VER LA OSCURIDAD

Alguien mira y al mirar sanciona con la mirada un mundo, un paisaje, un rostro o su rastro en la arena, contribuye a certificar la realidad de un modo singular, acorde a su sensibilidad, sus deseos, sus intereses, sus preocupaciones o sus miedos, mira con los ojos de la angustia, la insatisfacción, el dolor, la alegría, el placer o el abatimiento, y al mirar así —de una u otra manera— ilumina mundos que permanecían oscuros y se reconoce en ellos, porque el mundo no es nada —la idea es de Heidegger— si carece de una particular imagen que lo alumbre y represente.

Alguien mira y al mirar nombra con los ojos seres, escenarios y objetos que hasta entonces le eran desconocidos, los hace suyos o los somete al más cruel y despiadado de los desprecios: un mismo rostro, un mismo lugar, un mismo objeto es, ante distintas miradas, siempre diferente. Sin embargo, y dado que mira —como sucede en la caverna del filósofo— desde un lugar dominado por las sombras, sólo en ocasiones alcanza a ver, sólo a veces logra perforar la catarata que le ciega y le impide apreciar la esencia luminosa y ardiente de las cosas, y es que mira con frecuencia, como alguien dijo, con los ojos del que no ve.

Alguien mira y sólo cuando por fin logra ver se da cuenta del prodigio: la mirada le revela otro mundo, distinto, secreto, ajeno al mundo que creía único, experimenta entonces una sensación de vértigo que difícilmente puede controlar: el latigazo de la belleza golpea con violencia las pupilas de sus ojos extrañados, intuye que el mundo está ahí para ser modelado por la luz y la inteligencia de su mirada. Es preciso haber mirado con los ojos abrasados por el sol para ver la oscuridad.


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