“La Estrella Polar se oculta tras la bruma. No aparece en el limbo del astrolabio. Escondida en la trituración nebulosa que empareja el alba con la noche, no me deja tomar la altura. No la con templaré más. En este punto del hemisferio, la Polar no deja ver ya su luz astral. Otras constelaciones la han reemplazado. Sólo muestra una mancha vagamente luminosa entre la alidada y las tablillas de cobre de las pínulas. La nebulosa de Andrómeda me hace un guiño furtivo. Ah si tuviera con ella una hija le pondría su nombre sobre la pila bautismal. La irritable y hermosa Casiopea de ojos verdosos y rubia cabellera me vuelve la espalda de dibujo perfecto, la comba de sus mórbidas nalgas, su perfil de medalla. En otro tiempo coqueteaba conmigo. Allá ella. Solo siento nostalgia de la Estrella Polar. La "tramontana" no es el punto refulgente sobre el Ártico en torno al cual gira el eje del cielo, como se cree. La Polar tiene su propio eje y vive en su propio cielo. Y cuando sale de su casa cierra todas sus puertas.
En parte alguna del mundo la noche y el día son exactamente iguales. Para mi, en todo tiempo y lugar, la noche es mas inmensa que el día. La parte en sombras del cosmos es la medianoche primordial. Se agranda sin pausa a medida que el universo se expande. El pensamiento no puede recorrerlo en toda su extensión porque el universo no tiene extensión. Es infinitísimo. Solo Dios puede rodearlo con sus brazos puesto que fue Él quien lo creó.”
Detrás de este texto hay una persona comprometida no sólo en sus palabras sino también en su vida, que fue testigo de la revolución de Paraguay de 1928 y trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la guerra del Chaco contra Bolivia (1932), siempre acompañante de los oprimidos; que fue perseguida y exiliada en Buenos Aires en 1947, amenazada por la represión que el gobierno desataba contra los derrotados en un intento de golpe de Estado, y en Francia, en 1976, donde enseñó literatura y guaraní en la Universidad de Toulouse le Mirai; que fue privada de su ciudadanía paraguaya y le fue concedida la española en 1983; y que es uno de los grandes narradores hispanoamericanos, ganador del Premio Cervantes en 1989, autor de los relatos El trueno entre las hojas (1953) y El baldío (1966), que se acercan a los problemas sociales y políticos de su país, y de las novelas novelas Hijo de hombre (1960) y Yo el Supremo (1974), que analizan episodios decisivos de la historia paraguaya, desde la dictadura inicial de José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840) hasta la guerra del Chaco y los tiempos más recientes. Este es Augusto Roa Bastos.
(El texto está tomado de Vigilia del Almirante de Augusto Roa Bastos) |