Bar Bahía , calle Escudellers, una gran pantalla para ver el fútbol y debajo un DJ pinchando reggae. Pido vodka con naranja; la camarera me conoce y le pone unas gotitas de grosella. Marcelo está sentado frente a mi, está destrozado, porque lleva un día sin dormir, bebiendo y tomando coca con una pianista muy sexy que conoció en el "Kentucky", el último bar para los que no quieren parar de tomar. Marcelo me está explicando la noche. Como debe tener el estomago fino, ha cenado mejicano para acabar de arreglárselo. Cada dos por tres va al lavabo, no sé si a tomar coca o a vomitar; está hecho polvo; a ratos me pregunto si está vivo o muerto. Se queda como en trance, completamente ido, está unos minutos transpuesto, como en esa otra dimensión y yo lo miro, esperando algo, pero no dice nada, sigue embobado. No creo que aguante lo que nos espera. De tanto en tanto nos vamos a pasar unos días fuera para componer, casi siempre a casa de Quimet , en Sant Feliu de Guixols. Tiene una sala insonorizada y una casa que es una maravilla, con jardín de película; me encanta desayunar fuera, mirando el mar de fondo. En esos momentos me digo, que bien vivimos!!. También me digo, ¿cómo ha podido Quimet comprar está casa? El siempre nos habla de sus viajes, las fiestas, las mujeres que conoció. Sabemos que tiene una empresa de construcción, y claro, eso da dinero, ¿pero tanto?. De verdad, no logro entenderlo, y mucho menos lo del deportivo rojo tan hortera que tiene, aunque peor es la réplica exacta que tiene en su mesita de dormir. Pero Quimet es de esas personas que por más que vivan, vean o tengan no pierden esa cosa de " los que son de poble ": es buena persona y campechano más que nadie. Al fin llegan el resto; todos ríen al ver a Marcelo, tiene una pinta rarísima. El niño le dice: - Marcelo, fuera del bar está Laura , con una cara, muy seria, casi diría de mala leche, deberías hablar con ella. - ¿¿Qué dices, tío?? Está fuera esperando, ¡ufff!, hostia, y ahora ¿¿qué hago?? Nos quedamos en silencio, solo yo sé que lleva dos días sin dar señales de vida. Laura, su mujer, habrá recorrido todos los bares donde nos puede encontrar. Odio que sea tan cabrón con ella; viven juntos desde hace unos años, pero él de tanto en tanto le hace esto, desaparece. No me importa, que haga lo que le de la gana, pero a la gente se le toma cariño y Laura debe sufrir mucho. Bastante alterada le digo a Marcelo: - ¿Qué tal si sales y hablas con ella? ¿Qué tal si la dejas vivir su vida? Si tú quieres ser un crápula, lo eres y punto, nadie te va a decir nada; de hecho todo somos raritos, pero tío, déjala en paz, que para mi todos tenéis consejos que dar, ¡pero vosotros no escucháis nunca! Sin darme cuenta estoy gritando. Marcelo, nervioso, me dice: - ¡Oye, relájate! Ahora salgo y hablo con ella. Hasta ahora. Quimet y el niño me miran; les explico que lleva dos días sin hablar con ella, ni una llamada, ni nada de nada. Ponen cara de circunstancia y piden cerveza. Saben que Marcelo seguirá haciendo esto hasta que Laura aguante; él no la dejará, le va bien que ella espere. Dejamos de hablar de esto, aunque no dejamos de pensar en ello. Veremos si no se jode la escapadita. Los minutos pasan lentos, mientras en silencio esperamos . Al fin entra: - Chicos, se marcha de casa, sólo ha venido a decirme eso. Quizás esperaba que se lo impidiera, pero estoy demasiado cansado. ¿Cuando nos vamos, Quimet?. - Creo que no nos vamos - dice Quimet, que nos señala la puerta. Laura ha entrado y se dirige a nosotros.Su cara está cansada y sus ojos tienen una profunda tristeza mezclada con ira, al menos eso me parece a mi. - Laura, vamos a casa y hablamos - dice Marcelo y la saca del bar. Dos horas más tarde El Punjab Bar, la rambla del Raval, justo al final. Es el más pequeño; siempre son amables y sus jarras de cerveza heladas son una delicia. Salgo a fumar un porro de maría que me da Quimet. Estoy en la calle disfrutando de cada calada y observo a todos los hombres arabes que se reúnen también para fumar. Con el tiempo de pasar por aquí conozco a varios y es curioso su manera de liar: nosotros hacemos los porros prensados al máximo, ellos lo dejan muy flojo, "para que tire mas" y de un par de caladas lo consumen. Suena el móvil, es Marcelo. - Hola Marquesita, ¿dónde estás? - En el Punjab Bar, ¿y tú? - En la puta calle, tirado, no sé que pasa pero Laura está muy violenta; me he marchado de casa, me ha dado un bocao en el hombro que por poco no me arranca un trozo de carne. Marquesa, no os mováis, voy para allá. En media hora llega Marcelo, aún mas desencajado que antes. - Mira - nos enseña el hombro. - ¡¡Dios mío!! - tiene un mordisco enorme todo rojo y con las marquitas de los dientes. – Huy, qué mala pinta, se te pondrá muy morado. - No importa, quiero beber algo. Ey, Marquesa, ¿puedo ir a dormir a tu casa?. - Claro, pero explica, ¿qué ha pasado? - No sé, Laura esta como loca, me ha destrozado toda la ropa, los trajes y le ha hecho un agujero al contrabajo. - ¡¿Cómo?! - decimos a coro y estallamos con una carcajada. - Le ha pegado una patada, tendré que comprar uno nuevo. Antes estaba tocando un rato en las ramblas y la policía, en lugar de echarme, me dijo que el contrabajo suena mal con ese agujero. No podemos dejar de reir, está tan demacrado. La fiesta, la bronca matrimonial, el contrabajo que suena mal. - No volveré a casa, espero que se marche en unos días y me deje tranquilo. - Joder, Marcelo, es que te lo has montado muy mal con ella, la has tratado fatal, tendrías que respetarla un poquito. - Que me respete ella, ¡¡joder!! Voy a tener que comprar de todo. Sólo espero que se relaje y no rompa más cosas. - Bueno, vamos, de camino pasamos por la Gallega a por vino. Salimos los cuatro del Punjab Bar, Marcelo nos va dando detalles de la bronca y cada vez nos reímos más, incluso él se ríe de sí mismo. Otro soltero más en el grupo, me da la impresión que la música y la pareja están muy reñidas. Mira, que odio los tópicos, pero en este grupo se cumplen todos. En fin, otra noche que quedará en nuestra memoria, sobre todo en la de Marcelo. Si se acuerda de algo mañana. |