Hay una frase que me anda rondando desde hace ya unos días y que se ha visto intensificada por circunstancias del hasard françois. Estaba leyendo algunos artículos del argentino Eduardo Berti, publicados en medios diversos, cuando me encontré con uno titulado "La enemiga de Lolita". Lolita de Nabokov me trae buenos recuerdos: recuerdo perfectamente que lo leí en los descansos entre tren y tren durante un viaje por Europa hace unos años, recuerdo también leer algunos pasajes en alto para mi compañera de viaje -que en ese momento se peleaba con los puentes de Rayuela-; y también recuerdo haber visto la película mucho antes, sin tener conciencia de lo que estaba viendo.

Pero no me voy del tema, el caso es que empecé a leer el artículo de Berti porque me gustó el título, pensando en esa "enemiga de Lolita". Por supuesto la enemiga no era otra que Vera Nabokov, la esposa fiel de Vladimir Navokov (es curioso, lo señala Berti en el artículo, que las iniciales de ambos miembros de la pareja sean idénticas V.N.). Nabokov era fiel solo lo imprescindible. Esta es la frase que anda rebotando en mi mente. A veces me da la risa y pienso en la simpática gradación de un adjetivo como "fiel", ¿cómo se puede ser mucho o poco fiel? Lo mismo que una relación no puede ser muy maravillosa o poco maravillosa, una persona no puede ser fiel "solo lo imprescindible". Pero a veces dudo.

Nabokov daba clases de literatura rusa y europea en universidades norteamericanas. Vera consiguió en un tiempo record sacarse el carnet de conducir para poder llevar a su marido hasta el campus. La señora de Nabokov estaba presente en todas sus clases e incluso en ocasiones intervenía en clase; los alumnos se acostumbraron a su presencia, según los estudiantes Vera estaba allí para recordar a todos que el profesor era un genio, porque Nabokov tenía probelas de salud y ella llevaba a todas partes los remedios y para alejar del profesor a las jóvenes estudiantes ("y esto mucho antes que Lolita" sic Berti). A pesar de la vigilancia y la consagración de su vida al genio, Vera no logró impedir que el profesor Nabokov tuviera un romance con una alumna de Wellesley llamada Katherine. Al parecer, el genio era muy sensible a la belleza en todas sus formas y especialmente a la belleza femenina. Su esposa no ignoraba que su marido era un seductor impenitente, de hecho el matrimonio estuvo a punto de naufragar debido a una aventura pasional.

Vera y Vladimir se conocieron en Berlin, las familias de ambos habían dejado San Petersburgo debido a la revolución bolchevique. "¿Qué hubiese ocurrido sin la revolución?", les preguntó en una ocasión un periodista. "Te habría conocido en San Petersburgo, nos habríamos casado y habríamos llevado una vida muy similar a esta", respondió Nabokov, mirando a su esposa. Como dicen muchos, "tenía una convicción casi religiosa de que habían nacido para conocerse".

Y tras leer esto de nuevo pienso en lo imprescindible de su fidelidad y no puedo dejar de sentir un escalofrío gigante al pensar en la figura de Vera Nabokov, todo el día tras de su marido, alejando a niñas con coletas y dándole de vez en cuando unas pastillas. Quizá sea el precio por estar al lado de un genio.