ISAIAS
Arrancada de la penumbra con ruido de espuelas, la
madrugada se desliza por las esteras y derriba las riendas de
la noche. Al amanecer los gallos resucitan la blasfemia. La
meseta se abre y las sabinas desafían al otoño. Es el tiempo de
la semilla, de los silencios cargados de humo. El látigo corre
al alba con pisadas que llevan el dolor del grano.
Un hombre mueve la melancolía y bebe despacio los
caminos donde el centeno guarda su orgullo. Firme, con el
solo golpe de su mano, mide el horizonte y reparte el sueño de
los humildes. Se le mueren los años detrás de la escarcha, en
medio de salmueras y cuaresmas. Ahora vive entregado a las
estrellas, sembrando su luz entre los surcos de la tierra.