¿Y ustedes, de qué se quejan?

Vivimos tiempos rsaros (vid. El país de lo maravilloso, realmente). París, la tierra de la fraternidad, la libertad y demás está que arde. Todo comenzó por un cortocircuito y ahora el toque de queda manda en la ciudad. Que la ciudad azul con sus puentecitos tenga toque de queda es antinatural; Horacio y la Maga nunca se habrían encontrado en la nocturnidad y nos habríamos perdido sus recorridos. Los clochardes seguro que no viven tan a sus anchas; Notre Dame no será admirada de noche por personitas que se olvidaron de que ellas sí que tenían toque de queda en su maravilloso hotel y tienen que volver a la carrera mientras las gárgolas las observan.


Desde esta parte del mundo una intenta enterarse de que está pasando por ese viejo continente que dejó aparentemente tranquilo y pasivo y descubre que los Otros han llegado. No es que hayan llegado sino que de repente parece que ahora sí que son, y que han tomado conciencia de que son, y de que los hacen sentirse otros, y la otredad es una palabra muy fea.


Los intrépidos reporteros porteños se dirigen al centro neurálgico y entrevistan a los posibles cabecillas de todo esto. El periodista hace las preguntas de rigor hasta que llega el momento cumbre: ¿Pobreza? Gira la cabeza y ve altos edificios de pisos; ¿Ustedes dicen que están rodeados de pobreza? Los otros no entienden.