EL RICO AHORCADO
De noche vestido, el ahorcado de una rama pende por la penumbra agitada y observa, desde su fatal atalaya, cómo los muertos encienden hachas y al cortejo de autillos iniciar el pálido ritual del sacrificio.
La asesina, a todo ajena, cuenta entre dientes el botín dilatando su alma en el extenso mundo mientras los ojos vidriosos del colgado la siguen con la esperanza de recuperarlo.
Si has de decirme adiós , no calles las palabras (eco en los pabellones del bardo, escriba de tu dicha; nardos del jardín musulmán en los miradores.) No calles las palabras, ese signo del tiempo que todo lo posee: la luz, el aire, el cejo como vaho del rocío abrasado por el rayo, por el rayo... de un sol que tampoco calla tu nombre; signo de tu nombre mismo poblando el paraíso: las aves, los aromas, la transparencia azul de los cálidos cirros; los pescados, los frutos, las plantas verdeando contra el viento, el agua de los nimbos hechos a tu forma, la nieve luminosa...
Si has de decirme adiós, antes vierte sobre mí esa música antiquísima de las olas, del mar inmenso, espejo tuyo donde se fija el yodo y la sal se diluye resbalando.
Y mira al menos cómo el mundo al despedirse te acaricia y decir de la vida iluminada a ti te escucha detenido. |