LOS PERSAS

Ocurrió en una ocasión:
El persa copó Oriente entero y se lanzó hacia las olas
para colmarse de oeste y vigilar su codicia.
El olivo de Atenea erizó su corona
ante el antiguo rugido que venía del mar;
y, mientras la duda hendía la corriente del Eurotas,
un velar aliento asiático se adueñó de las espumas.

Falange atenta, los barcos firmes
con la tensión de los remos castigando a los tendones.
Y sin tregua ni descanso, entre sospecha y rencores,
grecas trenzadas de hombres labraron sangre en la brecha
para salir de aquel trance. Sólo duró cuatro asaltos.
Es una historia sabida.
Sucedió hace tanto tiempo....

Al diablo tus alabanzas por mi explicación en verso
y tu confianza necia, inflamada de soberbia:

Yo ya diviso de nuevo a los persas.

 

 

***

 

 

LA MAÑANA SIGUIENTE

Te debes un espacio que ahora buscas,
me debo el torpe anhelo de mi entraña.
Si naciera de nuevo buscaría
en la agenda de teléfonos del tiempo
tu nombre y dirección. Y llamaría;
y propondría una cita en el Egeo
(digamos desde Pérgamo hasta Patmos)
para hacer más dilatada la batalla.

Quisiera un rumor de címbalo y de cítara,
crótalo de tacto, brasa
para la hermosa estrategia que ha hecho perdurar al mundo;
y quisiera luna densa,
cálida y suave: una cuna
donde gemir libremente y hallar la misericordia.
Y quisiera largas treguas de cabello,
una carba con jadeos
dándole ánimos al fuego de su soplar suave y corto;
y quisiera un derramarse de canciones,
y un almacén de idiomas y de venas.
Y un paciente descansar de cabotaje
que inflamara de bravura ese latido
olvidado por la edad, que no perdona;
y quisiera una piedad con nombre de alba,
y quisiera el testamento de las fuerzas,
y quisiera un despertar, porque es preciso:
un abrazo de pámpano y de cepa,
un latigazo de aromas,
caravasar de café y de alcaravea...

Aquí es donde comienza el verso,
la frontera de lo real, de su liturgia.

Debo labrar las horas
en que quiero imaginarte
con la mañana siguiente.