C. vive en un psiquiátrico. De loca tiene lo normal, lo que la mayoría de los cuerdos. Pero ella vive en un psiquiátrico. A mí, cuando me lo dijo, me pareció de lo más exótico, yo pensando en lo interesante que me sería el estudio de la locura y los textos de los locos, y rememorando mi lista de poetas-escritores locos preferidos (no pude evitar echar de menos el libro que, en su momento odié, de Alejandra Pizarnik y su etapa de psiquiátrico; no pude tampoco evitar que se me viniera al pensamiento Túa Blesa y su animalito de estudio, Leo Panero).

Pero no me ando por las ramas. C. me dijo que vivía en un psiquiátrico y yo me empeñé en ir a visitar ese lugar privilegiado para desatar todo tipo de fuerza artístico-creativa. Los franceses lo tienen todo muy pensado y en lugar de encontrarme con ese lugar sobrio y vulgar que esperaba, me encontré con un complejo residencial en toda regla. Arbolitos, casitas bajas, espacios para jugar y pasear… un disfraz políticamente muy correcto para un montón de gente que hacía cosas muy raras. En mi mente de pequeña exploradora, me esperaba que ese gran complejo tuviera una división clara y materialmente convincente –un muro bastaba- entre los declaradamente locos y los teóricamente cuerdos. Pero tal división no existía, locos y cuerdos andaban revueltos entre arbolitos y casitas bajas. Yo dudaba de todo aquel con el que me cruzaba y en más de una ocasión vi a transeúntes que se preguntaban igualmente por mi naturaleza mental. Había veces que lo tenías claro, “este, esquizofrénico” , me decía C. con toda naturalidad.

Hasta aquí todo resultaba hasta gracioso, pero C. empezó a tener miedo cuando su compañera de piso, enfermera, empezó a contarle historietas de locos en el susodicho complejo –evitaremos de aquí en adelante la palabra psiquiátrico para no pensarlo demasiado; C., ánimo-. C. desde entonces viene a dormir a mi casa de vez en cuando, le parece suficiente la locura de los cuerdos con los que se cruza en Châtelet.

Y todo esto viene a redundar en un tema una y otra vez repetido en París: el alojamiento en París es una barbaridad. Los zulos de 7 metros, las cocinas con duchas dentro… la vida en miniatura. Una valenciana que vive en una residencia se quejaba el otro día de su cuarto y decía que ella, antes de venir, se imaginaba en una buhardilla en París. Una canaria, más ducha en el tema, le espetó, mirando al Sena: “con esa ilusión venimos acá todos y luego…”.

Luego nos volvemos todos locos y aceptamos “psiquiátrico”, no como animal de compañía, pero sí como “alojamiento posible”.