| Comparto historia con exconvictos y paseo sobre las fosas comunes. Todo junto y con el estómago vacío puede crear un problema gastrointestinal que no se soluciona solo con un almax y un poco de reposo. Meter en el mismo bote a los muertos y a los malos es un cóctel maligno que puede llevarnos a conclusiones no aptas para miedosos y/o sensibles. Todo comenzó cuando vinieron a visitarme unos amigos. Mi casa es antigua y no es de chocolate –gracias a dios, si no ya estaría en la calle- pero sí de madera, la mayor parte de las vigas, las escaleras y los pasamanos están hechos de madera. Lo último que veo antes de cerrar los ojos al dormirme son las vigas de mi habitación, unos maderotes enormes. Hasta que vinieran estos amigos, la madera era simplemente eso, madera. Pero desde su visita, los maderotes me hablan . Si veo un agujero –uno de los chicos me lo aseguró- es porque allí dentro hubo, en algún momento, una sargantana; si veo pequeños agujeritos, es porque hubo, en algún momento, animalejos adictos a la madera. Y no solo eso, además de la vida interna, también los maderos se relacionan con el mundo. Varias de las vigas presentan hendiduras, cruces y pequeños dibujos… son maderas que han estado bajo rejas nada menos, en la cárcel y en las vías del tren, pues hay otras con las marcas claras de los pernos. Siempre me he llevado bastante bien con mi sueño, estábamos coordinados, si yo me quería dormir, él venía pronto y si le pedía una tregua, se quedaba un rato dando la vuelta a la manzana. Desde que comparto mi cuarto con tanta gente, y tanta historia, mi sueño ha decidido que en lugar de dar la vuelta a la manzana podría darse una vuelta por montparnasse que, total, no queda muy lejos. Yo estoy ahí, tumbada, y miro el techo. Y veo las marcas en las maderas. Y me empiezo a crear historias paralelas, con pictográmas y jeroglíficos que más que tranquilizar me ponen nerviosa. Y luego veo los agujeritos y me digo que si allí hubo vida, qué les impide a los bichos del mundo volver a plantar su hogar en un maderote tan sano como el mío. Y los convictos vale, pero los bichos sí que no. Entonces salgo de casa, me abrigo como si llegara el fin del mundo, a esos -3ºC tan estilizados que me ofrecen las calles parisinas, y me pongo a pasear por la place des innocents. Y será casualidad o será que voy buscando camorra, pero se me ocurre pararme frente a un cartel explicativo, de estos para turistas, y leo que esta plaza era un antiguo cementerio en el que abundaban las fosas comunes. No. Eso dije yo. Pero resulta que sí, que camino sobre fosas de muertos y duermo bajo maderas de carcelarios. ¿No estaba buscando aventuras? |