojo de la pasión o el fuego azul de
la serenidad y el amor reposado transformado en ternura
y cariño. “Nunca amamos a nadie. Amamos,
sólo la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos
es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos”
escribió Fernando Pessoa.
Pero también la fuerza del
amor, la luz, la piel húmeda y el apetito, la
belleza del recuerdo, la sensualidad y el deseo abundan
en estas canciones. ¿Amar o ser amado? ¿Dar
o recibir? ¿Qué es más hermoso?
Parece que me hubiesen dado cuerda, pero es hora de
que vibren mis cuerdas vocales y las de los instrumentos,
golpeadas y acariciadas, transformen el amor en lo que
siempre fue: la música necesaria y embriagadora
de todos nuestros días sobre la tierra.
Ángel Petisme |