París es una fiesta y no lo digo yo, Ernest Hemingway fue el gran visionario que otorgó a París la categoría de eternamente festivo. Hay otras denominaciones para esta ciudad: de la luz, de la torre Eiffel y la ciudad de los solteros. Esta última la descubrí por mi compañera de piso, “París es la ciudad de los solteros”. Todavía no sé si se reunen en pequeños apartamentos de Châtelet o es el quartier de los escritores, el eterno Montparnase el que les atrae con más ansia. Y tampoco sé si su marca característica es la soltería o si tienen alguna marca física externa que los delate. Y digo externa totalmente consciente de mis palabras. Allá va mi primera historia parisina.

Caminaba por la Avenue de New York, justo enfrente de la Torre Eiffel, mirando el Sena y la cantidad de turistas que van caminando por allí. Iba escuchando música y disfrutando del solecito que ya pronto va a terminarse por aquí. Como digo, iba paseando cuando un hombre con una cámara de vídeo chiquitas, de estas que se llevan ahora, salió de un lado de la rivera y empezó a filmarme. Yo, ingenúa y simpática sonreí a la cámara con sonrojo e, inconscientemente, mire hacia abajo. Fue un segundo. No sabía lo que miraba. Pero mis ojos lo descubrieron antes: el hombre mostraba sin problemas su pequeña tristeza interior en forma de colita mientras me grababa a mi, y al resto de las muchachas, que pasabamos de la sonrisa a la sorpresa en cuestión de segundos. Las reacciones de todas formas eran variadas dependiendo de la fémina en cuestión: bocas abiertas, caras de asco, risas y mención al tamaño del elemento… Así que mi paseo simpático por las orillas del Sena se truncó en un paseo meditativo por la técnica pseudo-sexual del hombre de la rivera. Me pregunto qué extraña sensación debía provocarle las reacciones de las chicas que lo miraban, lo vería una y otra vez en la cinta que grababa… quizá –como el gran hermano español- esto también era un experimento sociológico. Qui le sais .

Así que todavía ando investigando las marcas delatoras de la condición marital o no que tiene toda esa amalgama extraña de gente que se pasea por las calles de París. Y es que, también el otro día, descubrí -cuánto de la vida estoy aprendiendo- que solo el llamado París intramuros cuenta con una población superior a la de toda Australia. La australiana que me lo dijo estaba convencida de que aquí tenía que ser muy sencillo eso de ligar y que, si realmente esta era la ciudad de los solteros, iba a convertir a uno de esos enloquecidos solteros a la religión de la pareja. Que de dos en dos es más divertido.

París es una fiesta, desde luego, la fiesta de las nacionalidades, la fiesta de los solteros y la fiesta de los euros gastados en café creme . Cuando estás ante un monstruo de patas gigantes como París, todo es diferente. De los monstruos también puede hacerse uno amigo, pero siempre tienes que tener cuidado porque lo que parece una caricia puede convertirse en un zarpazo. Sonreí también acá, que esto no es la Argentina pero estamos en París, querido.