Hubo un momento en la vida en el que subir al metro era toda una aventura. Recuerdo con ojos de niña pequeña, que me parecía algo insólito lo de conocer el itinerario, saber hacia donde tenía que coger el metro dependiendo de la dirección (atención, me decían, no es lo mismo dirección que sentido… lo de la física siempre me trajo por el camino de la amargura, con sus rozamientos impuestos y sus tiempos nada creativos).

El caso es que me encantaba ir en el metro. Lo hacía muy poco, cuando iba a visitar a mi familia de Madrid o Barcelona. El niño listo de mi clase de 2º de EGB, al que por supuesto odiaba con toda mi alma, me contó una historia de cocodrilos en las alcantarillas y justo en ese momento sacaron en el cine las tortugas ninja (Rafael era la mía). De todas formas, y aunque no me creí del todo la historia, siempre andaba al tanto de pisar las menos alcantarillas posibles. Unos años más tarde, otro niño listo, al que en este caso quería mucho, me contó una historia que equiparaba a París con un queso gruyère, no solo por el metro sino también por el montón de catacumbas y de vida subterránea que se conserva en la capital del mundo. Esta historia me pareció mucho más simpática, así que me di permiso para olvidar para siempre jamás la anterior y poder caminar por la calle sin tener que mirar tanto el suelo.

En París el metro no es el metro soñado de los ángeles. El otro día estaba lleno, lleno. Lleno. Iba en la línea 4 dirección Porte d'Orleans encogiendo tripa para que todo el mundo cupiera; y cuando parecía que era imposible que nadie en este mundo lograra poner siquiera un pie en ese vagón, subió un ciego con su perro, ambos, perro y ciego, mojados por la lluvia. Cuando llegué a Montparnasse, mi parada, no pude dejar de acordarme de los cocodrilos, las tortugas ninja y el queso gruyère. Ayer me decía un amigo que por lo menos en París puedes respirar en el metro, que el de Londres era mucho más agobiante, pero que de todas formas se quedaba con el de Tokio, que a pesar de que él no tiene mucho –o nada- en común con los japoneses, hay que reconocer que ordenados y limpios son.

Yo, en cualquier caso, me quedo con el gruyère.