SER, LENGUAJE, DISOLUCIÓN

Somos. Decimos que somos. Creemos que decimos que somos en la medida en que aspiramos a romper con la voz los hilos del silencio, en la medida en que conseguimos atravesar el valle de las sombras y alcanzar el reino de la luz. Pensamos, al nombrar el mundo, que el discurso nos instaura ante los demás y, entonces, sobre el espejismo de esas relaciones, fundamos nuestra vana e ilusoria existencia. Suponemos que el discurso nos significa y nos sitúa ante los otros cuando, en realidad, lo que sucede es que nos disolvemos en el instante mismo en que nos manifestamos a través del lenguaje. Mis palabras —éstas que ahora me dicen, éstas en las que ahora soy— no prueban sino la desintegración de mi identidad, la disolución de mi propio ser en el ser propio del lenguaje, no son sino el eco desvanecido de una voz apagada, el hueco en el que me oculto, desaparezco y soy. Soy una desaparición.

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