EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS Por Sonia Remiro Los milagros son escasos, pero si buscamos un lugar adecuado fuera de ciudades “elegidas” el teatro es la mejor opción. Todavía tendremos más oportunidades si vamos de la mano de un grupo experto en crear ese tipo de fenómenos, por supuesto teatrales, de los otros dios les libre. El acontecimiento se produce al ver en escena a un grupo ya imprescindible dentro de nuestro panorama teatral representando una de las obras de nuestro clásico Cervantes. Muchas veces cuando los clásicos son llevados a escena o bien solo atraen a un público selecto preparado para ver y comprender los signos de esa obra de siglos anteriores o bien se hacen modificaciones sui generis para intentar atraer a un mayor respetable. No hace falta decir que salvo contadas excepciones los proyectos no suelen tener gran éxito. “El joglars” consiguen con una gran sencillez -así lo hacen los genios- representar parte de la obra tal y como la concibió Cervantes y que nos resulte tan atractiva que todavía valoremos más los pequeños cambios producidos para acercarla a la actualidad. Después de esta puesta en escena clásica -para romper con ella tenemos la presencia omnipresente de dos pantallas, una que actúa como brillante suelo y otra como pantalla donde se verán las maravillas- empieza la labor de interpretación y variación del clásico. “El joglars” en estas ocasiones deciden limarse las uñas y empiezan a disparar críticas contra todos aquellos que nos quieren llevar a su redil y que encima estemos contentos y agradecidos. Curiosamente, el destino les es favorable y encontrarán a ese pobre tonto que los maquiavélicos utilizan para sus fines, siempre con el nombre de “José Mari”. Ya sea como monseñor, como cocinero de nuevas tendencias, como candidato al poder, parece que siempre habrá un “José Mari” en nuestras vidas. Pocos aspectos dentro de la estética actual quedan libres de su visión corrosiva, cumplen ese papel que siempre ha existido, y casi siempre encontrando su altavoz en los escenarios, abrirnos los ojos, sacudirnos y hacer que nos percatemos de nuestra realidad. Boadella es un hombre de teatro, conoce el inmenso poder que ejercen las tablas, el encanto que se produce entre el público que tiene que permanecer dos horas mirando lo que allí se representa, cualquier crítica, cualquier acto calará en nuestra conciencia de manera mucho más profunda. Así que tenemos que agradecer que todavía haya personas que logren huir del canto de sirenas de las nuevas modas y nos brinden la oportunidad de elegir cuando nosotras lleguemos a la encrucijada.
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